La autocrítica es una actividad sanísima. Además, en contra de lo que muchos parecen pensar, no desprovee de autoridad a quien la ejerce. Al contrario, la refuerza. Si quien te lee o te oye comprueba que no tienes inconveniente en rectificar, una vez que comprendes que estabas equivocado, puede concluir que te esfuerzas por pensar honradamente, y eso te honra.
Yo me equivoqué de medio a medio cuando juzgué el proyecto del museo Guggenheim de Bilbao. Algunas de las críticas que esgrimí tenían su punto de razonables (por ejemplo, que la obra se costeara con cargo a los presupuestos del Departamento de Cultura, cuando se trataba de una pieza clave para el relanzamiento global del Bilbao post fabril, lo que implicaba a bastantes más áreas), pero el conjunto de mi toma de posición, hostil al proyecto, fue un error. Es indudable que la audaz obra de Frank Gehry ha sido esencial para la reconversión de Bilbao en un polo de atracción turística y cultural del que no sólo se beneficia la capital vizcaína, sino el conjunto de Euskadi.
Recuerdo el día que lo visité por primera vez. Iba con la malsana intención de confirmar mis más lúgubres presagios y ponerlo a caldo. Empecé mirándolo por fuera. Luego entré, lo recorrí y pasé un buen rato contemplando alguna de las obras que exhibía (admito que tengo una debilidad casi enfermiza por la pintura de Vasily Kandinsky, y había varias). Me topé también con otras piezas que me interesaron muchísimo menos, pero no recuerdo ni un solo museo en el que no me haya sucedido lo mismo, incluido el de Orsay, que es de quitar el hipo. Cuando salí del de la ría de Bilbao al cabo de las horas, hube de admitir mi yerro. Dije: “Qué le vamos a hacer. Está muy bien.”
De los aspectos que más me gustaron, subrayaré uno: tuve la sensación de que el arquitecto había puesto un interés real en que fuera un edificio cómodo para el visitante. Que pudiera recorrerlo con facilidad y tuviera la oportunidad de ver las obras en condiciones correctas, con la luz y el espacio adecuados.
Bien: vaya esto en honor del Museo Guggenheim de Bilbao, con autocrítica incluida.
Mañana hablaré de Santiago Calatrava.
[Aparecido en Público el 29/X/2007 dentro de la sección El dedo en la llaga]
Coda
Ayer lancé en las ondas de Radio Euskadi un irónico “Gora Bob Dylan!”. Hoy publico en Diario de Noticias de Gipuzkoa un artículo en el que justifico esa consigna. El artículo se titula “Dylan, fiel a sí mismo” y el texto es éste que sigue:
No sólo no acudió el viernes a Oviedo para recoger el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, sino que ni siquiera se tomó el trabajo de excusar su ausencia.
"Un maleducado", comentó uno de los organizadores. Si quieren verlo así, háganlo, pero el hecho es que Robert Allen Zimmerman, más conocido por Bob Dylan, no había presentado su candidatura a ese Premio, ni nadie le había preguntado si lo quería.
Lo imagino haciendo una mueca burlona al enterarse de que le habían otorgado un galardón con nombre de príncipe "por conjugar la canción y la poesía en una obra que ha creado escuela y ha determinado la educación sentimental de muchos millones de personas". Nada ha odiado tanto el inclasificable genio de Minnesota a lo largo de toda su carrera como los intentos de encasillarlo con definiciones burocráticas y envaradas como ésa.
Dylan ha sido siempre un inconformista. No sólo en su juventud. Siempre. Ahora también. El error está en confundir inconformismo y progresismo, o dar por hecho que el inconformismo va inevitablemente unido a la oposición al sistema capitalista, o a la identificación con las masas oprimidas.
Quia. El inconformismo puede tomar los más variados caminos.
Ni el Dylan joven fue un revolucionario socialista ni el Dylan adulto el meapilas reaccionario que muchos creen.
Su inconformismo -el de entonces y el de ahora- le ha llevado siempre a rebelarse, primera y principalmente, contra los intentos de etiquetarlo, de encasillarlo, de hacerlo predecible.
Pondré algunos ejemplos de su comportamiento que resultan ilustrativos.
El 13 de diciembre de 1963, en lo más dorado de su fama como cantante de protesta, una poderosa organización progresista, el Comité de Emergencia por los Derechos Civiles, le concedió el Premio Tom Payne por su contribución a la lucha contra el orden establecido. Dylan creyó que lo estaban convirtiendo en un icono dentro de un movimiento organizado, y se rebeló. A la hora de recibir el premio, espetó a los organizadores: "No me gusta su organización. No me gustan ustedes". Y se fue.
Viajemos en el tiempo hasta 1991, 28 años después. Ese año Dylan recibió un Grammy. Las principales cadenas de televisión retransmitieron el acto. El establishment norteamericano estaba henchido por entonces de fervor patriótico (deambulábamos por lo peor de la Guerra de Golfo). Pues bien: Dylan aprovechó la ocasión para cantar Masters of War, su canción más vitriólicamente antibelicista y antimilitarista. Con lo cual sembró el estupor general. Traduzco sus versos: "Venid, señores de la guerra, / los que fabricáis las armas, / los que fabricáis los bombarderos, / los que fabricáis grandes bombas, / los que os escondéis detrás de los muros, /los que os escondéis detrás de vuestros escritorios... / Espero que muráis, / que la muerte os llegue pronto. / Seguiré vuestro cortejo fúnebre / en la pálida tarde / y vigilaré mientras os bajan / a vuestro lecho de muerte, / y me quedaré de guardia sobre vuestras tumbas / hasta estar seguro de que habéis muerto."
Si hubiera lanzado un cóctel molotov contra el escenario, no la habría organizado más gorda.
Muy parecido al numerito de los Grammy fue el que les montó un año después a los Clinton (¡y a los Gore!) durante un acto en el Lincoln Memorial. Cuando se suponía que Dylan iba a agasajar al emperador y a su corte, les soltó una desmelenada versión de Chimes of Freedom, canción que homenajea -cito, de pasada- "al soldado que lleva las de perder en cada noche, al refugiado en la inerme carretera de la fuga", "al rebelde, al libertino, al infortunado, al abandonado y olvidado, al marginado que arde constantemente en la pira", "a la maltratada madre soltera y a la mal llamada prostituta" y "al fuera de la ley por un delito insignificante, acosado y engañado por la persecución"... entre otros.
Cuentan las crónicas que los asistentes no se esforzaron demasiado por ocultar su disgusto. El impertinente había vuelto a las andadas.
Es cierto que acudió a presentar sus respetos a Juan Pablo II (imagino que para tocar las narices a cuantos se pensaron que sería incapaz de hacer algo así), pero no lo es menos que, cuando el show business norteamericano decidió boicotear a Sinéad O'Connor porque rompió durante una actuación pública una foto del Papa (del Papa, no del Rey) al grito de "¡Combatid al verdadero enemigo!" -lo hizo en protesta por el silencio papal tras las denuncias de abusos sexuales cometidos por sacerdotes católicos contra niños a su cargo-, Dylan invitó a la cantante irlandesa a participar en el concierto de homenaje que le montaron para celebrar sus 30 años de carrera. Lo cual desató otro escándalo de mucho cuidado.
De tener que aceptar algo parecido a una definición, supongo que no le molestaría demasiado que se le atribuyeran adjetivos tales como "iconoclasta". O "gamberro", incluso.
Un audaz reportero le preguntó hace muchos años: "¿Qué clase de canciones son las suyas?" "Pues, verá", le contestó. "Tengo canciones de tres minutos, de cinco minutos, de siete minutos y hasta de diez minutos. Le parecerá increíble, pero es así".
A Dylan le divierte chotearse de los bobos. Aunque concedan premios.
Comentarios
"El traje nuevo del emperador" pero en versión obra pública.
Remitente: .2007/10/29 08:17:23.783 GMT+1
Sólo he visto el Guggenheim por fuera, y no me gusta. No me gusta su aspecto de florero o macetero de hojalata reventado por una explosión. Supongo que se debe a que prefiero los edificios en que el envoltorio se corresponde con la estructura ("los experimentos, con gaseosa"). Sobre su interior mejor no opino, pues no llegué a entrar.
En cuanto a los edificios de Calatrava en Valencia, no me disgustan, pero me sorprende que se trate de construcciones semejantes a las de la ciencia ficción de los años 40 y 50, todo blanco e inmaculado. Hace ya tiempo que la ciencia ficción abandonó esas visiones asépticas en favor del universo más realista, sombrío y turbio del ciberpunk. Quizás el tiempo (el cronológico y el atmosférico) convierta en pesadillas cotidianas los sueños anacrónicamente ucrónicos de Calatrava.
Ah, y gracias por la coda sobre Dylan.
Remitente: Jorge.2007/10/29 08:54:11.756 GMT+1
jorgesaturno.blogspot.com
No he sido nunca un fan de Dylan, aunque siempre me ha atraido, pero fui al concierto de Donostia y al contrario que mucha gente, entendí perfectamente que se ocultara entre sus músicos y no destacara en todo el concierto ante tantos miles de personas. Al fin y al cabo, tiene todo lo que necesita, y lo que le gusta es tocar con su banda, independientemente de la cantidad de gente que esté escuchando o de lo que le hayan pagado. Le admiro ya que la gente que gana dinero como él se vende y hace todas las tonterías que le piden. Él se sigue vendiendo pero haciendo lo que le da la gana.
Remitente: Gari.2007/10/29 09:05:33.620 GMT+1
http://eibar.org/blogak/teknosexua
Hola Javier. No se por donde irá tu comentario de mañana, pero por lo que has comentado hoy del Guggenheim supongo que vamos por el mismo lado. Yo suelo comentar que Calatrava puede ser un buen escultor (si consideramos que sus obras son bellas, cuestión siempre discutible) pero un mal arquitecto. Un arquitecto tiene que tener en cuenta el uso de sus obras y donde van a estar ubicadas. Y a juzgar por el resultado de sus obras (puente resbaladizo, aeropuerto con goteras...) no cumple con esta premisa. Por eso me indigna que le den tantos premios y tenga tanto prestigio como arquitecto.
Remitente: ganorabako.2007/10/29 09:20:40.084 GMT+1
Remitente: Fernando.2007/10/29 09:38:21.992 GMT+1
Supongo que ese inconformismo y esa iconoclastia de Dylan son los que le llevaron a negarse a recibir a Mikel Laboa en su camerino tras el concierto que brindaron ambos en la playa de la Zurriola de Donostia en verano del 2006. Me pregunto si estaba bien informado de quién era Laboa, tal vez un magnate del comercio de armas, un príncipe, o simplemente un bobo.
No voy a ser yo quien critique su ausencia en Oviedo. Simplemente quería resaltar un detalle de Dylan que me pareció feo (he de decir que yo no fui testigo directo, luego podría no ser cierto). Dicho esto, reconozco que tiene derecho, como todo el mundo, a recibir y saludar a quien le dé la gana.
Remitente: Urko.2007/10/29 10:25:20.624 GMT+1
Realmente Dylan es lo que yo llamo un "tocapelotas"; siempre hará lo contrario a lo quee se espera de él y buscará la provocación por puro placer.
De todas formas, deberíamos separar entre Arte y comportamientos de artistas. Muchos critican a Dylan, Van Morrison, Sabina, Bunbury, Martin Amis... ¿acaso Wagner, Proust o el mismo Cervantes fueron más "formales"? ¿Acaso importa?
Aquellos que se escudan en el comportamiento de un artista (a menudo critican comportamientos superficiales, no ideologías políticas o actitudes repugnantes; hablarán mal de Sabina y sus placeres ilegales o sus boutades, no de la connivencia de Silvio Rodríguez con el Castrismo) para criticar su arte no saben diferenciar forma de fondo.
Cuando me siento a escuchar a Dylan, sólo siento su poesía. Con eso basta.
Remitente: Raúl.2007/10/29 11:12:00.202 GMT+1
Silvio Rodriguez no tiene connivencia con el castrismo, lo apoya total y absoutamente igual que un servidor ( lo que no quiere decir ausencia de critica). Dar un concierto en la Plaza de San Pedro en honor al Papa no es un comportamiento superficial si no un apoyo explicito a este y a sus politicas, entre ellas la condena al uso del preservativo que tantos millones de muertos y enfermos produce; mientras tanto, Cuba manda decenas de miles de medicos a los paises pobres y, ademas, gratis. Yo creo que no hay color
Remitente: Capitan Tan.2007/10/29 11:43:48.435 GMT+1
Inconformistas religiosos fueron también otros, Cristo entre ellos, que han causado más mal que bien a la humanidad. A mí, el inconformismo por el inconformismo no me gusta, no me fio de él. Un niño consentido suele ser un inconformista, ¿Y? No el veo nada bueno.
Remitente: Lector.2007/10/29 18:26:27.360 GMT+1
Vivir en Cataluña se está convirtiendo en una maldición: es más caro, tienes menos servicios , eres generoso por decreto con las otras comunidades,y encima te llaman feo, pesetero y ....polaco. Esto se avisa, así mi família podría haber emigrado a otro sitio... O mejor porque no le pedimos al rey que anule el decreto de nueva planta y pedimos a Andorra que nos conquiste....puestos a tener amo...mejor poder elegirlo...
Remitente: Boris.2007/10/30 00:32:49.667 GMT+1
http://masvoces.org/spip.php?article1256&var_recherche=guggenheim
Remitente: Iñigo.2007/10/30 01:38:38.737 GMT+1