Van Morrison, felizmente maldito

 

 

 

CHARLA PRONUNCIADA EN EL TEATRO DEL CENTRO INSULAR DE CULTURA DE LAS PALMAS DE

GRAN CANARIA EL 26 DE MARZO DE 2002 DENTRO DEL CICLO «ROCK & LETRAS». LAS ILUSTRACIONES

MUSICALES CORRIERON A CARGO DEL GRUPO DE POP-ROCK CANARIO “SI YO FUERA RICO”,

QUE HIZO UN TRABAJO MÁS QUE ACEPTABLE, HABIDA CUENTA DE LA DIFICULTAD DE LA TAREA.

 

 


  El texto que voy a leer a continuación no es mío, sino de mi amigo Carlos Boyero. Lo publicó en El Mundo el 7 de noviembre de 1997 y lo tituló «Sí hay amores eternos. Tú eres el mío». 

Decía tal que así:

«Canta, susurra, gime, ruge, monologa con su alma, vomita sentimientos con inconfundible intensidad, entra en éxtasis y te hace participar de él, es carnal y lírico, su expresión en el escenario es hosca o impenetrable. No necesita halagar al público, insultantemente consciente de su grandeza, y si se mosquea porque algún insensato interrumpe con sus majaderos gritos el arte que nos está regalando, manda a los espectadores a tomar por culo y corta su recital sin dar explicaciones. Su música y su voz llevan treinta y cinco años donando bálsamo a nuestras heridas más profundas. Ideal para escucharlo en días de neblina, lluviosos o luminosos, para ayudarte a pasar la noche, para expresar tu alegría ante la plenitud amorosa y también ante la desolación de la pérdida. Se complementa fraternalmente con el alcohol solitario, melancólico y amargo, pero igualmente puede hacerte tocar el cielo en las buenas copas que tomas con gente querida.

«Tiene feeling, desgarro, pasión, hombría, ritmo y alma. Provoca ensoñación y recuerdos, ganas de vivir, de morir y de sobrevivir. Es sensual, duro y romántico hasta extremos que rozan el delirio. Es el rey Van Morrison, el tipo que mejor ha traducido en música lo que tantos otros sentimos, deseamos, soñamos, añoramos, vivimos o malvivimos en el curso del tiempo. Nuestra entrañas, nuestras sensaciones más íntimas. En mi caso, desde que era un crío.

Canal Plus nos ofreció anoche (son profesionales, concepto hermoso y necesario, me envían antes su concierto) el maravilloso recital que dio Van Morrison en Belfast, cuna del atormentado errante, sus raíces, su vuelta a casa, en febrero del 97. No hay tiempo para la nostalgia, para Moondance, Caravan, Gloria, In the garden. Sólo nos hace la concesión de Into the mystic. Da igual. Le van bien las cosas (se ha casado con una belleza) y empieza asegurándonos que “nadie robará mis sueños en días como éstos”. El monstruo adiposo y enano va enteramente de negro, un sombrero con pluma blanca y gafas oscuras (no confundirlo con un modernillo coqueto tirándose el enigmático rollo de los que no poseen ningún misterio), no necesita hacer movimientos espasmódicos en el escenario (como Sinatra, Dylan, Cohen, Brassens, Ferré, Miles Davis) para demostrarnos su fuerza, el volcán de su espíritu. Insólitamente, nos dedica alguna broma cínica (“Poned la mano en la pantalla del televisor y enviadme un cheque”), se confiesa en público (“No creo que haya nadie vivo que lleve el control de su propia vida”) y define lúcidamente sus últimas canciones (“Suenan como si fueran de los años cincuenta. Y lo son”). Soy feliz.»

Hasta aquí el texto de Boyero. Un texto que todos los entendidos en Van Morrison guardan en la memoria por lo certeramente que retrata al personaje y a su música, en el caso de que el uno y la otra pudieran separarse.

Aunque se le escape el sentido retorcido de algunas de las frases que cita, Boyero entiende perfectamente la música de Morrison.

Pero Boyero no sabe inglés.

Doy por hecho que se habrá leído las traducciones de las letras de las canciones. Sin duda que algunos amigos y bastantes amigas se las habrán ido traduciendo en voz baja mientras sonaban en el confortable salón de su ático del centro de Madrid. Pero se supone que no es lo mismo.

Uno puede leer todas las traducciones que quiera de los sonetos de amor de Shakespeare: como mucho, se hará una idea. Nada más.

A alguien que no entienda el castellano le podrán proporcionar excelentes traducciones a su lengua –sea la que sea– de la poesía de Quevedo, o de Blas de Otero, o de Agustín Millares (digo, puesto que aquí estamos).

Entenderá de qué hablan. No cómo lo hablan.

Sin embargo, Boyero no miente: sabe; ha entendido perfectamente el código de Morrison; ha comprendido lo que hay en su música.

Trataré de explicar cómo puede ser eso.

Leo unos versos del gran, del enorme poeta peruano César Vallejo:

«En suma, no poseo para expresar mi vida sino mi muerte.

»Y, después de todo, al cabo de la escalonada naturaleza y del gorrión en bloque, me duermo, mano a mano con mi sombra.

»Y, al descender del acto venerable y del otro gemido, me reposo pensado en la marcha impertérrita del tiempo.

»¿Por qué la cuerda, entonces, si el aire es tan sencillo? ¿Para qué la cadena, si existe el hierro por sí solo?

»César Vallejo: el acento con que amas, el verbo con que escribes, el vientecillo con que oyes, sólo saben de ti por tu garganta.»

Fin de la cita.

Y bien: ¿de qué nos habla? ¿Qué nos dice? No importan para nada los supuestos conceptos a los que apela –no me pregunten ustedes qué diablos puede ser un gorrión en bloque–; importa el clima íntimo que crea con el sonido de las palabras, el eco subliminal de sus significados, la sensación de desaliento que logra transmitirnos, el pálpito de rebeldía que nos comunica con su emocionada subversión de la gramática.

Es música. En César Vallejo, la poesía es música. Una música que se lee, que requiere del entendimiento de las palabras. Pero música.

Pues, del mismo modo que la poesía puede ser música, la música puede ser poesía. Sobre todo cuando la música está inextricablemente mezclada, como en el caso de Van Morrison, con una actitud personal tan avasalladora y, a la vez, tan desconcertada. Con un modo tan rotundo de afrontar la vida y, a la vez, de sentirse perfectamente perplejo ante ella.

Van Morrison se comunica perfectamente con nosotros porque es un grandioso animal... y porque todos nosotros –los vivos, por lo menos– compartimos buena parte de su animalidad.

Morrison utiliza la voz como un instrumento más. La voz entendida en toda su extensión: incluidos sus gemidos, sus jadeos, sus pausas, sus repeticiones obsesivas, sus toques de ironía, sus alaridos de dolor, sus explosiones de ira.

 

Lo que hoy estamos haciendo aquí es un ejercicio casi imposible: tratar de recrear el milagro en ausencia del santo.

Pero relajémonos un poco antes de tomarnos la cosa demasiado en serio. Escuchemos una de esas piezas que Morrison escribió para no tomarse tampoco demasiado en serio a sí mismo –haciendo como si no se tomara demasiado en serio a sí mismo–, limitándose a evocar su adolescencia presuntamente alegre y desenfadada, aunque no lo fuera en absoluto, porque de lo contrario no volvería tanto y tan obsesivamente sobre ella. Ahora nos recuerda alegremente a una hermosa chavalita de ojos marrones con la que retozó sobre la hierba al lado de un campo de fútbol cuando los dos eran todavía unos críos.

 

[«SI YO FUERA RICO» TOCAN “BROWN EYED GIRL”]

 

Les hablaba de que nos hemos embarcado hoy en algo así como una misión imposible. O poco menos.

Por muy diversos motivos.

En primer lugar, porque estamos hablando del lado literario de alguien de dificilísima catalogación literaria.

En una de las escasas entrevistas que ha concedido a lo largo de su dilatada carrera en la que haya respondido con algo más que con gruñidos, él mismo se refirió así a las letras de sus canciones: «Yo no sé nada sobre letras. Las cazo al vuelo, sin más. Yo vendo discos en países en los que no se habla inglés. Algo de eso he experimentado yo mismo escuchando a cantantes griegos sin entender lo que dicen. Puedo captar la historia y el sentimiento sin contar con la clave de su sentido. Por eso hay canciones en inglés que pueden venderse en países que no hablan inglés, y la gente puede llegar a conmoverse con ellas. En realidad, yo sólo trabajo con palabras cuando escribo la canción. Luego las libero. Y, cuando canto, canto sílabas; signos, frases. Ni siquiera sé si consigo que conecten los sonidos y los significados. Además, me parece que nos estamos poniendo demasiado trascendentes... Yo nunca me paro a pensar en esas cosas».

No es verdad. De vez en cuando, él mismo siente la necesidad de pensar sobre lo que escribe. De pensarse. Guardo constancia de una larga charla con tres jóvenes poetas irlandeses. Les dijo: «Después de dar vueltas y más vueltas para tratar de saber en qué escuela debería clasificar lo que escribo, llegué a la conclusión desconcertante de que formo parte de mi propia escuela. Yo soy mi propia tradición».

Son escasas las veces que Van Morrison ha escrito letras que cuenten una historia completa, con su planteamiento, su nudo y su desenlace. Eso lo han hecho muy bien otros cantautores. El texto de Boyero que he recordado antes citaba algunos muy buenos: Cohen, Dylan, Ferré, Brassens... Por este ciclo de charlas han aparecido algunos más: John Lennon, Paul Simon... Y vendrán otros. Pero Morrison, por lo general, no ha ejercido de story teller. No es un contador de cuentos. Es más bien un pintor de sentimientos, de recuerdos brumosos perdidos en la memoria, de sensaciones, de estados de ánimo, de paisajes.

Morrison, el irlandés errante; el chaval de Belfast que nunca se identificó ni con católicos ni con protestantes porque fue educado en la fe de los Testigos de Jehová (que tampoco le interesó); el hijo del Ulster que nunca supo muy bien si su alma pertenecía a Irlanda, a Escocia o a Louisiana, razón por la cual se inventó una patria mítica y sin suelo a la que llamó Caledonia (el viejo nombre romano de Escocia, que él pobló con todo eso y con más); el celta que dio la espalda a la música de su tierra para empaparse con el soul, el blues, el jazz y el country del genial Hank Williams, y que escapó a América en cuanto pudo... Van the Man, como lo llaman sus mitómanos, no acostumbra a contar historias: las siente, las vive. Como ese Irish Heartbeat, ese «Latido irlandés» que de repente le asalta al otro lado del Océano a la vista de los dramas que padece su tierra, unos dramas que ni quiere ni sabe contar por su lado político, y que entonces transforma en angustia:

 

¿No vas a quedarte una temporada con los tuyos?

Nunca te alejes de los tuyos.

Este viejo mundo es tan insensible

que no le da la menor importancia

al alma que compartes con los tuyos.

No abandones a los tuyos.

Quédate un día más con los tuyos.

El mundo es tan insensible

que no le da la menor importancia

al alma que compartes con los tuyos.

Hay un desconocido

delante de tu puerta.

Quizá sea tu mejor amigo.

Podría ser tu hermano.

Nunca lo sabrás.

Vuelvo con los míos.

Vuelvo para charlar un rato con los míos.

El mundo es tan insensible

que no le da la menor importancia

al alma que compartes con los tuyos.

 

Morrison no sólo habla de Irlanda. Recuerda Irlanda, la música de Irlanda.

Hay múltiples versiones de este Irish Heartbeat. Casi todas acaban recuperando su alma de himno. Me ha gustado que el grupo que hoy nos acompaña, sin que habláramos de ello, haya decidido integrar al final, en el estrambote que culmina la canción, un redoble como de marcha de Día de San Patricio, como de desfile. Oigamos este Latido irlandés, tan sentido como desconcertado.

 

[«SI YO FUERA RICO» INTERPRETA “IRISH HEARTBEAT”]

 

Seguimos con nuestro empeño de asir lo inasible.

Un muy buen amigo mío, Manuel Couceiro, que lo sabe todo sobre Van Morrison y que me ha servido de guía insustituible para adentrarme en sus infinitos vericuetos, me relataba una anécdota cinematográfica:

«Recuerdo –me decía– una escena de una película titulada Georgia. Contaba la historia de dos hermanas, una a la que la vida le sonreía (interpretada por Mare Winningham) y otra (Jennifer Jason Leigh) que vivía siempre a la estela de la hermana mayor. La escena más dramática se desarrolla encima de un escenario. La hermana malhadada intenta inútilmente triunfar como cantante, actividad en la que su hermana era una estrella. El escenario es típico de Las Vegas, y en él la protagonista ataca sin previo aviso el Take Me Back de Morrison. Lo peor viene en el estribillo, al intentar imitar la voz del irlandés. Al tratar de recrear las infinitas letanías de Van Morrison, ella, como le pasaría a cualquiera, fracasa. “Take me back, take me back, take me back / Take me way back, take me way back, take me way back / Take me way back, take me way back, take me way back / Take me way back, take me way back, ah! / Take me way, way, way, way, way, way, way back, huh!”. En este fraseo imposible, el personaje que interpreta Jennifer Jason Leigh se desmorona, el público inclemente empieza a abuchearla y la escena acaba con la mujer llorando, hecha un pelele, sobre el suelo del escenario.»

No creo haber visto la película, pero me hago cargo sin demasiados problemas de la escena.

Cabe cantar canciones de Van Morrison, y muchos lo han hecho (algunos, incluso, muy bien, y hoy tenemos aquí una excelente muestra).

Lo que es inútil es tratar de cantar canciones de Van Morrison como Van Morrison. Ni es posible ni tiene sentido. Para hacerse cargo de lo que es Van Morrison como intérprete de sí mismo sólo hay un modo: escucharlo y verlo.

Y eso siempre que tengamos suerte y acertemos a ponérnoslo delante un día que tenga ganas de ejercer de Van Morrison y no salga corriendo después de soltarnos unos cuantos gruñidos. Gracias al cielo –o, digamos mejor: gracias a Martin Scorsese y a The Band–, esta noche vamos a tener esa oportunidad.

Morrison apareció en el concierto de despedida de The Band, el grupo que tanto y tan bien arropó a Bob Dylan durante sus años más oscuros. Gente excelente: Jammie Robbie Robertson, Levon Helm, Gart Hudson, Richard Manuel, Rick Danko (estos dos últimos muertos ya en trágicas circunstancias). Aquel concierto se celebró en 1976. Scorsese lo sacó como película en 1978. Morrison interpretó una nana irlandesa (Tura Lura Lura, o Too Ra Loo Ra Loo Ral, según las versiones), cantó el I Shall Be Released de Dylan a coro con los demás participantes en el acto, que eran finos (desde Joni Mitchel hasta Dr. John, desde Eric Clapton a Muddy Waters, desde Neil Young a Emmylou Harris) e hizo, además, una memorable versión de su Caravan, que dejó estupefacto al auditorio. Caravan es un vibrante homenaje a la radio, insustituible apoyo de los años mozos del criajo de Belfast.

Es un Morrison ya gordito y tirando a calvo, pese a contar sólo con 31 años, pero que ruge como el león con el que se le ha comparado a veces. Vamos a ver esa actuación.

 

[SE PROYECTA EL CORTE DE “THE LAST WALTZ”]

 

Van Morrison es, sin lugar a dudas, uno de los personajes más singulares y extraños que haya conocido la música moderna. Bajito, gordinflón y envejecido prematuramente, como queda dicho, desaliñado, decididamente huraño –se cuentan con los dedos de una mano las veces que se le ha visto sonreír en público–, desconfiado –lleva sus negocios en persona y no se fía un pimiento de las compañías discográficas, gusto que le alabo–, guarda con celo absoluto los secretos de su intimidad y siente una viva antipatía por cuantos nos empeñamos en hablar sobre su persona o sobre su obra. Como casi todos los verdaderos artistas, considera que aquello que su arte no sea capaz de expresar directamente es inútil que él trate de explicarlo con palabras. Y, además, no le gusta hacerlo.

Ya ha quedado dicho que nació en Belfast. Eso ocurrió en 1945, en el seno de una familia apasionada por la música. Su madre cantaba muy bien –al menos eso dice él– y entre su padre y un tío suyo atesoraban una envidiable colección de discos de música norteamericana, preferentemente negra. Pronto empezó él a interesarse por todo ello: por el canto, por los instrumentos y por la música ultramarina. En cuanto pudo, se metió en un grupo volcado en el rythm & blues, con el que actuaba en toda suerte de garitos, incluyendo algunos del continente. Luego formó Them, grupo con el que sacó algunas de las canciones que le han dado más juego. Pero se hartó del empeño que ponían sus promotores en fijarlos en la categoría de jóvenes airados y se marchó a los Estados Unidos. Allí, de la mano de un productor, Bert Berns –un tipo decidido a explotar como fuera a la joven promesa–, dio el salto a la fama, aunque sólo la justa: consiguió entrar en las listas de éxitos, pero sin encaramarse a la cima. Logró lo que quería: el dinero suficiente para vivir sin agobios y la posibilidad de dar salida a su vena creativa, realmente fuera de lo común.

Del resto de su vida, hasta hoy, es poco lo que se sabe. Un primer matrimonio que naufraga. Otro bastante posterior que parece que pervive. Sucesivos regresos a Irlanda y Gran Bretaña en los que hace atormentados intentos de reconciliarse con sus orígenes. Residencias –guaridas– a uno y otro lado del océano. Giras y más giras, infinitas giras en las que desfoga su pasión por el directo, ante un público (a poder ser) no demasiado multitudinario. Una decepcionante incursión en la Iglesia de la Cienciología, de la que salió escaldado y con la chequera maltrecha.

Lo que nos sitúa ante otro intento imposible: clasificar a este hombre con parámetros ideológicos convencionales. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que tiene una vena religiosa –incluso crédula– muy importante. Sus canciones dan testimonio de ello, y su biografía también: cayó durante algún tiempo, como acabo de decir, en las garras de la Iglesia de la Cienciología, una secta siniestra; ha deambulado entre adivinos y pitonisas; ha asumido el cristianismo panteísta...

Un científico francés del siglo XVIII al que el tribunal que le examinaba le reprochó que no citara ni una sola vez el nombre de Dios en su tesis doctoral sobre el Universo, respondió: «No tengo necesidad de esa hipótesis». Van Morrison es el extremo opuesto: está claro que tiene una necesidad imperiosa de esa hipótesis. Siente deseo de Dios.

Pero, lo suyo no tiene nada que ver con la beatería. A lo largo de su vida, ha confundido sistemáticamente, como diría algún cursi, la libertad con el libertinaje: sexo, drogas, rock & roll... y toneles de whiskey. Ha habido gente que se lo ha encontrado borracho en los garitos más inmundos de Irlanda con un aspecto tal que a lo único que invitaba era a darle limosna. En sus cantos, las invocaciones a la divinidad encierran a veces tanta rabia que más parecen blasfemias. Nada de todo eso es incompatible: por lo que se cuenta por ahí, también el diablo cree en Dios.

Estamos, en suma, ante un personaje atormentado, corroído por sus contradicciones, perplejo ante la vida y ante sí mismo. Lo cual es una maldición para él, no lo dudo, pero una bendición para su creatividad y para el público amante de la música más rabiosa.

De sus tumbos juveniles por locales nocturnos de dudoso prestigio nació una de las canciones de letra más sólida que haya compuesto. Se trata de Madame George, en la que nos habla de un travesti que deambula de noche por las calles ante la mirada maliciosa de niños y soldados sin graduación, y que al parecer regenta un burdel.

 

Caminando por Cypress Avenue

me sale al encuentro una visión dulce de otros tiempos.

Oigo el sonido de unos zapatos de tacón

en la esquina de las calles Ford y Fitzroy:

Madame George.

 

Camina seguido por un soldado muy joven,

parece mucho más viejo ahora que lleva sombrero y bebe vino,

y en el aire flota el olor de un perfume dulzón

que se esparce por la fresca brisa nocturna como Shalimar,

y entonces pierdes el control

y de pronto te ves aporreando la puerta del cuarto de baño.

 

Las luces del teatro se van oscureciendo lentamente,

estás en la primera fila y casi lo estás tocando,

mientras que fuera ha empezado la ronda

y los chicos están en la calle recogiendo tapones de botellas

y van en busca de cigarrillos y cerillas por las tiendas;

las horas felices que pasaste hablando con Madame George.

Y es entonces cuando caes, ¡oh! es entonces cuando caes.

 

Caes en trance,

sentado en un sofá mientras te entretienes con los juegos de azar,

tienes los brazos cruzados sobre los libros de historia

y miras a los ojos de Madame George.

Crees que has encontrado tu media naranja,

te tiemblan las piernas y pierdes los nervios,

mientras que en un rincón está jugando al dominó, vestido como una mujer,

la verdadera y la única Madame George.

 

Y afuera suena un golpe en la ventana helada

y ella dice: «Tranquilo, creo que es la poli».

Se pone en pie, se quita todo lo que lleva puesto,

pero no resulta nada fácil ahora que sabes que tienes que irte

y coger un tren de Dublín a Sandy Row,

bajo el viento, la lluvia, la niebla, la nieve y la escarcha.

Tienes que seguir caminando

y decir: «Adiós, todos sabemos que eres fantástica»,

y entonces aparecen todos los chiquillos,

llevan mecheros de oro en los bolsillos,

y tú te alejas de todo eso, helado de frío,

y es entonces cuando caes.

 

Traduttore, traditore. Esta traducción aproximada no da cuenta del cúmulo de recuerdos y sensaciones de infancia y juventud que recoge el poema. Bueno: supongo que siempre será mejor eso que nada. Pero mejor todavía es escucharlo.

En todo caso, no os dejéis engañar por el transfondo aparentemente dulzón de la melodía. No lo es más que el Walk on The Wilde Side de Lou Reed. Dinamita pura recubierta de suave y tibia arena.

 

[«SI YO FUERA RICO» INTERPRETA MADAME GEORGE]

 

Soy un escritor de canciones y sé muy bien dónde estoy

Soy un escritor de canciones, lápiz y papel en mano

tengo las palabras en la página

por favor, no me llames sabio,

Soy un escritor de canciones

Soy un escritor de canciones y lo hago para vivir...

Morrison se presenta como un simple escritor de canciones, un modesto songwriter, como tantos otros. Pero no lo es. A los simples escritores de canciones no se les suele nombrar doctor honoris causa por la Universidad del Ulster, ni se les reserva plaza fija en los congresos que se celebran todos los años en Sligo en honor de William Butler Yeats, el gran poeta y dramaturgo independentista irlandés. Otra cosa es que él se niegue a darse ínfulas literarias y que, como nos ocurre a todos los demás –desde los simples aficionados, como yo, a los más ilustres estudiosos de su obra–, también él renuncie a determinar en qué consiste realmente y en dónde diablos reside la fuerza incontenible de su trabajo.

Porque Van Morrison no crea –ni actúa– según planes previamente establecidos: se fía de su instinto y se deja ir. O fluir, mejor dicho. Él no teoriza: siente. Lo viene haciendo desde muy joven. Y, como el resultado le sirve, le ayuda a desfogarse y colma sus ansias de comunicación, no le da más vueltas.

Hay quien sostiene que basta con saber cómo funcionan las cosas para saber por qué funcionan. No es verdad, pero tampoco puede decirse que sea del todo falso. En los caseríos de mi tierra, hay curanderos que fabrican ungüentos que sanan. Pero ellos no saben por qué. Se limitan a machacar tales y cuales hierbas y a mezclarlas con ceras y mieles, conforme a misteriosas fórmulas transmitidas de generación en generación. Del mismo modo, el alquimista Van Morrison destila espontáneamente los ingredientes de su pócima, aunque ni él mismo sepa por qué embruja.

Todo el mundo sabe que los primitivos remedios que fabrican los curanderos encierran, con bastante frecuencia, materias primas no demasiado exquisitas, e incluso francamente apestosas. A Van Morrison le ocurre algo de lo mismo. En ocasiones, es capaz de echar mano de los recursos más banales de la música popular y de los más manidos tópicos de las letras de los rocks de instituto –en plan «qué guapa eres, nena», «tú llenas mi corazón de alegría» y «sólo el Cielo sabe cuánto te quiero»–... y arreglárselas para sacar de ello canciones llenas de fuerza, de vitalidad y de nervio.

La abundante discografía de Morrison está bien surtida de temas de este género: de repente, le entran ganas de ponerse risueño, o de divertirse –y divertir– un rato, o de dar rienda suelta a sus ganas de bailar y hacer que los demás bailen, sin más historias, para que el cuerpo se exprese sin trabas y sin inhibiciones... para correrse una pequeña juerga musical. Y lo hace, y se queda tan ancho. Él lo ha reivindicado en alguna ocasión: «Cuando empecé, yo tocaba en un garito y la gente bailaba. Es lo que siempre me he propuesto: hacer música bailable».

Un buen ejemplo de ello lo tenemos en una pieza que compuso con sólo 17 años. Se trata de Gloria. Todo un clásico, para estas alturas, que evoca gozosamente el descaro y las ganas de gresca de los mejores Rolling Stones. Vamos a oírla. O a sentirla, si ustedes prefieren. La he escuchado en los ensayos de “Si Yo fuera rico” y me da que ellos la disfrutan como el propio Morrison.

 

[“SI YO FUERA RICO” INTERPRETAN GLORIA]

 

No mucho después de componer Gloria, Van Morrison estaba que no sabía qué hacer de sí mismo. Realizó una gira por los Estados Unidos con su grupo de por entonces, Then. No quedó nada contento. De regreso a Belfast, se dejó hundir a base de bien. Se agarraba unas mandangas de aquí te espero y andaba más tirado que un felpudo.

Rompió definitivamente con el grupo y, tras una pausa reconfortante en casa de sus padres, regresó a los EEUU. Al principio, de la mano de Bert Berns, el ya mencionado productor desaprensivo y medio hippy que hizo todo lo que pudo para aprovecharse de él... hasta que al tipo en cuestión le dio un pasmo cardíaco y se fue venturosamente para el otro barrio. De Berns, lo más que sacó fue ver cómo Brown Eyed Girl –la canción que hemos escuchado al principio– se colocaba bastante bien en las listas de éxitos, aunque, eso sí, censurada, a petición de las emisoras de radio bienpensantes: ya no hacía marranadas con la chica de ojos marrones, sino sólo travesuras. También sacó de la compañía de Berns su odio inveterado a los managers y a las compañías discográficas.

Los Estados Unidos eran a la sazón un auténtico hervidero de creatividad. Estoy hablando del segundo tramo de los 60. Del 68, para ser exacto. Ese mismo año aparecieron en el mercado –hago un breve recuento– el Álbum Blanco de los Beatles, el Beggar’s Banquet de los Stones, el Electric Ladyland de Jimmi Hendrix, el John Wesley Harding de Bob Dylan, el Brigde Over Troubled Water de Simon & Garfunkel, el Songs of Leonard Cohen, el The Dock of the Bay de Ottis Redding, el Last Time Around de Buffalo Springfield (que haría saltar al grupo por los aires y daría vía libre a la carrera en solitario de Neil Young)...

El mundo musical estaba pletórico de ideas y de ganas de explorar nuevos espacios siderales, casi siempre con el ácido lisérgico y el bourbon o el Southern Comfort como explosivos combustibles. Morrison tenía 23 años, la cabeza como una olla en ebullición y muy pocas ganas de apuntarse a ninguna tribu, por rebelde que fuera, por más que los sacrificios generacionales en el altar de la psicodelia le tuvieran también flipado. Nadaba en mares de alcohol, se hundía en las profundidades del blues y daba vueltas obsesivamente a los fantasmas de su adolescencia (medio vividos, medio soñados).

Van no era por entonces un cantautor de gran éxito, pero tampoco un desconocido. Consiguió que le dieran libertad para grabar un nuevo disco y lo hizo en 48 horas. Bueno: en realidad invirtió tres días, pero luego desechó todo el material grabado durante la segunda jornada, con lo que sólo suelen computarse los otros dos.

El disco se grabó en condiciones poco frecuentes. El productor, Lewis Merenstein, le dio plena libertad. Él optó por registrar todos los temas en solitario, sin más ayuda que la de una guitarra acústica. El acompañamiento se añadió luego. Tuvo una suerte endiablada: Merenstein le facilitó la colaboración de un grupo de músicos de estudio realmente excepcional. Richard Davis hizo un trabajo portentoso con el contrabajo. Cabe hacerse una idea de la calidad del batería, Connie Kay, recordando que tocaba con el Modern Jazz Quartet. La flauta y el saxo de John Payne, lo mismo que la guitarra de Jay Berliner, acertaron a crear un clima envolvente –no rebuscado, pero sí elaborado– que encajaba como un guante en aquel conjunto de piezas a la vez suaves y obsesivas, serenas e inquietantes.

El disco llevó por nombre Astral Weeks y tuvo una acogida relativamente modesta. Ni siquiera se tomaron el trabajo de extraer de él un single que ayudara a promocionarlo. Fue sólo con el discurrir del tiempo, y con el respaldo de la crítica más exigente, como pasó a convertirse en una obra de culto. Cuando en 1985 la revista New Musical Express realizó una encuesta entre críticos para seleccionar los cien mejores discos del siglo XX, Astral Weeks quedó en el puesto número 2. El célebre crítico Greil Marcus lo definió como «un álbum extraño, turbador y emocionante, sin precedente en la historia del rock», y su congénere Lester Bag como «un disco sobre la gente que se siente estupefacta y sobrecogida ante la vida». El director cinematográfico alemán Wim Wenders, cuyas aficiones melómanas son de sobra conocidas, ha escrito: «No conozco ningún otro tipo de música que sea más lúcida, o que se pueda sentir, escuchar, ver, tocar o experimentar de forma más intensa que la de Van Morrison».

Morrison tenía entonces 23 años, pero la fama no se le subió a la cabeza, no sólo porque su éxito tampoco fue como para echar cohetes, sino también porque su modo de ser nunca se ha acomodado a las pautas del star system. Un crítico señaló acertadamente por entonces que Morrison parecía haber declarado la guerra a las frivolidades del pop. A sus pompas y vanidades, que diríamos por aquí.

Él nunca consideró la música como un trampolín para saltar a las bendiciones del papel couché. Siempre la ha vivido como una vocación –si es que no como una maldición de los dioses– que sobrelleva con un espíritu que oscila entre el ascetismo monacal y la más decidida antipatía.

Con Astral Weeks se ganó el favor de la crítica más sólida –hubo incluso quien empezó a calificarlo públicamente de genio–, lo que le animó a salir del pozo del alcoholismo. Se casó, tuvo una hija, se retiró a las campiñas de Woodstock, muy cerca de la granja donde Bob Dylan y The Band estaban grabando sus Basemen Tapes, y se puso a trabajar en serio, dispuesto a demostrar que Astral Weeks no había sido otra obra más del burro flautista. Poco a poco, fue dando salida a nuevos discos, cuya calidad ya nadie se atrevió a poner en duda, por más que los morrisonólogos sigan situando Astral Weeks en un inalcanzable nivel supremo.

Vino entonces Moondance, que le permitió abundar en su vena jazzística, ya demostrada en un par de cortes de Astral Weeks, y, sobre todo, en su profundo amor por el soul. Aquello tenía fuerza suficiente como para mover cien montañas, y una parte sustancial del gran público lo entendió. Pero siempre en la línea Morrison: sin números 1. Homogéneamente, sostenidamente.

Su siguiente disco, His Band & Street Choir, editado en 1970, se situó en una línea similar. Entendámonos: no pretendo decir que reincidiera en ningún camino trillado. Eso sería incompatible con su naturaleza. Pero el sistema músico-circulatorio de Morrison se compone de arterias y de venas. Las arterias sacan de su corazón a borbotones –y ponen ferozmente en circulación– la sangre roja, oxigenada, furiosamente vital, animada por el rythm & blues y el soul; sus venas se encargan de devolver hacia el corazón, acompasada con jazz, godspel, folk y blues, la sangre ya usada por la vida, brumosamente azul y melancólica.

His Band & Street Choir, como Moondance, es un trabajo básicamente arterial, de ataque, con el que Morrison se mostró capaz de hacer rugir como motos los corazones de todas las audiencias que se le pusieron por delante.

Uno de esos supervitales movimientos de sístole y diástole musical sintonizó inmediatamente con el gran público, que lo plantó en un santiamén en el puesto número 9 de las listas de éxito norteamericanas. Se llamó Domino y es de un soul que tira de espaldas. Oigámoslo.

 

[“SI YO FUERA RICO” INTERPRETA DOMINO]

 

Desde aquel momento de gloria excelsa de los primeros 70 hasta ahora, Van Morrison ha ido regando el paso de los años con una auténtica catarata de discos: una cuarentena, más o menos. Uno, a veces dos por año.

Ha pasado por épocas mejores y por otras peores, pero por ninguna que quepa calificar rigurosamente de insufrible. Nunca le han faltado las ideas. Siempre, en cada disco suyo, ha sido posible encontrar algo que asombra, que estremece, que exalta... o que deprime.

Estamos, en conjunto, ante una de las carreras musicales más portentosas de los últimos 35 años. Una carrera ante la que ningún buen amante de la música popular del mundo ha dejado de rendir tributo.

Curiosamente, la irrupción de Van Morrison en el mercado discográfico español ha sido muy tardía, pese a la permeabilidad que España siempre ha mostrado –o sufrido, según como se mire– ante las músicas de origen anglosajón. Se empezó a oír cuando ya era toda una celebridad en medio mundo. Ahora cuenta ya con un público adicto, aunque tampoco demasiado numeroso.

Los discos suyos que más se han oído por aquí son los últimos, contra los que no tengo nada (si se exceptúa esa estrafalaria incursión en el mundo del country que realizó de la mano de la hija de Jerry Lee Lewis, tal vez para demostrar que no por ser devoto de algo uno tiene por qué ser estupendo reproduciéndolo).

Van Morrison sigue siendo, 35 años después, un volcán de ideas y una locomotora de la música. No estamos ante una vieja gloria empeñada en demostrarnos que aún puede hacer sus pinitos, como esas viejas glorias penosas que siguen recorriendo los escenarios haciendo gorgoritos para reclamar nuestra caritativa conmiseración. Es más bien como un Picasso de la música, capaz de demostrar que se puede ser sesentón y dar mil vueltas a los recién llegados, porque sabes hacer más y lo sabes hacer mejor, y porque la olla te bulle con mil nuevas ideas.

Vuelvo al arranque: no sé cómo se las arregla, y todo indica que tampoco él lo sabe, pero tiene un manantial de fuerza inagotable, que produce música a borbotones, continuamente.

Muchas veces angustiado. Pero no pocas también alegre, con ganas de relajarse y de relajarnos. Como en esta pieza que os hemos guardado para el final y que me conformaría con que os guste tan sólo un diez por ciento de lo que me gusta a mí. Se llama I’m Not Feeling It Anymore. Pertenece a la época de sus Himnos del Silencio y alguien parecido a Tom Jones le rondaba. Andaba preocupado por su paz espiritual, como cualquiera de nosotros, pero por sus propias vías. No es nada del otro jueves. Tan sólo un poco de este martes.

Disfrutadla. Que Calendonia os bendiga.

 

[“SI YO FUERA RICO” INTERPRETA I’M NOT FEELING IT ANYMORE]

 

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