Red Dirt Girl
Emmylou Harris
Grapevine Records
Resistencia, 2000



Emmylou Harris lleva editados 30 discos, sin contar los que grabó con Gram Parsons entre 1972 y 1973. Los tengo todos, y todos me parecen muy buenos. Algunos, incluso realmente extraordinarios. Pero ninguno, excepción hecha de Wrecking Ball (1996), me ha impresionado tanto como este Red Dirt Girl. En él asistimos a una auténtica exhibición de Harris en tres facetas. Una -bien conocida- es la de cantante, especializada ahora en romper su voz de cristal en mil pedazos, renunciando a la perfección formal de sus primeros trabajos para ganar en expresividad y en emoción estética. Otra -mostrada hasta ahora sólo de tanto en tanto- es la de compositora. Harris ha alcanzado en este terreno una madurez sorprendente: es capaz de absorber las más variadas influencias y de integrarlas en un estilo personalísimo, de textura misteriosa e inquietante, que se sitúa en algún lugar ignoto entre el folk contemporáneo y el rock alternativo. La tercera faceta es aún más novedosa: se muestra como una consumada letrista, con textos capaces de alternar imágenes oníricas, referencias a lo cotidiano, gestos de desesperación y muestras de ternura con un estilo homogéneo y brillante. (La edición española de Resistencia incluye la traducción al castellano de las letras). De tener que elegir una canción para single -algo que ella odia- me quedaría con Tragedy, compuesta a medias con Rodney Crowell, en la que los coros corren a cargo de dos amiguetes casi desconocidos: Patti Scialfa y Bruce Springsteen. Cuando se le pregunta a Emmylou Harris qué sentido tiene su compleja trayectoria musical -yo tuve ocasión de hacerlo hace unos años-, responde como medio en broma: "Me gustan las buenas canciones". En este disco lo demuestra de sobra.
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