Diario de un resentido social

Semana del 6 al 12 de enero de 2003

 

Ryan, valiente mierda

Despierto a las tantas, cansado por haber salido anoche –era la fiesta de cumpleaños de una amiga– y por haber hablado y bebido, moderada pero inmoderadamente. Mi estado físico no da para nada, y mi voz, menos. Dentro de una hora deberé estar hablando en público y mi afonía puede hacer estragos. Me preocupa hacer un recital de gallos.

Tomé contacto ayer con un buen samaritano que aceptó hacerse cargo de la lectura de los folios que tengo escritos, en el caso de que mi garganta se hunda del todo, pero no estoy seguro de que él vaya a encontrarse en mucho mejor estado.

Es en medio de ese espesor de mañana de domingo, tipo el Sunday Mornin’ Comin’ Down de Kris Kristofferson, cuando enciendo la radio y escucho la noticia: George Ryan, gobernador del Estado de Illinois, ha decidido conmutar la pena de muerte que pesaba sobre 156 reclusos de su jurisdicción.

Dice que el sistema penal norteamericano tiene demasiados fallos, que es incorrecto, injusto «y a veces también muy racista».

Ryan se ha mostrado muy afectado porque se ha enterado de que cuatro sentencias de muerte habían sido dictadas en su estado a partir de confesiones que la Policía había obtenido con torturas.

La noticia me martillea el cerebro como parte de una pesadilla.

Sé que Ryan ha montado ese circo porque estaba a punto de pasar a la Historia de Illinois como uno de los gobernadores más corruptos que haya tenido uno de los estados más corruptos de la Unión. Y no quería.

Sé que Ryan no cuestiona la pena de muerte, sino tan sólo sus «errores de aplicación».

Sé que Ryan ha conmutado las penas de muerte por otras tantas de cadena perpetua.

Y me veo aplaudiendo a Ryan.

Valiente mierda.

 

(12 de enero de 2003)

Para volver a la página principal, pincha aquí


La estabilidad de Solbes

Estoico que soy de por mí, me he tragado esta mañana a primera hora un programa de Radio Nacional y Radio Exterior titulado Más Europa. El tema del programa de hoy era el famoso Pacto de Estabilidad y las dificultades de varios Estados miembros (particularmente Alemania, Francia e Italia) para cumplir con lo firmado: entre que su gasto público está siendo superior al permitido y que sus tasas de crecimiento son más bajas de lo previsto, van los tres camino de cargar con un 3 por ciento de déficit.

Admito que mis conocimientos sobre Economía Política son escandalosamente insuficientes, lo cual viene agravado por mi incapacidad total para memorizar cifras, incluyendo las de uso práctico más corriente (mis teléfonos, mi NIF... y hasta mi edad). Empecé a estudiar algo de Economía a los 18-19 años, de la mano de Paul A. Baran, Paul M. Sweezy y compañía –aquellos excelentes libros del Fondo de Cultura Económica–, pero pronto escuché a alguien muy importante decir eso de que «la política es la expresión concentrada de la economía», así que opté por estudiar «la expresión concentrada», muy al estilo de la zorra con las uvas.

Con el tiempo he desarrollado algunos otros trucos para afrontar los arcanos de la ciencia económica. Uno consiste en interrogar a los economistas sobre materias que sí conozco. Si lo que me responden en esos asuntos me parece bien pensado y razonable, concedo un margen de confianza equivalente a sus opiniones económicas.

Señalo este procedimiento un tanto mei generis de orientarme en los intríngulis económicos porque se da la circunstancia de que varios economistas de éstos que me merecen alguna confianza me han insistido una y otra vez en que lo del Plan de Estabilidad de la UE, que sus adalides presentan como si fuera el no va más de la racionalidad, no pasa de ser otro de los muchos fetiches de la derecha económica y social. Aparte de que la cuestión no es sólo cuantitativa, como se pretende, sino también y sobre todo cualitativa –no sólo cuánto, sino sobre todo en qué se gasta–, un Estado no puede renunciar por principio a endeudarse. Puede hacerlo, siempre que se lo plantee dentro de límites asumibles y siempre que lo haga para fomentar el crecimiento. La aceptación de un cierto déficit público puede tener sentido dentro de un plan general de expansión económica incentivado y animado por el propio Estado, y hay sobradas experiencias históricas positivas al respecto.

Pero lo que más me ha llamado la atención del rollo matinal de Radio Nacional no es que diera por hecho que el Plan de Estabilidad es sagrado, ni que hablara del asunto como si se tratara de una ecuación de ciencia pura, situada al margen de opciones ideológicas y políticas, sino que el encargado de repetir ese mensaje hasta la saciedad ha sido Pedro Solbes, consejero de la UE a propuesta del PSOE y nunca desautorizado representante de los criterios de ese partido en materia económica.

¿Cómo tomarse en serio la pretensión del PSOE de que representa una alternativa al PP en todos los terrenos, incluido el económico, cuando no sólo no discute los dogmas del neoliberalismo imperante sino que se ofrece para hacer de martillo de herejes en su defensa a escala europea?

 

(11 de enero de 2003)

Para volver a la página principal, pincha aquí


¿Y por qué no Botella?

El PSOE insiste en la pregunta supuestamente envenenada: «¿Y por qué ella?». Para mí que es más práctica y aleccionadora la pregunta contraria: ¿Y por qué no?

Alegan que si Ana Botella no fuera la esposa del presidente del Gobierno jamás habría recibido la oferta de Alberto Ruiz Gallardón. Claro. Y Alberto Ruiz Gallardón tampoco habría llegado con tanta facilidad al lugar en el que está de no haber sido hijo de otro Ruiz Gallardón, también político, también de derechas y también muy bien relacionado. ¿Alguien puede darme alguna razón original para explicar que el PP haya elegido como candidato en Castilla-La Mancha a un caballero llamado Adolfo Suárez? En las altas esferas del PP el que no es hijo es sobrino, primo, nieto, cuñado, concuñado, marido, yerno... o mujer, hija, sobrina, nieta, prima, nuera o cuñada de alguien que tiene o tuvo un nombre o un título en el gremio. Es el único modo que hay para llegar directamente a las plantas nobles de Génova sin tener que darse la paliza de subir las escaleras. (Bueno, no: también cabe pagar muchísimo dinero para que te suban a hombros.)

Aún más gracia me hace que critiquen la falta de preparación técnica y académica de la precandidata. He conocido en los últimos veinte años a suficientes alcaldes y concejales a lo largo y ancho de la piel de toro como para tener clarísimo que toda relación entre su nombramiento y su capacitación intelectual es pura coincidencia. Ninguna necesidad de giligilizar esta columna: Madrid da ejemplos sobrados. Tiene un equipo de gobierno capaz de alimentar de por vida el anecdotario de todos los periodistas del ramo. Sólo con las exhortaciones pías del alcalde, Álvarez del Manzano, que todavía no ha conseguido enterarse de que éste no es un Estado confesional, y con los siempre originales inventos del concejal de Movilidad Urbana, Sigfrido Herráez –el último, el llamado sigfrimóvil, que se supone que lucha contra los atascos metiéndose en ellos y haciéndolos más grandes pero, eso sí, multando mucho-, la señora Botella podría arreglárselas fácilmente para pasar por una intelectual. O por lo menos desapercibida. Tanto más ella, que tiene publicado un libro de cuentos (ajenos, pero con moraleja, lo que no deja de ser un detalle muy madrileño).

En fin, reprochan a Ruiz Gallardón que haya incluido a Ana Botella en su equipo porque creen que eso va a acentuar los rasgos derechistas de su candidatura. Sostienen que la ideología ultracatólica de la candidata imprimirá un sello aún más reaccionario a la política del equipo municipal.

A éstos críticos sólo me queda hacerles una observación gramatical. Tratándose de beatería y del Ayuntamiento de Madrid, no nos amenacen con ninguna vuelta de tuerca adicional: sabemos de sobra que lo máximo no admite grados.

                                                                                                                                                      

(10 de enero de 2003)

Para volver a la página principal, pincha aquí


El manifiesto pro-Bush de Umbral

 Nunca he sido partidario de tomar demasiado en serio las propuestas políticas de Umbral. Me consta que algunas las avanza sin más interés que el de provocar risitas de falso escándalo en las señoras de buen ver o mejor bolsillo con las que se codea –o lo que sea–; que otras las mete con calzador para contentar a tal o cual personaje con el que tiene que verse, o con el que se ha visto, o del que espera obtener algo, y en fin, que otras no pasan de ser mera excusa para hacer ejercicios de estilo en lo que imita –casi siempre de manera magistral– a tal o cual clásico, en lo que bien podría tomarse como un juego de adivinanzas para eruditos.

Dicho de otro modo: apariencias al margen, Umbral casi nunca escribe realmente de política.

Pero una cosa es lo que trata de hacer –y que en buena medida hace, y lo hace como nadie– y otra que ese arte tan suyo de frivolizar jugando literariamente con la espuma diaria del acontecer político no acabe por retratar su verdadero inconsciente político. Un inconsciente que no sólo resulta ser en extremo reaccionario sino, sobre todo –y eso es lo más grave, en su caso–, de una pobreza intelectual verdaderamente patética y, por momentos, hasta anonadante.

Como no es mi estilo criticar lo que los demás desconocen, y dado que mucha de la gente que merodea por este rincón de la Red no es lectora de El Mundo –y la que lo es no siempre lee a Umbral–, voy a reproducir el artículo que le publicaron el pasado martes, 7 de enero. Destacaré, sin mayor comentario, algunas expresiones que me han parecido particularmente curiosas y añadiré algunas observaciones debidamente acotadas entre corchetes y firmadas con mis iniciales. No muchas, porque tampoco es cosa de ensañarse en lo obvio.

El artículo llevaba por título Los intelectuales. Y decía:

«Un grupo ilustre de intelectuales norteamericanos se está moviendo oportunamente para enriquecer el sentimiento de patriotismo y de defensa frente a dos enemigos peligrosos: los otros intelectuales, los que van sistemáticamente contra los valores americanos y, lo que es más grave, la marejadilla de mensajes europeos que condenan el imperialismo en todo momento porque no pueden olvidar ni perdonar que los Estados Unidos nos salvaron de dos guerras mundiales y del terror estalinista. [Nótese que esto lo escribe un español, que sabe que España no participó en la I Guerra Mundial, que conoce que Washington abasteció de combustible a las tropas rebeldes de Franco y que, terminada la II Gran Guerra, se negó a propiciar el derrocamiento de la dictadura militar pro-nazi, abocando al pueblo español a 40 años de sufrimientos. JO]. Arthur Miller y Norman Mailer son quizá los nombres más notorios y sorprendentes en este grupo de intelectuales americanos que han decidido posar como americanos antes que como intelectuales. Lo cual que la cosa va en serio.

»América [Obsérvese que Umbral, fiel a la doctrina Monroe, identifica constantemente “América” con “Estados Unidos de América”. JO] trajo los misiles, pero también trajo la penicilina. Prueben ustedes a hacer el recuento de premios Nobel de la ciencia y la investigación en los últimos años o en el pasado siglo. [Nota bene: recuérdese que tanto sir Alexander Fleming como el grupo de científicos que en su unión descubrieron e impulsaron la penicilina... fueron británicos. JO]. El número de norteamericanos es sorprendente, y a ellos hay que añadir los extranjeros que América fichó y ficha prematuramente cada día por las universidades del mundo. No es culpa suya si esas universidades -también las españolas- estaban adormecidas cuando USA fichó a Severo Ochoa, un suponer. Einstein no hubiera sido posible sin el patrocinio yanqui. [Einstein realizó lo esencial de sus investigaciones en Europa, antes de instalarse en Pricenton. Por lo demás, son sobradamente conocidas las dificultades por las que pasó cuando en 1945 se declaró públicamente en contra del programa norteamericano de armamento nuclear. JO].

»Los Estados Unidos viven continuamente esta división perpetua entre una progresía entregada al esnobismo europeo y una intelectualidad que cree en su país y colabora a hacerlo más verdadero. [Me encantaría que Umbral hiciera una Historia, así fuera brevísima, de esa intelectualidad norteamericana que de manera «perpetua» ha contribuido a hacer su país «más verdadero» (sea eso lo que sea). Se topará con media docena de personajes torturados por no haber tenido la fortaleza de haberse negado a delatar a sus mejores amigos y con dos docenas de ultraderechistas confesos, algunos admiradores declarados de Hitler, colaboradores del Tribunal de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy y asalariados de los programas de “promoción cultural” de la CIA. JO].  Hay que cerrar muchas ventanas para no enterarse de que la conspiración terrorista, orientalista, fatalista, va a ser la gran querella del siglo XXI recién iniciado. Ese fatalismo de raza odia la presencia vertical de los Estados Unidos en el Universo, y este odio aparece ilustrado por un progresismo o retroprogresismo que consiste en preferir lo antiguo, lo sucio, lo feo, lo medieval, lo fatal [el subrayado es mío. JO]. Casi toda la intelectualidad de Europa se inspira en esas veladas causas al mismo tiempo que los hombres estrella de nuestra cultura se cortan el pelo a la americana, usan mocasines de marca americana, juegan al póker, beben whisky americano, siegan su jardín y lavan el culo a sus niños de acuerdo con el modelo de las películas de Hollywood.

»Todos somos muy antiyankis en la conversación, porque eso queda más progre, y no digamos en los libros, donde uno sólo puede escribir y firmar panfletos antiamericanos si quiere vender mucho entre un público que disfruta con ese castigo a Bush o el que sea, mientras ceba a sus hijos de hamburguesas y perritos calientes. Hay aquí un doble juego bastante deleznable, contra el que ahora se han levantado los escritores que cito y los que no cito, ante la inminencia de nuevos atentados terroristas de la mafia universal del fatalismo y de ese nuevo juego dúplice que es el suicidio asesino.

»Mientras se diseñan unas nuevas Torres de Manhattan, ya hay escritores, en España y América, que proyectan derribarlas con sus metáforas. Uno nunca ha sido fanático de los Estados Unidos, pero ante la ofensiva medieval que se inició el 11/S, acudimos a nuestros periódicos, todos de modelo americano, como los abajofirmantes de un manifiesto que no existe, pero está haciendo mucha falta.»

Nada, que lo dejo. Voy a seguir buscando metáforas de dinamita medieval, esnob, racial y orientalista y, como no se me corte la infección bucal que tengo, me largo a los EEUU a que algún Nobel me ponga penicilina patrióticamente verdadera.

     

(9 de enero de 2003)

Para volver a la página principal, pincha aquí


Escritores en la indigencia

José María Gironella se marchó para el otro barrio no sólo persuadido de que los cipreses creen en Dios, sino también con la convicción de que los actuales lectores somos, decididamente, unos ingratos.

Parece que dejó una carta echándonoslo en cara.

El personal es de una falta de realismo espantosa. Este Gironella, que fue en vida un pesado de tomo y lomo –franquista y aburrido: tócate las narices–, no entendía que su obra no siguiera vendiéndose como churros, lo que le obligaba a vivir en una casa normalita, llevando una vida normalita. Se ve que el hombre no fue en su momento consciente de que sus mamotréticas y soporíferas novelas se vendían porque no había falangista o aspirante a falangista que pudiera permitirse el lujo de no tenerlas en el estante del salón, junto a la foto del Generalísimo, la imagen del Sagrado Corazón, la bendición apostólica de Su Santidad (Pío XII, a la sazón) y el cuadro de los jabalíes abrevando en el consabido manantial de la pradera.

Dicen que Franco exclamó, tras leer –o decir que había leído– aquello de Los cipreses creen en Dios: «¡Así fue nuestra Cruzada!». Lo cuento por si alguien tuviera la intención de acercarse al libro fuera de un programa específico de análisis de patologías psicosociales agudas.

De haber recibido el franquismo el juicio oficial que merecía –como lo recibió el salazarismo, explícitamente repudiado por la vigente Constitución Portuguesa–, los tipos como Gironella las habrían pasado canutas. Yo nunca he estado con quienes quisieron impedir a Leni Riefenstahl que continuara con su trabajo de fotógrafa audaz y maravillosa, acusándola de haber mantenido una buena relación con Hitler. Que se sepa, Riefenstahl no participó en la comisión de ningún crimen. Tampoco propuse que nadie encerrara bajo llave a Dalí, ni siquiera a Lola Flores, pese a sus concomitancias ideológico-delirantes con el franquismo (y pese a que el trabajo de ninguno de los dos me suscitaba mayor interés). Pero esos/esas artistas, amén de no estar implicados en ninguna actividad delictiva (Hacienda excluída), tenían y siguen teniendo forofos a gogó, y forofos nada obtusos. Digo yo que por algo será. Sigo alimentando en mi corazoncito el bello lema, realmente nunca aplicado, de la Revolución Cultural China: «Que florezcan cien flores y rivalicen cien escuelas de pensamiento».

Gironella no fue quedándose más y más al margen porque le perdieran sus ideas políticas, realmente deleznables, sino porque las expresaba a través de escritos plúmbeos, que no interesaban ni siquiera a sus correligionarios. De haber sido menos plasta, hubiera podido vender: ahí está la obra inagotable de Vizcaíno Casas, a modo de prueba. El propio Lara le compró alguna novelucha petardera, a modo de agradecimiento por el dinero que le hizo ganar cuando era lectura obligada de los del yugo y las flechas.

Esto de echar la culpa a la discriminación ideológica es una tentación casi irresistible. Todos los que nos dedicamos a escribir y no conseguimos traspasar la línea de la fama ni a la de tres –y menos mantenernos del otro lado– sentimos constantemente el deseo de proclamarnos «malditos», «insobornables»... y ni sé cuantas cosas más.

Gironella se presentaba como insobornable. Se pasaba. Insobornable es un adjetivo demasiado aparatoso. Yo no me atrevería a proclamarme insobornable. De lo único que puedo dar fe es de que los intentos de soborno que he recibido hasta ahora manejaban cifras escandalosamente ridículas. Insultantes. Si recibiera una que superara los 100 millones de euros y la mandara a la mierda, entonces creo que empezaría a considerarme insobornable.

Me da que Gironella también confundía no tener precio con no estar en el mercado.

 

(8 de enero de 2003)

Para volver a la página principal, pincha aquí


A mal Cristo, mucha sangre

Un amigo mío, corresponsal en España de un medio centroeuropeo –con mucho tiempo libre a su disposición, en consecuencia–, tiene acumulado un montón de apuntes que, según él, demuestran irrefutablemente que cada vez que el Gobierno de Aznar pasa por un  mal momento, se produce una acción policial espectacular contra ETA, preferentemente en Francia. Mi amigo sostiene que se trata de miembros de ETA o de colaboradores más o menos directos que las dos policías tienen localizados y bajo vigilancia, a la espera de que su detención resulte rentable a efectos políticos.

Tenga razón o no mi amigo, somos muchos en todo caso los que albergamos escasas dudas sobre la utilización distractora que el presidente del Gobierno y sus acólitos hacen de la lucha antiterrorista. Una utilización que adquiere formas tanto más aparatosas cuanto más importante es el problema que pretende encubrir.

Observen ustedes que el efecto principal que ha tenido hasta ahora la catástrofe del Prestige, con todo su pringue, ha sido la acelerada puesta en marcha de un plan para que los terroristas de ETA se pasen cuarenta años en la cárcel, ni uno más ni uno menos. ¿Había ocurrido algo en las últimas semanas que revelara una peligrosa lenidad de la normativa penal contra el terrorismo? Más bien todo lo contrario: el caso de Gil Ostoaga, tan polémico en su arranque,  dejó pronto trágicamente claro que los miembros de ETA puestos en libertad después de muchos años de cárcel salen psicológicamente destrozados.

La diferencia entre 30 y 40 años de condena puede tener valor para quienes no viven sino para la venganza, pero carece de efectos sociales prácticos. Para empezar, el destrozo que el transcurso de ese tiempo hace en el cuerpo y la mente del reo es absoluto, y lo absoluto no admite grados. En segundo lugar, la reforma sólo podrá aplicarse a quienes sean condenados a más de 40 años después de que se apruebe la ley. Todos los presos de ETA anteriores –el medio millar que hay ahora– pasarán por la cárcel conforme a la legislación anterior, porque, como es sabido, las leyes no pueden aplicarse con efecto retroactivo, salvo cuando benefician al reo. Quiere decir todo esto que estamos hablando de una reforma de cuyas hipotéticas consecuencias prácticas habremos de saber, si todo marcha conforme al pensamiento de Aznar... ¡durante el periodo 2033-2034!

Francamente: yo prefería que se estuviera debatiendo alguna iniciativa que nos permitiera confiar en que para entonces ya no estemos discutiendo si los ancianos de ETA deberán seguir pudriéndose en las cárceles o no. Entre otras cosas porque ETA sea ya sólo un mal recuerdo del pasado.

 

(7 de enero de 2003)

Para leer los apuntes del conjunto de las vacaciones de Navidad, de 20 de diciembre a 6 de enero, pincha aquí

Para volver a la página principal, pincha aquí


Otra vez «el fallo humano»

Después de asistir a un repaso del tramo ferroviario donde se produjo el accidente del Talgo Madrid-Cartagena, el ministro de Fomento anunció que tanto Renfe como su departamento descartan la posibilidad de que el suceso viniera provocado por «un fallo humano». Y enumeró los puntos en que basan el diagnóstico: la vía se encontraba en buen estado, la máquina había sido revisada hace un mes y avanzaba a una velocidad correcta.

Según «fuentes próximas a la investigación» –eufemismo que la Prensa utiliza para poner en circulación datos o ideas que desean que circulen, pero de los que nadie quiere hacerse responsable–, el hecho podría ser resultado de «una trágica gamberrada». Pero no han encontrado nada que pudiera haber servido de instrumento para la mortal humorada. ¿Con qué lograron los presuntos gamberros que la máquina descarrilara?

Yo no tengo ninguna hipótesis para explicar lo que sucedió, pero, a cambio, me parece de rigor criticar los instrumentos conceptuales con los que se están manejando Álvarez Casos y Renfe.

En primer lugar, y como he dicho ya ni sé cuántas veces, lo del «fallo humano» es como lo de las «personas humanas»: una bobada. Todo fallo es necesariamente humano. Sólo se equivoca quien tiene capacidad de elegir. Las máquinas no fallan: fallan quienes las mantienen en funcionamiento más tiempo del razonable, quienes no las revisan bien, quienes las manejan inadecuadamente, etcétera.

En ese sentido, es ridículamente corta la lista de posibles fallos humanos examinados –y descartados– por las autoridades.

Sin ir más lejos, se sabe que el tramo Albacete-Murcia es uno de los peor acondicionados de la red viaria principal española, y que las inversiones realizadas en él durante los últimos años han sido mínimas. Ese dato no ha sido mencionado ni siquiera para quitarle importancia.

Otro ejemplo: se dice que la máquina fue revisada en diciembre, pero nadie parece haber investigado todavía en qué condiciones y con qué garantías de rigor se realizó esa revisión.

Item más: tal vez no sea sencillo proteger el conjunto de la red viaria y dificultar que cualquier enloquecido pueda acceder a ella, pero no veo que nada haga especialmente difícil que los trenes lleven una cámara de vídeo blindada que recoja todo lo que va apareciendo delante por la vía y que, en caso de accidente, permita una más rápida clarificación de las causas.

Por resumir: da la sensación de que todo está concebido con gran habilidad para que, en caso de accidente, la compañía y el Ministerio puedan lavarse las manos cuanto antes, visitar a los heridos, enterrar a los muertos... y a otra cosa, mariposa.

 

Post scriptum.– Mi estado de salud ha experimentado un interesante cambio. A peor. Desde comienzos de año no duermo más de dos horas seguidas y los accesos de tos que me vienen cada dos por tres, acompañados de espasmos fortísimos –que, caso de ver en otro, seguro que me parecerían la mar de cómicos–, me dejan baldado. Un amigo médico, que mantengo al tanto para evitar que la cosa degenere en neumonía, sostiene que es la reacción típica que experimenta ante una gripe el sistema respiratorio de un menda que ha fumado sin parar durante 40 años y que ha dejado de hacerlo hace siete meses. Sostiene que volverá a sucederme cada vez que me acatarre durante los próximos 14 o 16 meses, pero que, luego, todo sobre ruedas. Ignoro si cumpliré ese plazo sin sufrir un infarto. En todo caso, os lo cuento para que continuéis disculpando lo mal que atiendo el correo electrónico. La mera atención del Diario ya me supone un considerable esfuerzo.

 

(6 de enero de 2003)

Para leer los apuntes del pasado fin de semana, pincha aquí

Para volver a la página principal, pincha aquí