Diario de un resentido social

Semana del 16 al 22 de diciembre de 2002

 

La suerte

Hoy es el día de las conversaciones sobre la suerte. Y sobre la salud, por supuesto.

–¿No te ha tocado nada, hijo? –dice la señora del 2º–. Bueno, qué se le va hacer. ¡Lo importante es que haya salud!

–Sí, doña Eduvigis, pero es que, además, estoy hecho unos zorros. Y mi mujer me ha abandonado.

Me telefonea mi buen amigo Gervasio Guzmán, que incurre en todos los tópicos.

–¿Tú crees en la suerte?

–Depende –le respondo.

–¿De qué?

Se lo explico.

La palabra suerte encierra en castellano significados distintos.

Creo que el azar existe. La gente de educación marxista tiene tendencia a desdeñar el azar. Eso está justificado en la medida en que la cultura superficial atribuye con frecuencia al azar lo que no es sino expresión de una necesidad subterránea, no evidente. «El azar es el modo en que se manifiesta la necesidad», escribió el (a la sazón) marxista Roger Garaudy en su ensayo La libertad, allá por los años 50. Dicho así, es una exageración. Sobre todo tratándose de asuntos relativos a la práctica humana. Porque, cuando digo que hay muchos fenómenos y situaciones que son fruto del puro azar, no trato de enunciar ninguna ley de la física: me expreso en el terreno estricto de la comprensión social y humana. Se trata de fenómenos y situaciones en cuyo desencadenamiento final intervienen tal cantidad de elementos, cada uno de los cuales fruto de una mezcla tan extraordinariamente abigarrada de influjos, ellos mismos de diversidad tan inmensa, que resulta forzoso considerarlos, a los efectos de la práctica humana, impredecibles. Fruto del azar.

Esto con relación a la suerte como sinónimo de azar.

Ahora bien: también utilizamos la palabra «suerte» para referirnos a la fortuna; casi siempre a la buena fortuna. «Tener mucha suerte» equivale a ser muy afortunado.

En eso ya creo menos. En todo caso, me es muy difícil asociarlo al feliz resultado de un juego de azar.

No es que niegue que la vida depara a algunas personas momentos de extraordinaria fortuna –sería absurdo– sino que entiendo que, para atribuir suerte a una persona o un grupo –suerte en general, no referida a un momento preciso–, se vuelve necesario hacer un complejo balance, en el que el momento de fortuna ha de cruzarse con muchos otros datos, hasta obtener el resultado final.

La gente considera que es una suerte fantástica que a alguien le toque el gordo de la Lotería de Navidad. Pero eso dista de estar claro. Yo tuve ocasión de comprobarlo bien de cerca cuando tocó en El Campello, que es la población costera más cercana de mi casa de Aigües, en Alicante. Tocó –qué digo tocó: dio de lleno– hace algo así como ocho o diez años, y benefició a un montón de gente. A un montón, sí, pero no a toda. La lluvia de millones, que dicen los cursis, desató tal cantidad de broncas y divisiones familiares y pandillares –gente que juraba que le habían prometido un décimo, pero que no habían llegado a dárselo, etcétera–, que aquello se convirtió en un infierno. Bastantes habitantes del pueblo llegaron a la conclusión de que lo que en realidad les había caído era una maldición.

Hay que contar, además, con que no es tan fácil relacionarse bien con el dinero. Hace falta costumbre. Mucha gente que no ha tenido en toda su vida dónde caerse muerta se encuentra de repente con un porrón de millones y pierde la cabeza. Se pone a hacer el tonto, a gastar en las cosas más estrafalarias, a entregarse a placeres con los que no tiene ninguna familiaridad, que no sabe cómo administrar... y arruina su vida. Recordemos al pobre Dieguito Maradona: fue la lotería de sus piernas la que le tocó, y lo que ha sufrido.

¿Trato de decir con todo esto, ahora que escribo mientras los críos cantan al fondo números y premios en euros, que casi mejor que no me toque nada?

Desde luego que no. Vaya que no. De ninguna manera. ¡Si hasta llevo un décimo comprado en Muxía!

 

 (22 de diciembre de 2002)

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Carta abierta al subcomandante Marcos

Estimado subcomandante Marcos,

He seguido con el mayor interés sus últimos intercambios epistolares referidos a los problemas de mi terruño.

Le diré con sinceridad que su primera misiva me produjo una reacción agridulce: comparto sus antipatías, pero no soy amigo de utilizar para la crítica ni aquello que no es elección de los criticados (el apellido, por ejemplo), ni las enfermedades (¿qué tiene de ridículo el estreñimiento?), ni los oficios (el dignísimo de payaso, sin ir más lejos). Dicho con franqueza: su carta al Aguascalientes de Madrid me pareció innecesariamente discursiva, de escasa utilidad para nuestros propios esfuerzos y, por momentos, hasta caótica.

A cambio, no vi en ella lo que tanto se le ha criticado: respaldo a ETA. Tuvo usted la inteligencia de referirse en exclusiva a la lucha política en pro del derecho de autodeterminación.

Pero una cosa es lo que está escrito y otra lo que cada cual quiere leer.

Disfruté y reí con gusto y sin reticencias, a cambio, leyendo su respuesta a la carta que le remitió Garzón a través de las páginas de El Universal. De ésta me gustó –aparte de su festiva recreación de las reglas propias de los duelos– que dejara claro que los problemas de Euskadi deben ser abordados y debatidos entre los actores directos del drama. (Aunque le aseguro que tampoco nos viene nada mal, de vez en cuando, que nos dé su opinión franca la gente honesta que está lo suficientemente lejos de nosotros como para contemplar nuestro bosque sin irse por las ramas.)

Leí luego su carta a ETA, que me pareció oportuna, aunque ya habrá visto el caso que le ha hecho.

Pero lo que me ha animado a mandarle estas líneas no es nada de lo que usted ha escrito, sino algo de lo que le han respondido. Me refiero a la carta remitida por Batasuna al EZLN el pasado 12 de diciembre y que, a no dudar, ya habrá recibido.

En ella, la dirección de Batasuna se esfuerza por explicarles a ustedes cuál es la situación real de Euskadi y qué es lo que verdaderamente defiende su organización.

Le escribo para prevenirle: no le cuentan la verdad.

Es verdad, en líneas generales, lo que le dicen sobre el Estado español y su política represiva.

No es cierto lo que le dicen sobre ellos mismos.

Quizá lo primero que sea necesario desmontar es el esquema ideológico del que parte el escrito de Batasuna.

«Nuestro pueblo nunca ha sido un pueblo belicoso, pero sí un pueblo rebelde», dice.

Queda solemne, y hasta bonito. Pero es una tontería. Lo es, en primer lugar, porque nuestro pueblo no tiene un carácter inmanente, metafísico, que haya perdurado intacto por los siglos de los siglos. Y lo es, en segundo término –y principal, a efectos de utilidad–, porque nuestro pueblo carece de opciones políticas unánimes. Está dividido en clases, grupos de interés, banderías ideológico-políticas... Hay en él gente belicosa y gente rebelde, y hay en él también gente pacífica, y gente sumisa. Hay, en suma, de todo.

Conviene mantenerse a muy prudente distancia de los esencialismos nacionales porque, a nada que uno los descuida, se encuentra con que las esencias etéreas aparecen es escena de la mano de muy terrenales representantes. Batasuna, por ejemplo.

Batasuna no tiene legitimidad para hablar en nombre del pueblo vasco. Puede proclamarse portavoz del porcentaje de la población cuyas simpatías recoge. Un porcentaje que es minoritario, pero importante, en Gipuzkoa (Guipúzcoa), menor, pero aún considerable en Bizkaia (Vizcaya), escaso en Araba (Álava), cada vez menor en Nafarroa (Navarra) e insignificante en Iparralde (País Vasco-Francés).

Espero que entienda por qué me refiero (y critico) los esencialismos. En la medida en que se acepta una determinada caracterización del «ser vasco», se tolera una criba ideológica de la población: de un lado, quienes son verdaderos vascos; del otro, los malos vascos, los vasco-traidores, los españolistas o, directamente, los españoles. La nacionalidad deja de ser un dato que viene dado por hechos objetivos –nacimiento, residencia, trabajo–, para convertirse en un beneficio que se gana reuniendo méritos ideológicos.

Como sé que no le aburre leer, y a mí tampoco escribir, aprovecharé este punto para contarle una anécdota. Era aquello en los primeros años de la década de los sesenta y a éste que suscribe le tocó participar en una discusión política (clandestina, por supuesto) entre nacionalistas vascos radicales y comunistas españolistas. Le aclararé que yo estaba por entonces, teóricamente, entre los nacionalistas radicales. El caso es que se empezó a debatir acaloradamente sobre si Euskadi era (es) una nación o no. Los unos decían que por supuesto que sí, y los otros que no del todo. Me vino entonces a la cabeza un suceso protagonizado en 1902 por un señor ruso sobre un puente de Londres e intervine para decir que, en mi criterio, Euskadi no era una nación, sino dos. Una, la de los poderosos; otra, la de la gente explotada y oprimida. Logré una rara unanimidad de criterios... contra mí. Un joven, que pasados unos años se convertiría en dirigente de ETA, me espetó: «Tú no es que seas españolista. ¡Tú eres español!».

Todavía conservo, como se puede ver, el recuerdo de esa utilización de la nacionalidad como insulto.

Pero volvamos al hilo de la carta de Batasuna.

Le escriben: «Batasuna nunca ha justificado ni fomentado el recurso a la lucha armada».

Vamos a ver. Si lo que tratan de decir es que Batasuna, como organización, a través de sus portavoces o de sus comunicados, nunca ha justificado ni fomentado la actividad de ETA, es cierto. Pero implica una estafa intelectual presentar como definición de principios lo que no es sino un mero artificio defensivo en atención a la legalidad. En Batasuna hay mucha gente que no está de acuerdo con ETA, pero bastante otra que sí. Y la posición de la organización, como tal, se halla más próxima de la actitud de éstos que de la de aquellos. Yo no he visto nunca al servicio de orden de Batasuna reclamar silencio a quienes en sus manifestaciones gritan: «¡ETA, mátalos!». Y supongo que no tratarán de convencernos de que, cuando sus agrupaciones locales organizan homenajes a gente que ha perdido la vida cuando intentaba colocar una bomba, lo hacen sin que ello implique la menor muestra de simpatía.

Batasuna les escribe a ustedes: «Nos negamos a condenar [la violencia de ETA] porque la condena no resuelve el problema político de fondo». Ésa es otra triste falsedad. Téngalo por seguro: se niegan a condenarla porque, sencillamente, a buena parte de ellos les parece bien. Es comprensible que no se atrevan a admitirlo, pero que no eleven la doblez a la categoría de argumento, y menos en una misiva al EZLN.

Le reconozco que ese absurdo según el cual es «inútil» formular condenas porque «no resuelven los problemas de fondo» me enfada particularmente. Me irrita que me tomen por tonto. Sabrá usted, subcomandante –y, si no, se lo cuento–, que Batasuna, al igual que sus muchas antecesoras en el mundo de las siglas, ha funcionado siempre como una fábrica de conferencias de Prensa y comunicados de condena dedicados a todo lo habido y por haber. Aunque nada de ello resolviera ni de lejos «los problemas de fondo».

Queda un último punto de la carta de Batasuna que no quisiera dejar de comentarle. De hecho, es el que ha acabado por decidirme a escribirle.

Me refiero al llamamiento que hace para que se respete el deseo de «la mayoría de los vascos».

Tanto ETA como Batasuna saben de sobra que «la mayoría de los vascos» estamos hasta las narices de que haya quien trate de suplantar al propio pueblo en su lucha por la libertad. De que haya quien se dedique a repartir condenas de muerte y beneficios de vida desde la altura de no se sabe qué habitáculo de las esencias.

La mayoría, la inmensa mayoría del pueblo vasco ha dejado clarísimo que no necesita para nada a este Robin Hood sanguinario, que es destilado de muchísimos rencores –tantos de ellos comprensibles, y hasta obligados–, pero también odiosa excrecencia de las peores místicas mesiánicas, de las que, por desgracia, tanto sabemos los viejos militantes de la izquierda.

Euskadi –la sociedad vasca, que es de lo que se trata–  habrá de ser lo que quiera, no lo que quisieran obligarle a ser sus enemigos de toda suerte. Incluidos los osos que la quieren tanto que la están matando con sus abrazos.

Estoy convencido de que comparte mis sentimientos. Sólo he tratado de aportarle algunos puntos de vista complementarios.

Con mi sincera admiración y respeto,

Javier Ortiz

 

––––––––––––

P.D. Para un más preciso conocimiento de las reglas que deben imperar en los duelos, tal vez le interese –y divierta– la lectura de este sitio de la Red: http://www.cidep.com/articulos/tiro/duelos.php 

 

(21 de diciembre de 2002)

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Más allá del espectáculo

Se quejan los críticos de nuestras sociedades mediáticas de la apabullante primacía que ha logrado entre nosotros el espectáculo. Es cierto que, muy a menudo, las noticias se resaltan o desdeñan en función de su espectacularidad, al margen de su peso y trascendencia reales. Pero «muy a menudo» no quiere decir siempre. Sucede en ocasiones que tal o cual hecho es llamativo, y hasta interesante, pero apenas recibe atención.

Tomemos el caso del reto que el juez Baltasar Garzón lanzó al subcomandante Marcos el pasado 6 de diciembre mediante carta publicada por el diario mexicano El Universal, en la que desafió al dirigente zapatista a un debate público sobre el  problema vasco.

No me digan ustedes que la cosa no tiene lo suyo. ¡Un juez estrella español reta a un guerrillero mexicano a un debate público!

Suma y sigue: Marcos le contesta con una misiva en la que parodia las fórmulas de los duelos decimonónicos, le dice que acepta el reto y, ateniéndose a las reglas de aquellos tragicómicos desafíos, fija el lugar y la hora de la justa.

El conjunto epistolar de este debate merecería los honores del primer plano, así fuera sólo por lo insólito.

La carta de Garzón es, en sí misma, todo un monumento a lo estrafalario: el juez se autocritica por haber simpatizado en el pasado con Marcos –¿alguien había oído hablar de eso?– y, tal vez para compensar tamaño desliz, pone ahora de vuelta y media al subcomandante, reprochándole cosas tan singulares como usar una «ridícula pipa» (sic).

Altisonancias aparte, también el fondo del asunto es del mayor interés. En su aceptación del reto, Marcos formuló una propuesta de debate colectivo sobre los problemas de Euskadi, con participación de todas las partes implicadas. Esa propuesta mereció el inmediato respaldo de firmas de tanto prestigio como las de José Saramago y Manuel Vázquez Montalbán, y el repudio de otras también muy celebradas, como la de Fernando Savater.

Todo un filón para la polémica, ¿no?

Pues no. El asunto está pasando por completo desapercibido.

Ni siquiera Garzón responde. Tal vez se lo ha pensado mejor y se ha dado cuenta de que, de tener que debatir, tendría que responder cuando se le preguntara por qué hace todavía bien poco puso a caldo ante el Consejo de Europa la legislación antiterrorista y la política penitenciaria españolas, calificándolas de «caldo de cultivo de la tortura». Tendría que explicar qué es lo que ha cambiado desde entonces: si la realidad o su siempre hollywoodiense política de alianzas.

 

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De lo general a lo particular

 

 

 

Estaba corrigiendo el texto anterior cuando, pensativo, me he asomado a la ventana. De repente, al fondo, en la punta de una obra en construcción, me ha parecido ver que algo se movía. He cogido los prismáticos. Y sí. Se movía... de momento.

Dos trabajadores de la construcción se afanaban en la instalación de un tejado. Bajo la lluvia. A tropecientos metros de altura. Sin la menor protección.

Vallejo lo dejó escrito: «Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza. / ¿Innovar luego el tropo, la metáfora?».

 

 

 

(20 de diciembre de 2002)

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Diálogo para besugos

–Buenos días.

–Buenas tardes.

–Buenas noches.

–Que venía para exigirle que me entregue el informe sobre dónde tiene las armas de destrucción masiva.

–¡Pero si ya le he dicho que mi Ejército no cuenta con armas de destrucción masiva! No puedo entregarle un informe sobre algo que no existe.

–Pues yo tengo una resolución de la ONU que dice que usted me tiene que dar un informe sobre dónde tiene las armas de destrucción masiva. De modo que, si no me lo da, estará desobedeciendo a las Naciones Unidas.

–Yo he entregado el informe que me pidieron, pero no puse dónde tengo las armas de destrucción masiva porque no tengo armas de destrucción masiva.

–Oh, por Dios, no me venga con ésas. Usted cuenta con armas de destrucción masiva. Claro que las tiene.

–¿Y cómo lo sabe?

–Porque tenemos informes que lo dicen.

–Informes ¿de quién?

–Nuestros. Comprenderá que, siendo nuestros, nos merecen total confianza.

–¿Y no dicen sus informes dónde las fabricamos, y dónde las almacenamos?

–No. Precisamente eso es lo que le estamos exigiendo que nos revele, pero usted se niega. Lo cual es gravísimo.

–Pero, si no es que me niegue; es que...

–No me repita que no tiene armas de ésas, porque hace un momento ha reconocido que sí. Usted me ha preguntado si nuestros informes aclaran dónde están. ¡No podríamos saber dónde están si usted no las tuviera! En consecuencia, ha admitido que las tiene.

–¡Pero, no, hombre, no! ¡Lo mío era sólo una pregunta retórica!

–¿Retórica? No sé qué es eso. Pero conozco las armas clóricas. Supongo que será algo por el estilo. Bien, nos vamos acercando. ¿Dónde almacenan las armas retóricas?

–¡Por todos los santos! ¡Está loco!

–De eso nada. Estoy aquí para que me dé los informes que le hemos reclamado, y eso es totalmente razonable. Me manda la ONU, que es la institución mundial más razonable... después de la Casa Blanca, claro, y del Pentágono, y de la CIA, y del FBI, y de la OTAN, y de los rangers de Texas, y de la Guardia Nacional, y de la CNN y del Billboard. Y de la Academia de Hollywood. Y de Disneyworld. Bueno, ya me entiende. Es muy importante, en todo caso.

–Pero, ¿cómo pueden saber todos ustedes tan a ciencia cierta que nosotros tenemos esas armas si los inspectores de la ONU lo han inspeccionado todo y no han encontrado nada? ¿Cómo pueden estar tan seguros de que existen si nadie las ha visto nunca?

–Perdone: verlas, sí que las vimos. Se las entregamos nosotros mismos cuando su guerra contra Irán.

–Pero eso fue hace la tira... Y esas armas estarían caducadas... (Y, tras una pausa: ) ¡Por cierto: ¿me está admitiendo que usted sí que tiene armas de destrucción masiva, y que se dedica a entregarlas a Estados en conflicto?!

–No estamos aquí para hablar de mí, sino de usted. Y usted está empleando todo tipo de tácticas de distracción. De hecho, hace ya un buen rato que estoy bastante distraído. Utiliza usted técnicas envolventes heredadas de los viejos regímenes comunistas. ¡No permitiré que me lave el cerebro!

–¿Quiere mantenerlo sucio?

–¿Eh? ¿De qué habla? Yo no tengo el cerebro sucio. Ni lavado. Lo tengo... En fin, es igual. Dejemos eso. Dejémoslo todo. Me voy a informar de que no me informa, y quede con Dios.

–Será con Alá.

–Bueno, pues quédese usted con Alá, y yo me voy con Dios.

–Pues que les vaya bien a los dos.

–¡Blasfemo!

–¡Capullo!

–¡Buenos días!

–¡Buenas tardes!

–¡Buenas noches!

 

(19 de diciembre de 2002)

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Collado Villalba: una reflexión

Me toca las narices tener que empezar este género de reflexiones dejando constancia de mi oposición a las acciones sangrientas de ETA. Y me toca las narices porque es verdaderamente irritante –muy irritante, de verdad– que quienes criticamos la política vasca del tandem PP-PSOE nos veamos puestos automáticamente a la defensiva para evitar que se nos clasifique como sospechosos de algún tipo de connivencia con los del coche bomba y el tiro a la barriga. Yo no puedo hablar sino en mi propio nombre pero, en mi representación, digo que mis divergencias con los del Pacto son, precisamente, porque creo que la vía elegida por ellos no conduce al más pronto fin de la violencia asesina.

Así que no me defenderé de esas gilipolleces, por mucho que me las repitan. Que quien tenga algo de lo que acusarme me lo espete en la plaza pública –sin jesuitismos, directamente– y responderé. Y entonces hablaremos de todo. De la falsedad de las complicidades que me achacan y de la verdad probada de las suyas, cómplices de una realidad abyecta, a todas les escalas y en todos los ámbitos.

Entretanto, hablemos de lo sucedido.

De lo sucedido ayer en Collado Villalba se deduce que ETA quiere atentar en Madrid. No sabemos contra quién. No sabemos si con sangre. Llevan un cierto tiempo amagando, al ralentí. ¿Querían repetir en la capital algo como lo de Santander, para demostrar que tienen capacidad para armar una escabechina cuando quieran? En todo caso, está claro que pueden. Convendría que nuestros astutísimos políticos y comunicadores dejaran de insistir en ideas del género «Si no hacen más es porque no pueden» o «Están en una fase agónica». ¿Quieren provocarlos, acaso? ETA no tiene la misma capacidad que en los 80; ya lo sabemos. Pero con la que tiene y va a seguir teniendo en los próximos tiempos puede amargarnos la vida más que de sobra.

Me baso en las informaciones que manejan los propios expertos policiales. Dicen que ETA tiene dinero y armamento suficiente, y afirman que cuenta con una base de varias decenas de militantes activos, reforzable a partir de una cantera de varios cientos de jóvenes. Y admiten la práctica imposibilidad de acabar con esos mínimos en un plazo razonable de tiempo, dada la demostrada capacidad regenerativa de la organización terrorista.

Hay que imaginar el futuro, en consecuencia, a partir de esa realidad. Y contar con ella a la hora de pensar cómo corregirla.

El Gobierno sabe que con su política vamos a seguir igual. ¿Será entonces que quiere que sigamos igual, de Collado Villalba en Collado Villalba, y tiran porque les toca?

 

(18 de diciembre de 2002)

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El emperador quiere vasallos

Cuentan hoy los periódicos que el Pentágono planea embarcarse en una ofensiva psicológica en los países aliados para contener lo que entiende como «una creciente ola de antiamericanismo». Dicen que el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, está preocupado por la falta de un plan civil para influir en la opinión pública mundial y quiere lanzar una guerra propagandística por su cuenta.

Según un documento interno revelado ayer por The New York Times, el Pentágono se está planteando lanzar una batería de «operaciones de información», tales como pagar a periodistas extranjeros para publicar opiniones favorables a EEUU o como contratar empresas de relaciones públicas «para influir en los líderes políticos de los países neutrales y amigos».

Admito que la noticia me ha dejado bastante perplejo. En primer lugar, porque revela que la Administración norteamericana sigue teniendo muy graves problemas de coordinación. Eso que se está planteando el Pentágono lo viene haciendo la CIA desde hace muchas décadas. De hecho, el director de la Central tiene asignada una importante partida presupuestaria de la que no está obligado a rendir cuentas a nadie y que, según han reconocido numerosos ex agentes del espionaje norteamericano, se utiliza como fondo de reptiles para conseguir que influyentes periodistas –y políticos, y hasta artistas– giren en la órbita de los intereses de Washington.

De ese modo, el Pentágono y la CIA corren el riesgo de hacerse la competencia tontamente.

Pero el plan de Rumsfeld presenta otro aspecto igualmente chocante. Es curiosísimo que haya autoridades norteamericanas que consideren que en los países que considera «amigos» existe «una creciente ola de antiamericanismo» que pudiera estar alentada por la clase política y los medios de comunicación. Nada más alejado de la realidad. En esos países –ellos suelen citar el ejemplo de Alemania–, los líderes de opinión están netamente alineados con las posiciones internacionales de Washington. No en todas y cada una de las cosas, no necesariamente siempre al 100%, pero sí en lo esencial y con una rotundidad que no deja lugar a dudas. Ni hace falta pagarles específicamente para que se muestren entusiastas ni, sobre todo, podrían ponerse más fervorosos sin provocar una reacción de desagrado y desconfianza en las respectivas opiniones públicas.

La preocupación de Rumsfeld da cuenta de un problema grave, que puede ir a peor: Washington no quiere aliados; quiere lacayos. Quien osa ponerle un leve pero, hacerle una ligera observación o sugerirle un matiz se convierte en sospechoso.

¿Se atreverá a decirle alguien a Rumsfeld que su plan de compraventa de políticos y periodistas en países extranjeros no sólo es absurdo e inútil sino, aparte de todo, también ilegal?

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No quisiera presentarlo como prueba de nada. Sólo como botón de muestra.

Ayer, acto en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense de Madrid. Presentación de la página de contrainformación www.rebelion.org. Hace de anfitrión el Laboratorio de Medios, plataforma crítica creada recientemente por algunos estudiantes de la Facultad. Hablamos Pascual Serrano, impulsor de Rebelión y periodista; Simón Royo y Carlos Fernández Liria, profesores de la propia Universidad y responsables de la sección «Mentiras y medios» de rebelion.org; Vicente Romano, veterano profesor de Teoría de la Comunicación y apasionante escritor, autor de La formación de la mentalidad sumisa, y yo mismo.

La manipulación de los medios al servicio de tales o cuales poderes, en concreto, y del Poder, en general; la maquinaria de forja y difusión de la mentira; el papel de la contrainformación y el periodismo crítico; el porvenir de los medios... Un temario del mayor interés, unos ponentes –hágaseme excepción, si se quiere– expertos en la materia, el foro más adecuado –la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid cuenta con unos 15.000 alumnos–, un día y una hora excelentes, el acto muy bien anunciado, con carteles y pancartas... Pues bien: unos 60 asistentes, más o menos, de los cuales, según me dijeron, dos tercios venidos de otras facultades.

Alguien habló durante el coloquio de «los periodistas bien instalados que impiden el acceso a la profesión de gente nueva». Miré el patio de butacas y sonreí beatíficamente.

 

(17 de diciembre de 2002)

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El perrillo faldero

No hacía falta ningún sondeo para saber que, antes de hundirse, el Prestige disparó un torpedo a la línea de flotación del PP y le dio de lleno. En todo caso, y por si alguien lo necesitaba, el sondeo ya está ahí, publicado por El Mundo, y demuestra que, en efecto, la nave de Aznar tiene una vía de agua espectacular. Bastaría ahora con que alguien la obligara a navegar mar adentro para que las procelosas aguas oceánicas la partieran y la mandaran a pique.

A eso debería dedicarse Rodríguez Zapatero. Pero ese chico está tan encantado con su papel de oposición responsable que es incapaz de aprovechar las oportunidades que la vida y la incompetencia de sus rivales le ponen por delante. ¡Ni siquiera ha sido capaz de presentar una moción de censura contra el jefe del Desgobierno! Sería una ocasión fantástica para ofrecer a la opinión pública un inventario completo de los dislates, chapuzas e incongruencias de las gentes del PP. Pero él, nada: «No es momento de censuras», dice el grandísimo botarate, dejando que sean sus compañeros gallegos los que presenten la moción de censura contra un Fraga que en esto ha pecado –y mucho– por omisión, pero ni el diez por ciento de lo que lo han hecho por acción sus discípulos con sede en Madrid.

El PSOE tiene un inconmensurable problema de liderazgo. A este chico la tarea le viene grande por los cuatro costados.

Hablan de su tasa de aceptación. Paparruchas. Agrada a la clase media bienpensante porque es el género de menda que todo papá y mamá de orden quisiera para yerno: mono, aseadito, educadín, sonrisitas. Les cae bien porque tiene pinta de no haber roto un plato en su vida. Pero es obvio que el pobre se olvidó la adrenalina en el pueblo. Carece de nervio. Lo quieren de yerno, pero no de presidente.

El PSOE lo puso ahí para que se quemara en la travesía del desierto. Los cerebros de Ferraz decidieron que no tenían la menor posibilidad de ganar en las próximas elecciones generales y colocaron a este figurín replicante para que fuera él quien se diera la galleta y no quemara a quien habría de ser el verdadero aspirante a inquilino de La Moncloa en la siguiente contienda, mano a mano con el sucesor de Aznar.

El cálculo les ha salido un churro. Porque es difícil que el futuro les depare una coyuntura tan favorable, tan aprovechable... y tan desaprovechada.

Aznar será lo que sea (¡tantas cosas!) pero, por lo menos, cuando estaba al frente de la oposición se las arreglaba para morder y no soltar la presa. Este Rodríguez Zapatero sólo se da mañas de perrillo faldero.

 

(16 de diciembre de 2002)

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