Diario de un
resentido social
Semana del 4 al 10 de noviembre de 2002
Hoy toca hablar de
asuntos personales
Más que nada para teneros al tanto de mis pasos.
La novedad principal que va a experimentar mi errática existencia en el futuro inmediato será mi abandono del puesto de trabajo que tan amablemente me proporcionaron el pasado marzo en el grupo editorial Akal.
Va a ocurrir con esto tal cual sucedió hace dos años cuando me fui de El Mundo: que apenas tendrá consecuencias prácticas que se trasluzcan al exterior. Entonces, lo único que el público veía de mi labor como subdirector del periódico eran mis dos columnas semanales, que es lo mismo que siguió viendo a partir de entonces. Ahora, lo único que se sabía de mi presencia en el grupo editorial de Akal es que estaba encargado de la dirección de Foca Ediciones. Y eso va a seguir siendo cierto. Voy a encargarme de seleccionar los títulos para Foca y supervisaré su edición. Sólo que desde fuera.
Ése es el único parecido entre ambas situaciones.
De El Mundo me fui porque me parecía absurdo ejercer de jefe de Opinión de un periódico cuya línea editorial me disgustaba profundamente. Era una situación esquizofrénica, insostenible.
Dejo la plantilla de Akal Ediciones, en cambio, sin la menor discrepancia ideológica, puesto que he tenido plena libertad para trabajar a mis anchas (y, de hecho, voy a seguir haciéndolo, aunque no esté en nómina).
En este caso, el abandono se debe a que, con el paso de los meses, me he dado cuenta de que mis muy numerosas y muy variadas ocupaciones extra-laborales me impiden cuidar la edición material de los libros con el mimo que se requiere. Es un trabajo al que hay que dedicarse a tiempo completo, y a mí eso no me es posible. Hay días, incluso, en que no puedo dedicarle ni una sola hora, porque salgo de viaje, a conferenciar por esos mundos del diablo, y me descuelgo casi por entero de las tareas editoriales.
En esas condiciones, por elemental autoexigencia –si es que no por honradez–, tenía que tomar una decisión: o bajar drásticamente el listón de mi faceta pública para dedicar el tiempo necesario a mi trabajo de editor, o renunciar a ser editor a jornada entera y proponer a Akal Ediciones el nuevo estatus al que antes me he referido, pasando a dirigir –a supervisar– Foca Ediciones desde fuera. Mi propuesta ha sido aceptada, cosa que agradezco.
De modo que el 1 de diciembre volveré al caos de la autonomía laboral, dependiendo económicamente del albur de las colaboraciones. On the road again, que decía el otro.
Gracias a lo cual, podré abarcar mis demás tareas y obligaciones sin agobios, e incluso tendré la posibilidad de aceptar invitaciones a charlas que he venido rechazando en los últimos meses por imposibilidad material de hacerles un hueco en la agenda.
Y a lo peor hasta me decido a materializar un nuevo libro que me anda rondando por la sesera desde hace días.
En fin: que soy culo de mal asiento. Qué voy a hacerle.
(10 de noviembre de 2002)
Para volver a la página principal, pincha aquí
El modelo
norteamericano
El
artículo que viene a continuación aparece hoy publicado en El Mundo. Como se verá,
repito en él un par de argumentos ya esgrimidos en un apunte anterior de este Diario.
Lo reproduzco, no obstante, para que tengan constancia de él aquellas lectoras
y lectores de esta web que no tienen acceso a la edición electrónica del
periódico.
Los
horrores de la realidad norteamericana tienen por lo común una doble dimensión:
la que acarrea su propia existencia ultramarina y la que aportan en tanto que
prefiguración de los horrores europeos por venir. Es un fenómeno curioso (y
tirando a deprimente): tal se diría que, en lugar de valernos de escarmiento,
los desastres de aquel país nos sirvieran como ejemplo.
Hace apenas unos años, la opinión pública europea se escandalizaba con
la tosquedad del bipartidismo existente por allí: dos maquinarias políticas
carentes de principios, hechas tal para cual, con diferencias apenas apreciables,
cuyos candidatos son elegidos sin la menor consideración programática, en
función de sus habilidades publicitarias... Ahora, casi toda Europa está ya en
las mismas. Muy particularmente España, donde se ha llegado al punto de valorar
al máximo, por ejemplo, que un político que había dicho que no iba a participar
en un debate acabe haciéndolo, aunque luego demuestre que en realidad no tenía
nada nuevo que decir.
Acabamos de ver ahora otro ejemplo grandioso de la democracia
norteamericana: unas elecciones en las que el 63% del electorado ni siquiera se
ha presentado a votar. ¡Y los medios de comunicación hablan de «respaldo
masivo» a Bush, cuando sus partidarios sólo han logrado el 19% de los votos
posibles!
En una democracia verdaderamente responsable, una participación como la
que han registrado las legislativas norteamericanas debería ser causa
automática de nulidad de las elecciones. Por abrumadora falta de quórum. Hay
países en los que se desdeña el resultado de los referendos en los que
participa menos del 50% del cuerpo electoral. Nada más razonable: si la mayoría
no se molesta en opinar, es que la consulta está mal formulada, o no tiene
suficiente interés. ¿Alguien cree que al 63% de los norteamericanos -de los
norteamericanos censados, que ésa es otra- no le preocupa ni su propio destino
ni el de los suyos? ¿No será más bien que descarta la posibilidad de que
votando al uno o al otro vaya a conseguir que nada cambie?
Veo pelar las barbas del vecino y pongo a remojo las mías: pronto
tendremos por aquí abstenciones de ese tenor, con dos de cada tres electores
haciendo pedorretas a las urnas, negándose a hacer cola para que le tomen el
pelo. Los dos grandes partidos de la alternancia van trabajando mano a mano
para convertir el pluralismo político en un fenómeno local, o periférico.
Vamos, una vez más, en pos del modelo norteamericano.
Pero no porque nuestros dirigentes se estén equivocando, sino porque es
eso justamente lo que quieren: ¡qué mejor que hacer lo que te viene en gana con
el Poder y que a eso todo el mundo lo llame democracia!
(El Mundo, 9 de noviembre de 2002)
Para volver a la página principal, pincha aquí
El grabador pirata
En una calle céntrica de una
ciudad importante que prefiero no identificar, en el fondo de una galería
comercial cuyo nombre no citaré tampoco, hay una pequeña tienda de discos
regentada por un caballero de edad provecta –ligeramente superior a la mía– que
es un auténtico enamorado de la música.
El caballero en cuestión tiene a
la venta un muestrario de discos seleccionados con el criterio más riguroso. Ni
un solo gramo de basura. Se entre en sus estantes por el capítulo que sea
(rock, folk, blues, country, jazz, música irlandesa, francesa, centroeuropea,
oriental, africana... o vasca, o catalana, o castellana, o andaluza), se
encuentra lo mejor de lo mejor. Y cuando no se encuentra, ahí está él, con la
impresionante base de datos de su ordenador, para darte cuenta de lo que
buscas: si está agotado, descatalogado, disponible en tres días, en diez...
Hablar de música con él da
verdadero gusto. Gracias a su caudal de conocimientos he accedido a algunas de
mis voces favoritas: Dolores Keane, Mary Black, Kate Wolf... Por mi parte, he
tenido en un par de ocasiones el placer de descubrirle alguna: la de Dar
Williams, que recuerde ahora.
Algunas semanas atrás pasé por
su tienda. Hacía algunos años que no nos veíamos, y tardó unos minutos en
reconocerme. Yo tampoco le ayudé, a decir verdad.
Como siempre, le compré un
cargamento de discos. Me hizo una rebaja de amigo.
Llevábamos un rato charlando,
particularmente del sorprendente éxito póstumo que está teniendo Eva Cassidy,
cuando, de pronto, se paró en seco y me dijo:
–Tengo una cosa para ti.
Se fue detrás del mostrador,
hurgó en un cajón y sacó un disco de inconfundible aspecto pirata.
–Es una selección de canciones
que he hecho yo. Bueno, no: que hizo Ava Gardner –me dijo.
Quería intrigarme. Y lo
consiguió.
–¿Ava Gardner?
Me contó la historia.
Hace muchos, muchos años, Ava
Gardner pasó por esa ciudad importante –que prefiero no identificar– por
razones de ignotos trabajos, y fue a comer, casi por casualidad, al restaurante
de un amigo suyo. El restaurador decidió echar la persiana para atender a la
bellísima actriz en exclusiva. Y avisó a nuestro enamorado de la música. Él
acudió a los postres y tuvo la fortuna de participar en la sobremesa.
–Hubo un momento en que le
pregunté por sus relaciones con la música... Y me dijo que, curiosamente,
cuando más la necesitaba era cuando se encerraba en su apartamento de Sunset
Boulevard para estudiar un guión. Se recluía allí, dejaba de lado el alcohol
... en fin, ya sabes..., y repetía y repetía su papel hasta aprendérselo. En
esas ocasiones, ponía de fondo algunas canciones muy especiales para ella, que
la ayudaban a concentrarse. Le pregunté qué canciones eran. Y me dio una lista
de memoria, que incluía no sólo el título de la canción, sino también el
intérprete. Yo apunté lo que pude de aquella lista. Y este cedé que he
fabricado incluye las canciones que ella me dijo.
El disco, del que me regaló una
copia, es de una belleza pasmosa. Más que la de la propia Ava Gardner. Louis Amstrong, Rosemary Clooney,
Ella Fitzgerald, Nat King Cole, Carmen McRae, Chet Baker, Billie Holiday,
Frank Sinatra…
Ya ni sé cuántas veces lo habré
escuchado.
Por supuesto, es un disco
pirata. Un disco imposible.
La próxima vez que oiga a
alguien de la SGAE echarse un mitin sobre cómo los discos piratas son
intrínsecamente perversos y matan la música, tendré que decidir si me voy hasta
la fachada de su histórico local a echar un pis reparador o si me meo de la
risa directamente, sin desplazarme.
(8 de noviembre de 2002)
Para volver a la página principal, pincha aquí
Malos tiempos
Tenía yo por aquí preparadas unas notas para hablar cualquier día de éstos sobre la visita de Steven Spielberg a Cuba.
Conforme a lo preceptuado legalmente, el cineasta comunicó a las autoridades norteamericanas su deseo de realizar el viaje. La Administración Bush, temerosa de verse mezclada en un incidente de indeseables consecuencias publicitarias, le concedió el correspondiente permiso, alegando que se lo daba porque se trata de «un intercambio cultural no comercial» (una pura excusa, porque Spielberg no ha ocultado que una de las razones de su visita es estudiar la posibilidad de localizar en Cuba alguna de sus próximas películas).
Spielberg, que ha viajado a la isla en compañía de su mujer, la actriz Kate Capshaw, ha hecho declaraciones en las que se distancia netamente de la política oficial estadounidense de bloqueo económico. Algo semejante hicieron antes que él otros cineastas de Hollywood, como Robert Redford, Kevin Costner, Jack Lemmon y Jack Nicholson.
Digo que pensaba hablar del viaje de Spielberg ligándolo con las posiciones radicalmente hostiles a Bush manifestadas públicamente en los últimos tiempos por Jessica Lange y Susan Sarandon para ilustrar que, si en los EEUU hay una opinión pública muy reaccionaria y beligerante, también existen y tienen predicamento posiciones pacifistas, favorables a la solidaridad internacional.
Por el aquél de darle a la vida, así sea muy de vez en cuando, un toque de optimismo.
Y en esto que me entero del resultado de las elecciones legislativas norteamericanas, que han concedido a Bush las escasas parcelas de poder que todavía escapaban de su control. Que le dejan manos libres para hacer cuanto se le ponga.
«El electorado sigue bajo los efectos de los acontecimientos del 11–S», dicen los comentaristas.
Respondo. Primero, que de «el electorado» –así, en general–, nada. El 63% de los electores se han abstenido. Si la democracia en América –dicho sea por recordar el clásico de Tocqueville– fuera mínimamente seria, esas elecciones deberían ser anuladas por falta de quórum. Y segundo: que, si los votantes hubieran tenido en cuenta realmente lo sucedido el 11–S, huirían de Bush como de la peste. Apoyarle es el mejor modo de favorecer que algo como aquello pueda repetirse.
(7 de noviembre de 2002)
Para volver a la página principal, pincha aquí
Fachas contra
Alaska
Algunas cadenas de tiendas de discos han vetado la obra de Olvido Alaska, a la que acusan de haber salido en defensa de la piratería. En realidad, lo que la veterana artista había hecho es criticar «el discurso policial de la SGAE» y decir que 9 euros sería «un precio razonable» para un cedé. También llamó la atención sobre el hecho de que el artista no cobra sino 50 céntimos de los 21 euros que cuesta cada disco.
Son tres asuntos conexos, pero diferentes.
Primero, el de los precios de los cedés. Es por lo común muy abusivo, sin duda. No lo es cuando la tirada del disco es muy corta, como ocurre con ciertas obras y colecciones minoritarias, pero sí cuando se trata de discos de gran tirada. En éstos, el margen de beneficio de las compañías es escandaloso.
Segundo asunto: el del porcentaje que se llevan los artistas. Alaska habla de 50 céntimos sobre 21 euros. Ignoro si ese porcentaje se refiere sólo a los intérpretes o si incluye a los autores de las canciones. En todo caso, es una porquería. En el mundo editorial, a los autores se les atribuye por contrato en torno a un 10% sobre el precio de venta de su libro.*
Y tercer asunto: la SGAE. Todas las informaciones que me han llegado sobre los manejos de la gente que dirige ese tinglado hablan de escándalo. Dicen que han puesto en marcha una máquina de recaudar dinero: que persiguen sañudamente toda reproducción pública de música para cobrar por ello, pero que distan de perseguir con el mismo celo a los autores para pagarles lo que han cobrado. Los más célebres y mimados de la industria discográfica no tienen mayor problema a la hora de llevarse lo suyo, pero los artistas y compositores de menos campanillas –por no hablar de los de lejanas tierras– se las ven y se las desean para cobrar, o no cobran en absoluto. Gracias a ello, supuestos músicos que ni se acuerdan ya de cuándo vendieron su último disco, como Tedy Bautista o Ramoncín, viven montados en el dólar.
De modo que, hablando en términos generales, Alaska tiene más razón que una santa. Pero es que, aunque no la tuviera, la reacción de las cadenas de tiendas de discos, boicoteando su obra, sería igual de intolerable. Los vendedores de discos, como los libreros, como los kiosqueros, son meros intermediarios entre quien ejerce la libertad de expresión (o de creación artística, en este caso) y quien posee el derecho inalienable a recibirla. Lo que han hecho no es más que una cacicada fascista.
–––––––––––
* Otra cosa es que los
autores no tengan modo de saber si las cifras de venta que les proporcionan las
editoriales son reales o falsas. Eso se resolvería fácilmente si la Sociedad
General de Autores, del mismo modo que se presenta en el último garito de
España para comprobar qué música pone, inspeccionara mensualmente las librerías
y demás puntos de venta para controlar qué y cuántos libros venden. Así de
sencillo. Pero la SGAE descubrió hace tiempo que lo que realmente le da dinero
es la música. Y a los escritores, que les den viento.
(6 de noviembre de 2002)
Para volver a la página principal, pincha aquí
Escuchad la voz de
Paco Vázquez
Me manda un lector una noticia aparecida en el diario La Opinión. El titular dice: «Vázquez: "Hoy puede que sea más delito decir ‘La Coruña’ que ‘Gora ETA’".
Y el texto es el siguiente:
«Puede que hoy sea más delito decir "La Coruña", aunque uno esté hablando en español, que gritar "Gora ETA" en un acto público", dijo ayer Francisco Vázquez, para ridiculizar los extremismos de los partidos nacionalistas que pretenden "romper la fórmula de España con pretensiones históricas inexistentes utilizando todos los recursos que les permite la democracia y, en ocasiones, el terrorismo". El alcalde de A Coruña hizo estas afirmaciones en Gijón donde pronunció la conferencia titulada: "España: un proyecto compartido".
»El político socialista repasó la historia de España desde antes de la unión de las Coronas de Castilla y Aragón, al actual sistema educativo en las comunidades denominadas históricas, donde según denunció: "Los vascos no conocen al bilbaíno Miguel de Unamuno; en Cataluña, no estudian a Josep Plá, y los gallegos no reconocen a escritores como Pardo Bazán o Valle Inclán porque no reivindicaron sus lenguas regionales”.
»Vázquez recordó que los cachorros de ETA "son jóvenes nacidos en esta democracia y educados en aulas, en las que no les hablaron de las libertades y de las bondades del sistema democrático. Son jóvenes que desconocen la lengua, la literatura y la geografía de España, que desconocen que en los siglos XIII y XIV los señoríos de Vizcaya y Guipúzcoa ya formaban parte de la Corona de Castilla, mucho antes que otros territorios que se fueron incorporando a España".
»Los pasajes de Don Quijote, y toda la literatura del Siglo de Oro español sirvieron a Vázquez para hilvanar una conferencia en la que denunció: "Hoy se puede declarar con orgullo el activismo vasco, gallego o catalán, pero cualquier referencia al sentimiento español es anatematizado como nostalgia del franquismo y, desde luego, nada más lejos".
»"Los símbolos regionales se han convertido en la única iconografía aceptable. Y es vergonzoso escuchar a los políticos hablar de "Galicia y España" o "Cataluña y España", equiparándolas en la misma categoría.»
Recuerdo que Paco Vázquez cuenta con amplio respaldo electoral en A Coruña, donde presume de ser votado “tanto por la derecha como por la izquierda”.
Ayer recogí en La noticia del día el dato ofrecido por un trabajo de la Fundación Gutiérrez Mellado que señala que un tercio de los futuros mandos del Ejército español todavía rechaza la existencia de autonomías en España. Esos son los mandos. Pero a veces conviene escarbar también en las cabezas de la gente más popular –socialistas incluidos– para hacerse cargo de la clase de tropa que tenemos.
(5 de noviembre de 2002)
Para volver a la página principal, pincha aquí
Inmigración y
delincuencia
He pasado los últimos días leyendo una buena cantidad de artículos y trabajos sobre los problemas relacionados con la inmigración, tomando notas para preparar una intervención pública que me toca hacer esta tarde en la Escuela de Formación Municipal de Camargo, en Cantabria. Quiero decir que, cuando me he topado esta mañana con el sondeo del Instituto Opina para El País sobre inmigración y delincuencia, el asunto me ha pillado preparado, y hasta particularmente sensible.
El leit motiv de la perorata que he estado redactando durante estos días –nunca improviso– es el tratamiento que dan los medios de comunicación a los problemas de la inmigración y la extranjería. El País nos ofrece hoy un ejemplo perfecto de ello, encargando un sondeo que asocia, ya de antemano, inmigración y delincuencia. Es indiferente a estos efectos que, a la hora de la letra pequeña, el sondeo subraye que la mayoría de los consultados es consciente de que son las condiciones socio–laborales en que vive la población inmigrante las que explican su mayor relación sectorial con la pequeña delincuencia. El mal ya está hecho.
Cada vez son más numerosas las referencias a la nacionalidad en las noticias de sucesos. Antes, en mis tiempos, los libros de estilo señalaban que la raza o el origen nacional de los implicados en un hecho delictivo sólo deben mencionarse cuando el dato es clave para la comprensión de lo ocurrido. Ahora la norma es la opuesta: se subraya esa circunstancia venga o no a cuento, e incluso se lleva al titular de la noticia. «Detenido un marroquí...», «Tres asiáticos...». Jamás veréis que ponga: «Uno de Cuenca roba una joyería» o «Detenido un bilbilitano por violación».
Si los medios de comunicación se empeñan en asociar sistemáticamente extranjería y delincuencia, qué duda cabe que la mayoría de la población acabará haciéndolo también. Y luego se echarán las manos a la cabeza viendo los progresos de la xenofobia, o del lepenismo.
(4 de noviembre de 2002)
Para consultar los apuntes del largo
puente pasado, pincha aquí
Para volver a la página principal, pincha aquí