Diario de un
resentido social
Semana del 28 de octubre al 3 de
noviembre de 2002
Los afeites del
PSOE
Hacía burla apenas hace unas semanas de Alberto Ruiz Gallardón porque había reprochado al PSOE de Madrid su disposición a gobernar con una organización que «está aliada con partidos que hablan con los cómplices del terrorismo», en retorcida referencia a IU, que tiene una alianza de Gobierno en Euskadi con el PNV. Y comentaba que, de hacerse aceptable la aplicación de esa especie de teoría del dominó de las descalificaciones, su propio partido, el PP, tampoco saldría bien librado, porque mantiene un pacto de legislatura en Cataluña con CiU, coalición que integra a UDC, partido que está aliado con el PNV en muy diversos foros, incluido el llamado Pacto de Barcelona.
Yo me tomé a chunga el reproche de Gallardón, pero el PSOE no. Hoy publica El Mundo que la dirección zapaterista va a pedir a IU que fuerce la salida de Madrazo del Gobierno vasco porque –preparáos para la argumentación– piensa que puede necesitar a la coalición de Llamazares para conseguir mayoría en algunos ayuntamientos tras las próximas elecciones municipales y cree que, si Ezker Batua sigue en el Ejecutivo de Ibarretxe, IU puede perder muchos votos fuera de Euskadi, lo que le llevaría a tener menos concejales de los que el PSOE pudiera aprovecharse. ¡Toma ya!
Lo del PSOE se ha convertido en un ejercicio permanente de amoldamiento a los perfiles más reaccionarios y ranciamente españolistas de la población carpetovetónica. En vez de hacer campaña para que se deje de reprochar a IU una alianza que ellos mismos mantuvieron hasta anteayer, como quien dice, y para que el macarthismo no acabe por instalarse definitivamente en la sociedad española, acepta el juego perverso de la descalificación del que habla con el que habla con el que habla con el que no condena el terrorismo.
He hablado de los afeites del PSOE. No me refiero sólo a las muchas capas de maquillaje que se pone en la cara en un intento patético de parecer guapo a la mayoría natural. También aludo a sus afeites en el sentido taurino del término: a fuerza de mocharse él mismo las astas, acabará sirviendo tan sólo para espectáculos del género del bombero-torero.
(3 de noviembre de 2002)
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Pues claro que no
hay alternativa
Echo una ojeada a las medidas para la regeneración de la democracia que propone Rodríguez Zapatero. Se parecen como una gota de agua a otra a las que proponía Aznar en el 95. Incluyendo ésa, tan risible, de que los medios de comunicación de titularidad pública no sirvan de instrumento propagandístico del Gobierno. Me encantaría escuchar cómo la explica Rubalcaba, él que lograba que el telediario se abriera con mítines de justificación de los GAL, con el recluso Sancristóbal como guest star.
El PSOE dicen ahora lo que es inevitable que diga el partido que está en la oposición, de todo lo cual se olvidará en cuanto llegue al Gobierno. Después de 25 años de contemplar el jueguecito, nadie puede acusarnos de ser desconfiados: tan sólo expertos.
A Rodríguez Zapatero le molesta mucho que Aznar diga que él no representa ninguna alternativa. Sin embargo, Aznar tiene razón. Como la tenía Felipe González cuando decía que Aznar no representaba ninguna alternativa. Por supuesto que hay algunas diferencias políticas entre él y Aznar, pero no sólo son de importancia menor, sino también fácilmente borrables en caso de que alteren sus papeles. Zapatero no defiende ninguna política cualitativamente diferente en ningún terreno esencial: ni en el económico, ni en el de la política exterior, ni en el de las libertades, ni en el de la política autonómica, ni en el del conflicto vasco... Y las diferencias que trata de establecer las enuncia de un modo que sólo pueden suscitar sospechas: «Vamos a hacer una política con todos para derrotar a la derecha». Pero, señor mío: si es con todos, tendrá que incluir a la derecha. ¿Espera usted contar con la derecha para combatir a la derecha? ¿O es más bien que nos toma por gilipollas?
Escuché lo que dijo el domingo pasado en la plaza de toros de Las Ventas: aseguró que ha aprendido la lección y que, si vuelven a La Moncloa, ningún socialista se dejará tentar por la corrupción. Pero, ¿dónde está escrita esa lección? ¿Dónde la relación de los nombres y apellidos de los que sí se dejaron tentar por la corrupción en tiempos de González? ¿Dónde la lista de las sanciones que el PSOE les impuso por corruptos? ¿Qué lección es ésa? ¿La que les dimos nosotros y que ellos tildaron de pura demagogia, acusación que no han retirado hasta ahora?
Insisto: Zapatero no es de fiar ni siquiera en los asuntos menores en los que se presenta como políticamente diferente. No demuestra tomárselos lo suficientemente en serio.
(2 de noviembre de 2002)
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La educación de
los gatos
Eso fue ya hace muchos años –tal vez seis– en mi casa de Aigües, en la montaña alicantina, en una mañana luminosa de verano. Oí al dueño de la finca de enfrente que me llamaba a voces desde el portón. Bajé a ver qué quería.
–¿Es tuyo un gatito blanco que merodea por el camino? –me preguntó.
Le respondí que no. Supuse que sería otro gato de monte más, de los que suele haber por aquí. La gente del lugar los tolera porque mantienen los alrededores libres de ratones.
–No, hombre, no –me dijo–. Si tiene collar antiparasitario y todo...
Al cabo de un momento apareció. Me hizo gracia: no tendría más de dos meses. Lo llamé y se vino conmigo de inmediato.
Deduje que lo habían abandonado. Es frecuente encontrarse en esta zona de la montaña con animales abandonados. Sobre todo perros, pero también algunos gatos.
Así que lo adopté. Le puse en el porche un cestito con un cojín y sus correspondientes cuencos para la comida y la bebida.
Cuando llegó a mi casa, Misi –originalísimo nombre con el que lo bauticé– era un gato totalmente doméstico. Pero pronto fue alternando sus costumbres. Emprendía excursiones con los gatos de monte de la zona, reñía con ellos, a veces se traía alguno de visita... Se fue transformado en un gato de doble personalidad: cuando yo estaba en Aigües, se comportaba sobre todo como un gato doméstico, mimoso y remolón; cuando me iba para Madrid, se buscaba la vida como podía. Pero en cuanto oía el ruido del motor de mi coche, fuera de día o de noche, ya lo tenía de regreso, haciéndome zalamerías para que lo acariciara.
Un mal día, llegué de Madrid y no apareció. Lo llamé, sin resultado. Esperé un día y otro más, y nada. Al final bajé a hablar con el vecino.
–Hace días que no lo veo... Lo que sí puedo decirte es que el de la finca de allá arriba estaba con él que fumaba en pipa, porque se le metió en el palomar y le mató media docena de palomas... Vete a saber.
Nunca lo volví a ver. Supuse que le habrían puesto comida envenenada. Hay gente así.
Desde entonces no había vuelto a tener gatos. Quiero decir domésticos. Igual que mis vecinos, pongo comida para que se acerquen los gatos de monte y ahuyenten los ratones, pero son gatos muy desconfiados y bastante agresivos.
Con el tiempo algunos se vuelven más o menos habituales. Una gata muy bonita y menuda, casi blanca, parecida a Misi pero con algunas manchas negras y rubias, tuvo tres gatos y empezó a acostumbrarse a traerlos al jardín de casa, a comer lo que les ponía. Pero nada de dejarse acariciar. En cuanto me acercaba, salían zingando.
Pronto empezó a hacerse acompañar de otra gata, rubia, tuerta la pobre, que deduje –la verdad es que no sé por qué– que era su hermana.
Este verano, allá por julio, estaba una tarde regando los árboles cuando, al pasar el chorro de la manguera por los huecos del tronco de un algarrobo, oí unos lastimosos maulliditos. Al poco salió corriendo la gata tuerta. Pero los maullidos continuaban. Aparté las ramas y me encontré con cuatro gatitos recién nacidos, a los que había empapado sin querer.
Me los subí para casa y los sequé concienzudamente. Los dejé en el cesto del desaparecido Misi. Al poco, llegó la madre y los recuperó.
Decidí cuidarlos. Demasiado, para el gusto de la madre, que me miraba con obvia desconfianza. No así ellos –y ellas– que, a medida que iban creciendo, se fueron habituando a mi presencia, a mis caricias y a mis juegos. La verdad es que constituyeron un divertido espectáculo durante las vacaciones. Se instalaron en el garaje. Era risible verles aprender a andar, acompañarlos en sus primeras excursiones de tres metros a la redonda, asistir a sus peleas fingidas, a sus cómicos ejercicios de entrenamiento para hacerse felinos... Una de las crías, a la que curé de una conjuntivitis aguda, me daba particulares muestras de cariño, lo cual –para qué decir otra cosa– me encantaba. Entre las cuatro crías, la madre, la tía y los tres primos, la troupe de gatos se volvió importante.
Pero se acabaron las vacaciones, con lo que retorné a la rutina de vivir en Madrid y acercarme por Aigües sólo algún fin de semana; uno al mes, como mucho.
La primera vez que volví se presentaron casi todos los gatos. Pero faltaron dos de los pequeñitos. Estaba la que curé –tan mimosa como siempre– y una de sus hermanas, que se instalaron en casa y me acompañaron durante todo el fin de semana.
Ha pasado un mes. Cuando regresé anteayer, sólo estaba la hermanita, que ha pegado un estirón importante. La mía, que decía yo, no ha aparecido. Y mucho me temo que no vaya a hacerlo, porque por aquí andan su madre, su tía y sus primos, y no creo que se haya emancipado del todo tan rápidamente, y menos ella, tan apegada como era.
Misi, ahora estas pequeñajas... He estado pensando en ello. ¿Qué hace que los otros gatos sobrevivan mal que bien y ellos desaparezcan tan rápido?
Sólo encuentro una explicación: con mis cuidados, les he enseñado a confiar en los humanos. Y es probable que eso les resulte mortal. Tal vez los gatos de monte necesiten ser recelosos para sobrevivir.
Algo semejante se me ocurrió el pasado miércoles reflexionando sobre las críticas a la actual Enseñanza. Alguna gente se empeña en que los niños y las niñas reciban una enseñanza cuidadosa, respetuosa, regida por valores como la igualdad, la solidaridad, el afecto...
¿Seguro que una educación así les prepararía adecuadamente para el mundo cruel y feroz que van a encontrarse cuando crezcan?
(1 de noviembre de 2002)
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El modelo de Putin
El presidente chino afirma que la actuación de Putin en la crisis del teatro de Moscú fue «modélica». No emplea el adjetivo de manera metafórica: ha explicado que, si él llegara a encontrarse en una situación parecida, haría exactamente lo mismo, e incluso ha pedido a las autoridades rusas detalles sobre el gas utilizado para el desalojo, de cara a fabricarlo y tenerlo disponible, por si acaso.
Para cualquier persona mínimamente preocupada por los derechos humanos, el asalto a sangre y fuego ordenado por Putin es cualquier cosa menos un modelo digno de imitación, vistos sus resultados. ¿Por qué individuos como Yan Zeming lo miran con tan buenos ojos? Ellos mismos lo confiesan: porque ha demostrado que está decidido a laminar, a aplastar como a una cucaracha a todo aquel que se atreva a cuestionar la unidad territorial de su nación. En resumen: lo que les fascina es la feroz rotundidad de su nacionalismo.
Es interesante ver cómo individuos que ocupan buena parte de su tiempo en lamentar la intrínseca maldad y el atavismo de los nacionalismos, y que adornan sus peroratas al respecto con profusas referencias a la globalización y la desaparición de las fronteras, reaccionan conforme a las pautas del peor nacionalismo en cuanto alguien se refiere a los problemas de cohesión que tiene su Estado presuntamente nacional. Por lo visto, ser nacionalista checheno es retrógrado y ridículo, pero ser nacionalista ruso es admirable y estupendo. Que medio centenar de guerrilleros chechenos ocupe por las armas un teatro de Moscú es una aberración con la que hay que acabar a costa de lo que sea, pero que a nadie se le ocurra criticar que miles de militares rusos hayan convertido Chechenia en su gran teatro de operaciones.
También Aznar defiende a Putin. Dice el jefe del Gobierno español, apelando por enésima vez al reduccionismo más grosero, que la opción que tenía Putin era intervenir como lo hizo o ceder ante «unos terroristas armados» (sic) que estaban «dispuestos a morir por completo» (resic!). No es verdad. El presidente ruso podía haber mareado la perdiz mucho más y mucho mejor. El problema es que, de obrar así, algunos habrían podido interpretarlo como debilidad. Y él no estaba dispuesto a pasar por eso. Aunque la alternativa fuera pasar por encima de centenar y medio de cadáveres.
Estoy dispuesto a aceptar que los nacionalismos obnubilan las conciencias. Siempre que se empiece por reconocer que no hay peor nacionalismo que el que mira a los demás desde la cumbre del Poder. El de Bush y su «nación más poderosa que ninguna otra». El de Putin y su Rusia «que no permitirá que nadie la humille». El de Aznar y su «sagrada unidad de la Patria».
(31 de octubre de 2002)
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Prolegómenos para una
teoría del apretón de manos
Mi admirado Marat lo comenta hoy con tanta mala uva como gracia en la crítica semanal de televisión que nos manda los miércoles (ver Los huevos), pero no me resisto a decir lo mío con respecto a la escandalera que se ha montado a cuento de los atavismos culturales del presidente iraní, de visita por estas tierras.
«¡No le da la mano a la ministra de Exteriores!», braman a tot arreu.
Bueno, admito que, según como me cogiera, puede que yo tampoco se la diera. Por grima personal, mayormente.
En todo caso, reconozco que yo no contaba con una teoría al respecto. Y ya es raro, porque las tengo para casi todo.
Véome ahora obligado a cubrir esa carencia a toda velocidad, porque mi público –al que tanto debo y tanto quiero, etcétera, etcétera– me requiere, y yo no puedo defraudarlo.
Empezaré con una autocrítica: yo siempre he dado la mano a todo el mundo que me la ha tendido (con la sola excepción del presunto historiador César Vidal, al que se la di una vez y me arrepentí para siempre, porque me la dejó como un pingajo sudado.)
Es un asunto al que jamás había concedido la más mínima importancia. Me lo tomaba con plena frivolidad. Llega un menda y te pone la mano por delante. Bueno, pues como si te suelta un «Hola» y le respondes. Daba por hecho que chocar esos cinco no quiere decir nada, ni para bien ni para mal.
Así lo veía yo. Pero el otro día, hablando con cierto dirigente nacionalista vasco que tiene fama de no ser extremadamente afable, pero sí concienzudo en sus filias y sus fobias, descubrí que el asunto puede convertirse en una interesante arma arrojadiza.
–Yo, cuando me encuentro con esa gentuza del PP –me dijo el hombre, cuya identidad no revelaré, pero al que por mera comodidad llamaré Xabier–, me niego a darles la mano. ¿Qué se piensan? ¿Que pueden insultarte hoy y mañana todos tan amigos?
Y no le falta razón. Quiero decir que, si bien es cierto que dar la mano no quiere decir que el de enfrente te caiga particularmente bien, negarte a dársela es una forma de hacerle ver bien a las claras que no goza de tus simpatías.
Yo nunca he sido muy ducho en la cultura de los gestos. Se me ha dado siempre mejor la cosa de las palabras.
Por ejemplo: hace dos o tres años –algo así, no recuerdo– me topé con Javier Arenas en un programa de radio. Y le di la mano.
–Hombre, Ortiz, ¡encantado de conocerte! –me dijo.
Y yo, con esa diplomacia que Dios me dio, le respondí con una sonrisa beatífica:
–No creo.
Caramba: pues, puestos a ser borde, podía haber empezado por no estrecharle la mano, y me hubiera ahorrado el resto.
Se ve que es un asunto más complejo de lo que parece, como casi todos.
Le seguiré dando vueltas. Pero, como conclusiones provisionales: 1) Si me topo con Bush, no le doy la mano, para que se chinche y no duerma por la noche; y b) Si me encuentro con Jatamí, lo mismo: no le doy la mano. Y si me da un beso, en la mejilla. Como mucho.
(30 de octubre de 2002)
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Cuestiones de
lógica
Si Putin ordenó el asalto al teatro de Moscú porque los secuestradores chechenos habían empezado a disparar indiscriminadamente contra los espectadores cautivos, tal como se dijo, ¿cómo puede ser que sólo tres de los rehenes murieran por heridas de bala? ¿Qué pasa, que los chechenos disparaban contra el gentío... pero no daban?
Más.
Si el gas utilizado por los asaltantes neutralizaba a quien lo inhalaba, pero no era mortal de necesidad, como demuestra el hecho de que la mayoría de los rehenes quedara gravemente intoxicada, pero en vida, ¿cómo puede ser que no sobreviviera ni uno solo de los secuestradores? ¿A alguien se le ocurre alguna explicación para ese hecho que no sea que los soldados rusos fueron rematando a los chechenos uno a uno, pese a que no representaban ya ningún peligro, porque estaban neutralizados por el gas?
Más.
Según la versión oficial, los asaltantes chechenos habían puesto explosivos por todo el edificio para hacerlo saltar y ellos mismos llevaban adosadas cargas, para inmolarse llegado el caso. Del medio centenar que eran, ¿ninguno tuvo tiempo de darse cuenta de que los rusos habían iniciado el asalto y, ante la evidencia de que iban a perecer de todos modos, accionar los detonadores? ¿No habían previsto la posibilidad de que les asaltaran con gases? ¿Cómo puede ser que estuvieran tan profusamente pertrechados –eso se cuenta–y que no tuvieran ni una sola máscara anti-gas? Dicho de otro modo: ¿seguro que existían todos esos explosivos?
Más.
¿Dónde están las pruebas de que los asaltantes reclamaban que Rusia se diera por derrotada en Chechenia y de que no estaban dispuestos a negociar ninguna otra salida? ¿De verdad que se pensaban que podían ganar una guerra con un secuestro?
Más.
Existiendo tantas incongruencias en el relato oficial de lo sucedido, ¿cómo se explica que gobiernos, presidentes y monarcas que son tenidos por muy sensibles y muy defensores de los derechos humanos se dieran tanta prisa en felicitar a Putin por su actuación? ¿No les inquietó la posibilidad de estar solidarizándose con un asesino? ¿Cómo sabían, para empezar, que el gas utilizado en el asalto no está prohibido por la legislación internacional?
De que no tenían ni idea al respecto da cuenta el hecho de que George W. Bush reclamara a Putin que le revelara la composición del gas en cuestión, para saber –dijo– qué tratamiento dar al ciudadano estadounidense que se encontraba entre los intoxicados.
Una gestión que plantea otra pregunta más: ¿apelando a qué principios se explica que Bush mostrara tanto interés por curar al norteamericano intoxicado... y sólo a él, desentendiéndose del resto? ¿Qué clase de liderazgo mundial cabe atribuir a un dirigente que evidencia tan a las claras que le importa una higa la vida de los habitantes del resto del planeta?
Y más, y
más, y más.
–––––––––
Nota.– Ya sé que repito algunos de
los argumentos del apunte de ayer. Lo de hoy está pensado para su publicación
como columna en El Mundo de mañana. Me temo que hay algo así como
800.000 lectores de El Mundo que no leen este Diario.
(29 de octubre de 2002)
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Jugar sobre seguro
Me zahería el sábado pasado por la falta de tino de mi intuición: di en pensar que Putin se estrujaría el cerebro –porque lo tiene: eso es lo peor– y que encontraría el arte de resolver el secuestro de Moscú de un modo no demasiado cruento. Me equivoqué de medio a medio: tiró por la calle más oscura de todas. Ahora sabemos que no ordenó la intervención de sus tropas porque los secuestradores chechenos hubieran empezado a masacrar a los rehenes, como se dijo. De hecho, sólo tres de ellos murieron por fuego de arma.
Para acabar de completar el horror, aparece Bush reclamando a las autoridades rusas que aclaren qué tipo de gas utilizaron en el asalto... ¡para determinar qué tratamiento dar al norteamericano que se intoxicó con él! ¡Qué exhibición de impudicia! No le importa si se utilizó un gas prohibido. No le importa qué suerte corran las demás víctimas. Él sólo quiere cumplir con su deber de patriotero barato.
Fallé en mi pronóstico, por desgracia, y comenté en las páginas de este Diario que eso no es demasiado raro: tal parece que nunca acabará de sorprenderme la estupidez humana.
Pero lo cierto es que mis previsiones no fallan siempre. Haciendo ayer repaso mental de mis yerros, comprobé que mi margen de error se concentra de manera casi absoluta en los augurios favorables. En cambio, casi todos mis barruntos pesimistas han resultado confirmados por los hechos.
Uno de ellos, que muchos de mis próximos criticaron, fue el que formulé hoy hace dos décadas. Escribí que la gente de izquierda real que había votado al PSOE se arrepentiría de haberlo hecho. Que Felipe González y su cohorte se disponían a abrazarse al gran capital y al imperialismo norteamericano, que iban a recortar las libertades, que iban a representar un azote para las reivindicaciones nacionales periféricas, que estaban a punto de entrar en los palacios para quedarse en –y con– ellos y que su progresismo de pacotilla –incluyendo su ficción de feminismo y ecologismo– quedaría en la puerta. No preví ni Filesa ni los GAL –ni los mejores augures descienden a tales detalles–, pero dibujé un cuadro futuro de sorprendente realismo.
Claro que jugué con trampa. Había tenido ocasión de conocer en los años anteriores a más de la mitad de los miembros de la Ejecutiva socialista. Sabía de qué pasta estaban hechos: de la misma que ese Rodríguez Zapatero que dice que en el futuro ninguno de los suyos trincará, porque han aprendido la lección... pero que está todavía por contarnos quiénes de sus antecesores trincaron, cuánto se llevaron y cómo los han castigado por ello.
La verdad es que predecir de gente así que será un desastre es jugar sobre seguro.
(28 de octubre de 2002)
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pasado fin de semana, pincha aquí
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