Archivos del «Diario de un
resentido social»
Semana del 8 al 14
de enero de 2001
Esa
pasión contra Gómez de Liaño
Mucha gente se declara
escandalizada por la ferocidad con la que Polanco y los suyos siguen acosando a
Javier Gómez de Liaño. «¿No les basta con lo que ya le han hecho?», dicen.
No; no les basta. Y yo les
comprendo.
Estoy en total desacuerdo con
ellos, pero les entiendo. Desde un punto de vista técnico, como quien dice.
Las leyes de la guerra –y ya se sabe
que la guerra no es sino la continuación de la política por otros medios–
dictan que lo que hay que hacer con el enemigo es destruirlo. Sin consideración
alguna. Polanco ya sabe que Gómez de Liaño no es el jefe de sus enemigos, ni
mucho menos, pero ha decidido darle un castigo ejemplar, para que todo el mundo
sepa a qué se arriesga si ataca sus intereses. A esos efectos, cuanta mayor sea
la destrucción del ex juez, más eficaz será el escarmiento. Delendus est!
Todos recordamos lo que dijo
Polanco hace ya muchos años, cuando se debatía la concesión de canales de
televisión privada: «En este país no hay huevos para negarme un canal de
televisión a mí». Lo que está haciendo ahora con Liaño no es más que una
extensión de ese aserto.
No me extraña, pues, el ensañamiento
del que dan prueba Polanco y sus lugartenientes, ya digo. Pero, a cambio, me
produce auténtico bochorno el entusiasmo con el que colaboran en esa tarea
algunos de sus empleados. Acabo de escuchar en la cadena Ser a un personajillo,
colaborador de un programa nocturno –250.000 al mes, como mucho–, que ha leído
unos espantosos ripios contra Gómez de Liaño en los que llegaba a acusarlo de
ser... ¡un tirano! El pelota en cuestión ha comparado la tarea de acabar con el
juez a la de derribar a un dictador. Toma ya.
Qué vergüenza. Qué baboseo.
Según mi deontología periodística
personal –seguramente muy antigua–, los opinadores o columnistas tenemos
prohibido salir en defensa pública del patrón. Aunque estemos
circunstancialmente de acuerdo con él. Por una razón elemental: el público no
puede saber si lo hacemos de corazón o de bolsillo.
Si nuestros empresarios se
comportan como estrictos patrones –y no conozco a uno sólo que no lo haga–,
nosotros debemos comportarnos como estrictos empleados. Lo cual nos obliga a
venderles nuestra fuerza de trabajo, sin duda, pero no a venerarlos, ni a
rendirles pleitesía, ni a servirles de correveidiles o de mamporreros.
Lo peor de esos mindundis rastreros
es que no se dan cuenta de que hoy trabajan para Polanco, pero mañana pueden
verse en la calle.
O tal vez sí. Quizá actúan de ese
modo porque se han dado cuenta de que en el mercado de la prensa de hoy en día
se cotizan muy bien los lameculos.
(14-I-2001)
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Agentes
de ETA
Los dirigentes de UPN han lanzado
una feroz cruzada contra el euskara. Están decididos a hacer cuanto esté en su
mano para que desaparezca de la comunidad foral.
Hace unos meses, algunas de las
alcaldías que regentan optaron por suprimir todas las subvenciones municipales
relacionadas con la enseñanza del euskara o con las expresiones artísticas
realizadas en lengua vasca. Uno de los alcaldes patrocinadores de la iniciativa
censora expresó sus intenciones con cruda sinceridad: «Mientras ETA siga matando,
aquí no habrá ni un céntimo para el euskara», dijo.
Lo último que se les ha ocurrido es
fantástico: van a suprimir la denominación oficial bilingüe de las ciudades. La
capital ya no será Pamplona-Iruña, sino sólo Pamplona, y Lizarra se quedará en
Estella, a secas. Lo cual tendrá, en este último caso, un punto de incoherencia
suplementario, puesto que el nombre de Estella, mucho más reciente que el de
Lizarra, no es sino una mala latinización del topónimo vasco. Pero ¿qué
más da la Historia, cuando están en juego los supremos intereses de la Patria?
La verdad es que no hay por dónde
coger esta línea de hostilidad al euskara emprendida por UPN.
En primer lugar, implica un
dispendio imbécil: imagínense el dineral que va a costarles cambiar todas las
señalizaciones de tráfico, todo el papel timbrado, todos los formularios
oficiales...
En segundo lugar, es ilegal. El
artículo 9 de la Ley Orgánica de Reintegración y Amejoramiento del Régimen
Foral de Navarra –el Estatuto navarro, por así decirlo– proclama que el euskara
tiene rango de lengua oficial en el territorio foral. La ley no sólo prohíbe la
persecución del vascuence, sino que obliga a su protección y desarrollo. De
hecho, el Parlamento Navarro aprobó una norma –la Ley Foral 18/1986 del
Vascuence– para regular muy explícitamente el esfuerzo que las autoridades
deben realizar a este respecto. Por supuesto, la ley instituye la denominación
bilingüe de los municipios. Es más: la introducción de la mentada Ley Foral
dedica un párrafo muy contundente a la descalificación de quienes creen que la
diversidad lingüística es un factor disgregador.
Pero, con ser grave todo lo
anterior, peor todavía es el efecto político que inevitablemente tendrá esa
línea de actuación. Porque, al tratar al euskara como lengua del enemigo y
al vincularlo con el terrorismo, UPN contribuye a la división de la sociedad
navarra y a la aparición de vínculos de solidaridad espúrios.
Su fanatismo mostrenco los
convierte, sencillamente, en agentes de ETA.
(13-I-2001)
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Ecologistas
en acción
El 5 de mayo de 1998, cinco
militantes ecologistas se encadenaron a
un tren que transportaba un reactor nuclear a la central de Trillo. Lo
paralizaron durante dos horas. Un año después, fueron condenados en juicio de
faltas a 10.000 pesetas de multa.
Los cinco ecologistas –Ladislao
Martínez, José María Galante, Javier Pérez Mancha, Gustavo Alfaro y Jorge Díaz
Leza– han decidido no pagar la sanción que les fue impuesta e ir a la cárcel
para cumplir la pena sustitutoria. Han tomado esa determinación –me dicen–
«como forma de protesta por la situación de indefensión legal que sufre nuestro
medio ambiente». Se quejan de que la Justicia española «condena a los
ecologistas y absuelve a los responsables de delitos ecológicos». Recuerdan el
reciente auto judicial sobre el caso Doñana, que tanto ha escandalizado,
y subrayan lo habitual que es que los procedimientos por delito ecológico
acaben en absolución, en tanto las acciones de protesta de las organizaciones
ecologistas merecen sistemáticamente la condena de los tribunales. No es ésta
una mera afirmación suya: tienen la estadística de su lado.
Conozco a algunos de ellos ni sé ya
desde cuándo. Es gente profundamente solidaria. Y sensata.
Pero hay un punto en el que no les
doy la razón. «Entendemos que nuestra acción fue ilegal y que la condena no fue
desproporcionada», admiten.
Yo creo que su acción no fue
delictiva. Que deberían haber sido absueltos.
El Capítulo II del vigente Código
Penal, artículo 20, recoge las causas
que eximen de responsabilidad. El apartado 5º del artículo en cuestión
establece que no puede ser condenado «el que, en estado de necesidad, para
evitar un mal propio o ajeno, lesione un bien jurídico de otra persona». El
apartado 6º dice lo mismo de «el que obre impulsado por miedo insuperable». Y
el 7º, de «el que obre en cumplimiento de un deber».
Las tres circunstancias eximentes
concurren en el caso de estos cinco ecologistas. Porque ellos se vieron en la necesidad
de tratar de evitar un mal colectivo, actuaron por el miedo insuperable que
provoca la energía nuclear y, desde luego, lo hicieron porque tienen una
elevada conciencia de su deber como ciudadanos.
Para condenarlos, el juez debería
haber demostrado que las centrales nucleares no representan un grave riesgo
para la sociedad en su conjunto. No veo cómo hubiera podido arreglárselas para
hacerlo.
Los cinco ecologistas no tendrían
que ser encarcelados. A la cárcel sólo deben ir aquellos que tienen una deuda
con la sociedad. En este caso, es la sociedad la que tiene una deuda con ellos.
(12-I-2001)
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«El
jefe de la oposición»
Carlos Iturgaiz está dolido porque
el lehendakari Ibarretxe no se ha puesto en contacto directa y personalmente
con él para manifestarle su solidaridad tras el amago de atentado de Zarautz.
«El jefe de la oposición ha salvado la vida y él no le dice nada», se queja.
Iturgaiz es genial. No le basta con
que el portavoz del Gobierno vasco exprese públicamente la repulsa del
Ejecutivo ante la acción de ETA, que apuntaba contra el conjunto de la
dirección del PP vasco. Quiere que Ibarretxe le conceda un trato especial a él.
A él, que ni siquiera acude a las convocatorias del lehendakari, y que lo
descalifica política y personalmente cada dos por tres. ¿Y por qué habría de
hacer tal cosa Ibarretxe? Porque él es –dice– «el jefe de la oposición».
¿Y de dónde se ha sacado ese
título?
En los sistemas parlamentarios
pluripartidistas no existe la figura del jefe de la oposición. Por una razón
elemental: la oposición es de muy diversos géneros; no puede tener una jefatura
única.
En sus primeros tiempos de
presidente de Gobierno, Felipe González decidió nombrar «jefe de la oposición»
a Manuel Fraga, que por entonces presidía Alianza Popular. González era
consciente de que, mientras el ex ministro de Franco fuera su principal
oponente, él tenía Moncloa para rato. Así que lo mimaba todo lo posible. El
cargo que González se sacó de la manga para halagar al viejo político gallego
llevaba aparejado un puñado de privilegios chorras: que si coche oficial, que
si escolta, que si puesto de honor en los actos oficiales... Fraga no fue nunca
el jefe de la oposición de hecho, evidentemente, pero sí de derecho, puesto que
su nombramiento como tal apareció en el BOE. Era jefe, eso sí, del partido que
agrupaba a dos tercios de la oposición.
La lumbrera política que responde
por Iturgaiz no reúne ni una sola de esas condiciones. No es sólo que nadie lo
haya nombrado jefe de la oposición; es que, además, ni siquiera representa a la
mayoría de la oposición vasca. Integran ésta, además del PP, el PSOE, EH, EB-IU
y UA. Los dos primeros partidos tienen casi tantos parlamentarios como el del
propio Iturgaiz. Si el panorama político de Euskadi tuviera el aire
bipartidista que se respira en el Parlamento del Estado, su autoproclamación
aún tendría algún atisbo de justificación. Pero es que ni por ésas.
Abreviando: que Iturgaiz ha dicho
otra tontería. Y las radios y televisiones españolas han vuelto a coreársela.
(11-I-2001)
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Celia
Villalobos
Empezaré por confesar que el natural
gracejo de doña Celia me repatea. No es que la señora Villalobos no me haga
gracia –que no me la hace–; es que considero que una persona que está al frente
de una cartera ministerial no pinta nada opositando diariamente a graciosa y resalá.
Vale que la gente que ejerce altos cargos dé muestra de ingenio. Bien está
que denote tener sentido del humor. Perfecto. Pero lo de doña Celia no tiene
nada que ver ni con el ingenio ni con el sentido del humor. Más bien todo lo
contrario. Lo suyo es intentar hacerse la simpática revistiéndose de un
populismo de feria –de Feria de Abril, en concreto– y de una sencillez
campechana que, lo que es a mí, me parece más falsa que un billete de tres
duros.
En el asunto de las vacas locas,
la campechanía de la ministra está teniendo efectos devastadores para su
imagen y, ya de paso, también para la del Gobierno. Empezó metiendo el cuezo
alegremente cuando dijo aquello de «Que nadie espere comprar solomillos a 500
pesetas», como si a ese precio sólo pudiera adquirirse casquería. Una bobada.
Pero lo de anteayer fue todavía
peor: se permitió recomendar «a las amas de casa» que no cocinen con huesos de
vaca y que recurran sólo a los de cerdo. Aparte de que doña Celia demostrara
con ello creer que en este país sólo cocinan las mujeres –una falsedad de la
que puedo dar testimonio muy directo–, el hecho es que con semejante
recomendación estaba: a) evidenciando que no se ha enterado de que los únicos
huesos que pueden dañar la salud son los que estuvieron en contacto con la
médula del animal; b) lanzando una carga de profundidad contra quienes
comercializan carne de vacuno en buen estado; y c) dándole una patada en los
mismísimos a su colega Arias Cañete, ministro de Agricultura, que se pasa el
día diciendo que la carne que llega a los mercados cuenta con las debidas
garantías y no entraña peligro alguno.
¿Y por qué dijo eso la señora
ministra? Pues por lo mismo que dice tantas otras cosas: porque es una frívola
de tomo y lomo. Porque le pareció que eso le daba un toque de complicidad
marujil electoralmente rentable. Porque cuando habla está tan preocupada por
aumentar su cuota de popularidad que no tiene tiempo de pensar en el sentido de
lo que dice.
Pero doña Celia no sólo es una
frívola. También una mentirosa. Ayer, a la vista del lío que había montado con
su disparatada recomendación, volvió al ataque y dijo: «Lo que yo recomendé a
las amas de casa es que no usaran hueso de médula». Lo cual, aparte de ser otra
tontería –nadie puede cocinar con «hueso de médula», porque eso no existe–
supone una falsedad como la copa de un pino. Ella habló de huesos de vaca, sin más:
todos la oímos.
Patética contradicción, la suya: a
fuerza de preocuparse sólo de su popularidad, ha arruinado su carrera política.
Ayer, en Antena 3, Aznar renunció a justificar sus declaraciones.
Está acabada.
(10-I-2001)
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Justicia
dependiente
La votación que realizó ayer una
Sala especial del Tribunal Supremo –una Sala que, por cierto, no está prevista
en norma escrita alguna– pone otra vez de manifiesto algo que, de hecho,
sabemos de sobra todos cuantos hemos merodeado por las proximidades del núcleo
duro de la judicatura española. A saber: que por esos andurriales el
partidismo es norma, y la independencia, excepción.
No hablo sólo de partidismos
políticos. También de banderías pandillares, de querellas privadas, de
intereses editoriales... de todo un amasijo de condicionantes sin la menor
relación con la estricta aplicación de la Ley.
Me sería imposible contar las veces
que he oído vaticinar el resultado de una votación judicial con argumentos
tales como: «Mengano le debe mucho al PSOE y es íntimo de Perengano, con el que
pasa muchos fines de semana en su casa de Quintocoño, pero Perengano no traga a
Pepitín, porque no votó a su favor cuando fue candidato a la Sala de lo
Pretencioso y, además, es cuñado de Fulano, que es muy del PP y con el que está
a partir un piñón. Y qué vas a esperar de Vicepérez, que se saca una pasta
gansa dando conferencias para la Fundación Ley y Orden...». Etcétera. Lo más
curioso es que las previsiones sentenciadoras realizadas mediante tales cábalas
rara vez fallan.
Hay casos de desfachatez realmente
apabullantes. Ahí está el de Martínez Arrieta, magistrado del Supremo que
participó ayer en la decisión contraria a Gómez de Liaño pese a que, en tanto
que ex marido de María Dolores Márquez de Prado, actual mujer de Gómez de
Liaño, tiene incluso querellas judiciales pendientes con el nuevo matrimonio
por culpa del monto de la pensión que está obligado a pagar a sus hijas.
Que un magistrado en situación semejante
no se abstenga, no ya por razones de ética, sino incluso de mera estética, y
que los demás admitan que meta baza, es revelador del ambiente, mezcla de
compadreo y navajeo, que reina por esos
pagos.
Gómez de Liaño no salió perdiendo
en la votación de ayer porque los argumentos jurídicos a su favor fueran más o
menos sólidos. Eso era lo de menos. Perdió porque en la Sala había más jueces
contrarios al Gobierno –y al propio Liaño– que favorables. Ahora el asunto irá
a una instancia judicial especial, prevista para resolver los conflictos de
jurisdisción. Lo correcto para saber qué pasará allí es enterarse de qué pie
cojea cada uno de los integrantes de ese órgano judicial.
Lo demás es filfa.
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Todo
está ya inventado
Un guía que tuve que sobrellevar en
mi malhadado viaje de hace dos meses por Indonesia me proporcionó una singular
razón para explicar el mal estado de las carreteras de aquel país: el Gobierno podría
mejorarlas, sin duda –me explicó–, pero entonces los coches correrían más, y
eso acarrearía más accidentes.
Según él, las autoridades de
Yakarta mantienen las vías públicas en mal estado a propósito. Por motivos
humanitarios, como quien dice.
Me pareció de primera.
Siempre pensando en el bien de
España, me dediqué ayer a cavilar algunas medidas de ese estilo que pudieran
adoptarse por aquí.
Imagínense ustedes cuál no sería mi
estupefacción cuando comprobé que todas las iniciativas que se me venían a las
mientes... ¡ya están aplicándose! ¡Y por todo lo alto!
Se me ocurrió, por ejemplo, que
cabría subir el precio de los combustibles hasta extremos verdaderamente
disparatados, de modo que desplazarse en coche acabara resultando tan ruinoso
que poco a poco la mayoría fuera renunciando a semejante dispendio por razones
de fuerza mayor (y de cartera menor).
Menos coches en las carreteras,
menos accidentes. ¡Genial!
Pero a continuación me acordé de la
última vez que llené de gasóleo el depósito de mi pobrecito Renault. «¡Jodó,
8.000 chuchas!», clamé en tan histórica ocasión, mirando anonadado el contador
de la gasolinera. Sí, hijo, sí: más del 10% del salario mínimo. Disuasorio a
tope.
Repsol y Cepsa se me han
adelantado. Quién lo iba a imaginar: ¡tan calladito que se lo tienen y son
maestras en el manejo de la táctica indonesia!
Seguí dándole al magín. ¿Y si
propusiera medidas tendentes a atraer a todos los coches hacia el centro de las
ciudades, de manera que se quedaran atascados un día tras otro y, al comprobar
que no pueden ir ni para adelante ni para atrás, los conductores mandaran
finalmente el cochecito a freír espárragos y optaran por el transporte público?
¡Seguridad y ecología, todo en uno!
Nueva decepción. Ese prócer, ese
Einstein redivivo, ese Lao Tsé de la estrategia urbanística que es el alcalde
de Madrid, José María Álvarez del Manzano, no sólo se me ha adelantado, sino
que me ha dado cien vueltas (perdón, quiero decir cien atascos). Lo ha
conseguido a base de instalar tropecientos mil aparcamientos en el centro. Esos
aparcamientos –que él llama parkings, porque es hombre de mundo– tienen
un efecto llamada que convierte a la bicha de Mayor Oreja en un inocente
juego de niños. Todo pichichi se tira alegremente hacia el centro de la capital
a bordo de su vehículo pensando que, por lo menos, siempre tendrá donde dejarlo
colocadito, gracias a don José María. Para cuando las víctimas descubren que el
problema no está en el aparcamiento, sino en el camino que tendrían que seguir
para llegar hasta él, es ya tarde. ¡Los trinca por miles, el muy pillín!
Hay que reconocer que, cómo líder
político, Álvarez del Manzano no es gran cosa. Qué digo como líder: como
político, a secas. De hecho, es una calamidad. Pero, a cambio, como
planificador de atascos humanitarios se ha convertido en guía y luz de sus
colegas de toda España. La pasada Nochebuena comprobé que incluso el alcalde
donostiarra, Odón Elorza, sigue sus enseñanzas, si bien dándoles un toque
original: lo que hace don Odón es cambiar cada dos por tres el sentido de la
circulación de las calles de la capital guipuzcoana. De ese modo, no importa
adónde pretendas ir. Siempre te pierdes. Es otra modalidad de la táctica
indonesia, pero de idéntico efecto disuasorio.
Renuncié a pensar más
posibilidades. Tuve que rendirme a la evidencia de que todo está ya inventado.
(9-I-2001)
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Males
invisibles
Escribía ayer sobre los dos males que
llenan las portadas de los periódicos en este comienzo de siglo –el de las vacas
locas y el ya bautizado como síndrome de los Balcanes– y los
calificaba de «misteriosos».
Son misteriosos, sí, por ahora.
Pero tienen otra característica aún más definitiva: son invisibles.
A efectos sociales, los males se
dividen principalmente en visibles e invisibles.
Los males visibles producen gran
indignación popular. Llegado el caso, incluso pueden ser motivo de importantes
movilizaciones ciudadanas.
Aparcan un submarino nuclear
averiado en Gibraltar y el personal de la zona monta en cólera.
Entierran doscientas vacas en una
mina abandonada, empieza a oler mal, se ven gusanos por el camino, las aguas
bajan sucias y el pueblo vecino arma la
de Dios es Cristo.
Son males materializados, visibles.
Pero emiten CO2 como fieras a la atmósfera, se van
cargando poco a poco pero irremisiblemente la capa de ozono y ¿quién se
horroriza? ¿Quién se moviliza para pararles los pies? Cuatro gatos.
Se llenan las calles de coches, el aire
de las ciudades se contamina, se agudiza toda suerte de enfermedades
respiratorias, y el personal tan feliz, paseándose a diario y en masa con sus
cochecitos por todos los centros urbanos.
Adulteran los alimentos con las
peores marranadas –leí el otro día que en Estados Unidos han llegado a
experimentar el engorde de las vacas... ¡con cemento!– y, mientras el sabor no
denote nada especial, casi nadie dice nada.
Porque son males invisibles.
El dicho es del año de la Tarara, pero
jamás había alcanzado tan alto grado de exactitud: ojos que no ven, corazón que
no siente.
Los poderosos lo saben y hacen
maravillas para que los males que causan vayan a más sin que se note.
(8-I-2001)
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