Archivos del «Diario de un resentido social»

 

Semana del 11 al 17 de septiembre de 2000

 

Chillida

Los dirigentes políticos lo agasajan. La Prensa lo pone por los cuernos de la luna. “Símbolo de libertad”, he leído que lo llaman.

Si la Hacienda pública investigara sus transacciones comerciales –mínimo, ocho dígitos–, descubriría con qué desenvoltura trabajan los símbolos de la libertad. Y con qué maletines.

Pero no lo hará.

El arte de burlar al Fisco también es arte.

Y si el Rey te aclama, y si Aznar te aclama, y si Schröder te aclama, ¿quién va a ser el guapo que te haga una complementaria?

¡Loor y gloria al vendepeines de los vientos!

 

(17-IX-2000)

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Bidart

¿Y dónde han trincado a “Iñaki de Rentería”? En Bidart. En el mismo pueblecito del País Vasco-Francés donde trincaron a la anterior dirección de ETA. Se diría que, a la vista de lo fijas que son las costumbres de los dirigentes de ETA, lo único que necesita la Policía es sentarse en Bidart y esperar a que vayan apareciendo.

Muchos sabíamos ya hace meses que Iñaki Gracia Arregi –al que la Policía llama “Iñaki de Rentería” porque reúne la doble circunstancia de llamarse Iñaki y ser de Rentería– estaba localizado por la FSE, o por el Cesid. Y que, si no lo detenían, era porque el Gobierno español lo necesitaba como interlocutor. Porque incluso en las guerras –ésta no lo es– hay veces que hace falta hablar con el enemigo y es preciso saber a quién hay que dirigirse.

Imagino que él también sabría que lo podían pillar, y por qué no lo hacían. Sólo así se explica que haya cometido la torpeza de visitar a su mujer y su hija.

La detención de Iñaki Gracia me sugiere, así, a bote pronto, dos reflexiones.

La primera la he incluido en lo de La noticia del día y su comentario: si bien a efectos de Justicia es importante que Gracia haya sido capturado, en términos políticos puede fácilmente no tener valor ninguno. ¿Qué desaparece éste de la circulación? Ponen a otro. En la anterior redada de Bidart, en 1992, pillaron a todo el Biltzar Ttipia (Comité Ejecutivo) y montones de documentación. Fue un golpe terrible. ETA tardó en recuperarse varios años. Pero lo hizo. Aquí han cogido solo a uno y sin más documentación que la falsa que llevaba para identificarse.

La segunda reflexión es para uso de ésos que sostienen que ETA ya no tiene ninguna motivación política y que constituye tan sólo un negocio de gente dedicada a vivir de la extorsión.

Como todos los militantes de ETA, Gracia sabía que, en un plazo de tiempo relativamente corto, de años, su destino personal sólo tenía dos posibilidades: o la cárcel o la muerte. A la espera de ese destino, ha tenido que vivir escondido, en perpetua tensión, sin darse un respiro.

Menudo negocio.

No. Lo de ETA es abominable, pero desde luego no una forma de buscarse la vida.

 

(16-IX-2000)

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Dos visitas

En 1966, en San Sebastián, en la calle Zabaleta, en el barrio de Gros, había una cafetería que tenía una especie de reservado en la planta baja. El dueño cedía aquel local para que cada martes, todas las semanas, se reuniera una quincena de jóvenes que habían montado un círculo de estudios clandestino. Si la Policía franquista hubiera podido espiarles, habría comprobado que desarrollaban actividades subversivas peligrosísiimas. Por ejemplo, analizar detenidamente, capítulo por capítulo, la Crítica de la razón Dialéctica, de Jean Paul Sartre.

En el grupo había gente muy joven –éste que suscribe tenía entonces 18 años– y otra algo más crecidita. El mayor de todos tenía 34 años. Era un profesor de la Universidad llamado José Ramón Recalde. Los reunidos sabíamos que Ramón Recalde era el jefe de ESBA, la rama vasca del FLP (del Felipe, que se decía), grupo político del que se conocían sólo cuatro o cinco integrantes más en la capital guipuzcoana.

A decir verdad, la intelligentsia izquierdista donostiarra de la época no daba para muchas alegrías. Éramos pocos y nos conocíamos todos. En aquel círculo de estudios, unos eran del PCE, otros de ESBA, otros de ETA –de la rama que sería expulsada en diciembre de 1967, antes de que sonara el primer tiro, acusada de «nihilismo nacional» y de españolismo– y otros de ninguna organización concreta. Pero todos nos considerábamos de lo mismo, del bando antifranquista único, y nos ayudábamos en lo que podíamos. Si unos pasaban a estar en el punto de mira de la policía franquista, los otros los refugiaban, o les guardaban los papeles comprometedores. Y al revés.

En aquel grupo tuvimos incluso una esporádica representación del PSOE. Recuerdo que el difunto hermano de Enrique Múgica, Poto, llegó una noche a la reunión y dijo con sorna: «¡Aquí llega el 50 por ciento del PSOE!». Lo más curioso es que era cierto.

De ese partido entonces no era casi nadie. Para qué. Ni hacía nada ni pintaba nada.

Los asistentes a aquellas reuniones donostiarras de los martes sabíamos que Recalde y otro de los integrantes del grupo, Pablo Bordonaba, habían estado más de un año en la cárcel. Alguien me contó que habían sido víctimas de una trampa de la policía política. Dos agentes provocadores se habían presentado en casa de Recalde diciendo que eran mineros asturianos que escapaban de la represión y que necesitaban pasar a Francia. Recalde y sus amigos quisieron ayudarles a cruzar la frontera y acabaron en prisión. ¿Por qué les montaron esa trampa repugnante? Que yo sepa, lo único que hacían era hablar. Y escribir.

Ayer, casi 40 años después, Ramón Recalde recibió en la puerta de su casa la visita de otro heraldo negro.

A éste también parece que le molestaba lo que el ya viejo profesor decía: le disparó en la boca.

Escuché anteayer a Arnaldo Otegi. Dijo: «El Estado ha elegido el camino de la represión». ¿Y qué camino han elegido los tuyos, Arnaldo? ¿El de la concordia, tal vez? Explícamelo, que no lo entiendo: ¿qué delito ha cometido Ramón Recalde que le haga merecedor de la pena de muerte y obligue a ejecutarlo sumarísimamente?

Supongo que la muchacha de la capucha negra que disparó contra Ramón es demasiado joven como para saber que, hace décadas, ese viejo profesor se lo jugó todo para que algún día ella o cualquier Otegi pudieran decir libremente ante los micrófonos de las radios y las televisiones lo que le viniera en gana.

 

(15-IX-2000)

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La teoría de la «doble dirección» de ETA

La redada que ayer montó el juez Baltasar Garzón, y que supuso la detención de 20 dirigentes del MLNV, se justifica según una teoría que el propio Garzón y el ministro Mayor Oreja vienen defendiendo desde hace tiempo. Según ellos, es un error considerar que ETA son sólo sus comandos armados. ETA –dicen– es todo un entramado, que incluye una estructura militar, pero también una estructura civil, política, que controla a su vez una red de financiación, determinadas terminales empresariales, mediáticas, etc.

La cúpula de esta otra parte de ETA sería, según ellos, tan culpable de terrorismo como la que usa armas.

En mi criterio, esa teoría es, a la vez, falsa en su enunciado y peligrosa en sus implicaciones..

Falsa, en primer lugar, porque me consta que ninguna organización con pretensiones de operatividad funciona con una doble dirección. El mando es siempre único. Colegiado casi siempre, pero único.

Tiene que serlo. Dos mandos equivale a ningún mando.

Otra cosa es que la organización armada se apoye en (y se haga auxiliar por) una estructura civil. En el caso de ETA, es evidente que cuenta con una estructura civil auxiliar. Pero sus integrantes son, tanto a efectos descriptivos como penales, colaboradores de la banda armada,  no integrantes de la misma.

Decía que la teoría del tándem Garzón-Mayor es, amén de falsa, peligrosa. Y lo es, en efecto, porque esa generalización de las responsabilidades, esa amalgama en la que todo se confunde y a todo se le otorga el mismo trato, conduce obligatoriamente a una generalización del conflicto. Es el revés exacto del “razonamiento” que ETA viene haciendo en los últimos años: según ella, la represión del Estado español sería imposible si no contara con todo un complejo entramado que incluye militares y policías, sí, pero también una tupida trama civil, en la que juegan un papel clave los empresarios, los periodistas, los concejales...y hasta los maestros de escuela, si se tercia. Lo que les hace merecedores del trato reservado a las gentes de armas.

El negativo de una fotografía es también, en realidad, la misma fotografía.

 

(14-IX-2000)

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Las ventajas de la Nueva Economía

Estoy hasta las mismísimas narices –por decirlo suavemente– de que los fieles de esa religión que han dado en llamar “la Nueva Economía” nos miren a quienes nos oponemos a ella como a gente absurda y carente de realismo, si es que no directamente imbécil.

Los sumos sacerdotes de uno de sus templos globalizantes, el Banco Mundial, hicieron público ayer un informe sobre la situación de la pobreza a escala planetaria. Según ese informe, más de la mitad de la población mundial subsiste con menos de 400 pesetas por día, y casi una cuarta parte, con menos de 200 pesetas. Uno de cada 100 niños está condenado a morir de hambre antes de cumplir los cinco años y la mitad de la población infantil mundial vive en condiciones paupérrimas.

Pero eso no es lo principal. Lo más grave es que la tendencia apunta a un claro empeoramiento del problema. Estamos peor que hace diez años y vamos hacia una situación aún más grave.

La globalización de la economía y la imposición de reglas de juego que impiden la intervención de los Gobiernos en los procesos económicos están consiguiendo que los países ricos –los ricos de los países ricos– sean cada vez más opulentos, y que los pobres –los pobres de los países pobres– sean cada vez más miserables.

Habrá quien diga: “¡Entonces está claro que la Nueva Economía no sirve!”. Falso. Sirve para que los ricos se hagan más ricos. Y como eso es lo que quieren, les sirve a la perfección. Por lo demás, los gurús de la Nueva Economía se niegan a aceptar que el crecimiento de la pobreza tenga nada que ver con la aplicación de sus doctrinas.

Sin embargo, el informe del Banco Mundial recoge otro dato que deja escaso lugar a sus coartadas: desde que entronizaron los dogmas del neoliberalismo tras la caída del Muro, en Rusia y los países del Este la pobreza se ha multiplicado por 20. ¡Por 20!

Pero no seamos injustos con los adalides de la globalización. A ellos no les gusta que haya cada vez más gente que se muere de hambre. Ése es, en todo caso, un efecto no deseado de la Nueva Economía. Ellos preferirían hacerse ricos en medio de la felicidad general. Y les da mucha pena que no sea posible.

Por eso son partidarios de la caridad. Y de las ONGs, por supuesto. Qué buenas son las ONGs, que les permiten dormir tranquilos a un coste verdaderamente asequible.

 

(13-IX-2000)

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Todo es terrorismo

El Ayuntamiento de Madrid es una joya. Tal el alcalde, tal la oposición. Parecen hechos el uno para la otra. Y viceversa.

He escuchado dos noticias sobre ellos que me han dejado en un singular estado, mezcla de incredulidad, indignación e hilaridad.

La primera es que el alcalde ha decidido, con motivo del Día Sin Coche, el próximo 22, prohibir la circulación por el centro de la capital entre 10 y 12 de la mañana. Quiere con ello “invitar a los vecinos a sumarse a ese día”. ¡Invita prohibiendo! Qué tipo tan singular. Pero no me detengo en esa historia, porque pienso dedicarle mi columna de mañana en El Mundo.

La otra noticia se refiere a una reclamación del Grupo Municipal PSOE-Progresistas (se llama así, lo siento). El tal grupo ha decidido solicitar que la violencia mal llamada doméstica sea tipificada como terrorismo. He escuchado a una concejala muy suelta que lo ha razonado: “La violencia de género es terrorismo porque atenta contra el principio democrático de la igualdad”.

Qué empanada mental más espantosa.

Si los miembros y miembras de ese grupo municipal se tomaran el trabajo de consultar durante un ratito la Constitución y el Código Penal antes de hacer solemnes reclamaciones, se enterarían de que la primera característica definitoria del delito de terrorismo es que su autor o autores formen parte de una organización armada. ¿No hay organización armada? No hay terrorismo.

La tipificación legal del terrorismo incluye también otros requisitos que tampoco se cumplen en los casos de violencia de género, pero no vale la pena entrar en ellos: fallando el primero, los demás dan lo mismo.

¿A cuento de qué sale esta gente con semejante patochada? A cuento de que se ha convertido en una moda ampliar la calificación de terrorismo a cualquier cosa. Quemar un cajero automático está muy feo, pero no es necesariamente terrorismo. Apagar cigarrillos en los ojos de los bebés es una práctica censurable, pero tampoco es terrorismo. Hay la tira de actuaciones perversísimas que merecen castigo, incluso muy severo, pero no todas son terrorismo. Ni siquiera poner La Bomba en una verbena es terrorismo. Es un crimen contra la Humanidad, sin duda, pero no terrorismo.

Pasa lo mismo con lo del fascismo. La manía de moda es llamar “fascista” a todo lo autoritario y faltón. Pues no, señor. El fascismo es una ideología autoritaria, pero no todas las ideologías autoritarias son fascistas.

Corren malos tiempos para el rigor intelectual.

 

(12-IX-2000)

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Diada Nacional de Catalunya

Empecé a tener un cierto conocimiento concreto de Cataluña cuando ennovié con una jovencita catalana, que con el tiempo sería la madre de mi segunda hija. Hasta entonces, todo el catalán que sabía procedía de las canciones de Raimon y Joan Manuel Serrat. Poco después, mi mala estrella me llevó a la cárcel de Girona, donde pasé cuatro o cinco meses. En aquella cárcel sólo había un preso político, Xavier Corominas Mainegre, un chavalote de Comisiones que había intentado organizar una huelga en Torras y lo habían trincado. Corominas no sólo hablaba muy bien el catalán, sino que, a diferencia de la inmensa mayoría de los catalanes de la época –hablo de 1974–, sabía gramática catalana y escribía en su lengua materna sin faltas de ortografía. Le pedí que me enseñara catalán y me contestó: “Muy bien. Pues, a partir de este momento, no se habla aquí más que en catalán”.  Con lo que experimenté –y muy a gusto– la famosa “inmersión lingüística”.

A partir de lo cual, tuve el privilegio de acceder a una cultura –a una mirada de la vida– que me cautivó. Salvat Papasseit y Martí i Pol pasaron a contarse entre mis autores predilectos. Y Lluís Llach, al que con el tiempo tuve la oportunidad de tratar personalmente, en uno de mis cantautores favoritos.

Nada más regresar de Francia, tras la muerte de Franco, pasé unos meses en Barcelona. Recuerdo con muy particular emoción el concierto multitudinario de Llach en enero de 1976. Todavía se me nublan los ojos cuando escucho la grabación de aquel recital. Fui feliz.

Instalado en Madrid, volví aquel mismo año a Barcelona para asistir, como invitado de la Asamblea de Cataluña, a la concentración de la Diada del Onze de Setembre en Sant Boi. Se dijo que hubo allí un millón de personas. No sé; había muchísima gente, en todo caso, y el ambiente era muy radical. Recuerdo muy especialmente la intervención de Miquel Roca: dijo que Cataluña lucharía hasta que se le reconociera su derecho a la autodeterminación, y que, si no se lo reconocía, lo ejercería de todos modos. En aquella época, Barcelona era la vanguardia de todo, dentro del Estado español: en la política, en la literatura, en la Universidad, en la música, en el cine, en los medios de comunicación... Irradiaba dinamismo. A su lado, Madrid parecía un poblacho de mala muerte.

Observo el panorama actual. La “clase política” catalana es de las más ramplonas de todo el Estado (y eso que la competencia es dura). Generalitat y oposición se han montado un tinglado de pasteleo, amiguismo y reparto de prebendas que apesta por los cuatro costados. La prensa catalana es de un acriticismo que echa para atrás. La principal dedicación de la mayor parte de los integrantes del mundo de la cultura es la obtención de subvenciones. El burocratismo se ha instalado en todas partes y a todos los niveles. El seny no es ya sino el nombre que se reserva a la falta de principios y al chalaneo perpetuo. La mediocridad lo inunda todo.

Hace unos años, estuve comiendo con uno de los principales dirigentes de Esquerra Republicana de Catalunya. Se pasó la comida diciéndome que yo era “muy radical”. Al final, llegué a la conclusión de que de Esquerra, nada, y de Republicana, muy poco.

Hace poco conversé en privado con un dirigente de CiU. La impresión que saqué es que, si uno quisiera comprarle a su madre, toda la discusión se centraría en el precio.

Sigo amando a Cataluña, pero más por lo que vi que podía ser que por lo que veo que es.

 

(11-IX-2000)

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