[Del 27 de mayo a 2 de junio de 2005]

 

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Un poco de memoria...

(Jueves 2 de junio de 2005)

...No viene mal.

Algunos comentaristas políticos que se las dan de sesudos se hacen cruces ante la pretensión del PNV de prestar dos diputados a Ezker Batua para que pueda formar grupo parlamentario propio. «¡Qué idea más insólita!», dicen en tono socarrón. Los representantes del PP y el PSE en el Parlamento Vasco están en las mismas: dicen que no pueden permitir que se haga tal cosa, porque constituiría un fraude de ley.

La idea del PNV no tiene nada de insólita. El préstamo de votos destinado a permitir que partidos que no cuentan con el número de electos suficientes puedan constituir su propio grupo parlamentario es una práctica que cuenta con varios precedentes en el Estado español. En sus principales foros de representación, incluso. Por dos veces, en sendas legislaturas, Coalición Canaria formó grupo parlamentario en el Congreso de los Diputados gracias al préstamo de votos que le hicieron, en una cosa ocasión el PSOE, en otra el PP. En la VI Legislatura (2000-2004), CC logró constituir grupo parlamentario gracias a los votos prestados por el PP, y el PNV hizo lo propio en el Senado gracias al favor de los socialistas.

Con tales precedentes, es por lo menos curioso que las delegaciones vascas del PP y el PSOE se nieguen al préstamo de votos del PNV a EB como si se tratara de una idea descabellada. Si en ocasiones anteriores creyeron que podía hacerse, y lo hicieron ellos mismos y sus jefes centrales, no pueden invocar ahora cuestiones de principio.

Es cierto que el artículo 23.2 del Reglamento del Congreso de los Diputados sostiene que «en ningún caso pueden constituir Grupo Parlamentario separado Diputados que pertenezcan a un mismo partido. Tampoco podrán formar Grupo Parlamentario separado los Diputados que, al tiempo de las elecciones, pertenecieran a formaciones políticas que no se hayan enfrentado ante el electorado», pero los dictámenes emitidos al respecto por la Secretaría General del Congreso vienen a indicar que la redacción del texto se refiere más a la imposibilidad de que los diputados elegidos bajo las mismas siglas constituyan varios grupos parlamentarios que a impedir el préstamo de diputados para la formación de un grupo parlamentario ajeno, amparada por el art. 24.3, práctica que la propia Secretaría General, cuando fue consultada al respecto,  no se atrevió a calificar de fraude de Ley, al entender que hay «datos que podrían fundar una respuesta en uno y otro sentido».

En realidad, quien lo tiene más crudo es EA, cuya pretensión de formar grupo parlamentario propio choca con la normativa unánime de los parlamentos del Estado, incluido el Reglamento del Parlamento vasco que, concordante en esto con el art. 23.2 del Reglamento del Congreso de los Diputados, sostiene: «No podrán constituirse ni fraccionarse en grupos parlamentarios diversos quienes en las elecciones hubiesen comparecido bajo una misma formación, grupo, coalición o partido político». Aquí no hay ambigüedad ninguna. (*)

Esto en lo relativo a los aspectos técnicos.

Ahora bien, si a alguien interesa mi opinión política, diré que la constitución de grupos parlamentarios con votos prestados me parece un recurso marrullero y tramposo. Lo que sí podría hacer el Parlamento vasco es cambiar su Reglamento, para reducir a tres el número de parlamentarios necesarios para formar grupo. Se atendría con ello a la misma proporción, en relación al total de parlamentarios, que tiene establecido el Congreso de Madrid.  Tampoco me parece correcto el «desdoblamiento» en dos grupos de quienes se presentaron en coalición ante el electorado: fueron elegidos conjuntamente y conjuntamente deben actuar en la Cámara.

 

(*) Una vez puesto este apunte en circulación, me han recordado que la coalición PNV-EA se presenta en Gipuzkoa con un nombre parcialmente diferente, artimaña que sirve para justificar la demanda posterior de un grupo parlamentario separado. Dado que la única explicación que tiene ese cambio de nombre es precisamente la de utilizarlo como argumento para desdoblar la coalición en dos grupos parlamentarios, parece obvio que estamos ante una mera triquiñuela legal, es decir, ante un recurso destinado a burlar las disposiciones reglamentarias y la intención con la que fueron adoptadas. Nadie que votó a la coalición llamada en Gipuzkoa "PNV-EA Eusko Abertzaleak" creyó que votaba otra cosa que la coalición PNV-EA. Y con razón.

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La demagogia de la excepción

(Miércoles 1 de junio de 2005)

El Gobierno español decidió ayer conceder el estatuto de refugiada a una mujer árabe de 38 años maltratada por su marido y desamparada por las autoridades de su país. Los organismos oficiales relacionados con la política de asilo se han apresurado a calificar la decisión de «histórica», «valiente» y «ejemplar». Es típicamente zapaterista: llamativa y barata. Responde al lema esencial de este Gobierno: «Haz todo lo que refuerce tu imagen progresista siempre que te cueste o poco o nada».

Hay general acuerdo entre la gente que defiende en España los intereses de las personas demandantes de asilo político en que la política de concesión del estatuto de refugiado es extremadamente restrictiva. A veces se exigen requisitos imposibles de cumplir, como es la presentación de documentos que prueben que el solicitante sufría persecución en su país de origen. No siempre la persecución deja rastro documental y, como es fácil de entender, las autoridades de los estados dictatoriales no son muy partidarias de extender certificados de represión. En otras ocasiones, la Administración española se niega a admitir que los estados de los que proceden los demandantes sean realmente dictatoriales, porque eso pondría en solfa sus propias relaciones con ellos, ajenas a cualquier reserva (no pocos de ellos compran armas a España). Con todo lo cual, la proporción de solicitudes que desembocan en la concesión del estatuto de refugiado político es decepcionantemente escasa.

El Gobierno de Zapatero, que ha convertido en prenda de escaparate la concesión de asilo a esta mujer –una decisión de la que, por supuesto, me alegro–, quiere dar a entender a la opinión pública que, gracias a él, España se ha convertido en ejemplar tierra de asilo. Pero la verdad es que, como sabemos desde Esopo, la aparición en el cielo de una sola golondrina no certifica que ya haya llegado la primavera.

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Patrañas sobre el voto francés (y 2)

(Martes 31 de mayo de 2005)

Lo prometí, y lo prometido es deuda, pero he de admitir que esperaba una mayor combatividad –un mayor empecinamiento– de los partidarios del sí. Estamos en el día 2 del no francés y ya parecen haber tirado la toalla. En concreto, la patochada que critiqué ayer –la pretensión de que el rechazo francés tampoco es tan importante, porque hay ya nueve estados que han ratificado la Constitución Europea, aunque ocho lo hayan hecho por vía parlamentaria, sin consulta popular– está perdiéndose en el olvido: casi todos asumen ya que el no francés representa un golpe de muerte para el proyecto oficial de construcción europea. Si mañana Holanda vota también no, como anuncian los sondeos, Blair tendrá excusa para olvidarse de un referéndum que le viene peor que mal. El fracaso se habrá consumado. Otra idea que parece definitivamente abandonada, y menos mal: la de volver a convocar el mismo referéndum en Francia dentro de algunos meses. Ellos mismos se han respondido: sería un insulto para el electorado francés, al que se le vendría a decir que no ha sabido votar, que no ha pasado el examen y que tiene que volver a presentarse en septiembre con la lección mejor aprendida. (*)

Pero otros argumentos defensivos sí siguen en pie.

Dicen, por ejemplo: «El voto francés ha sido resultado de una problemática interna. Los franceses han dado una patada a Chirac y Raffarin en el culo de los europeos».

Primera respuesta, que es la misma que doy siempre a quienes creen saber lo que realmente piensan los votantes, al margen de lo que de hecho votan: los votos no se interpretan; se cuentan. Los procesos de intenciones son tan tramposos como inútiles: desembocan en hipótesis imposibles de verificar.

En segundo lugar, hoy en día es imposible considerar de manera separada las políticas interiores y las continentales. La impopularidad que Chirac y Raffarin se han ganado a pulso se debe, en lo esencial, a la puesta en práctica de criterios económicos y sociales que apuntan en la misma dirección que la Constitución Europea trata de santificar.

Añaden: «Los franceses han adoptado una posición egoísta. Tratan de preservar privilegios que son imposibles en la nueva Europa».

Contestación: no son privilegios; son conquistas sociales que han tardado más de dos siglos en obtener y en afianzar. Es eso que todos hemos llamado «Estado de Bienestar» y que hemos tenido durante años como una de las más valiosas señas de identidad de la Europa democrática. Los valedores de la nueva Europa dan por hecho que sólo es posible afrontar la feroz competencia económica internacional sacrificando esas conquistas. Otros pensamos que se precisa una política combativa, que se oponga a las condiciones de explotación y desasistencia social en que se basa el dumping que ejercen muchos países, desde los asiáticos a los propios EEUU. La competitividad debe basarse en reglas de juego limpias, que busquen, por encima de cualquier otro criterio, el bienestar de los pueblos. Quien  esté dispuesto a sacrificar éste en aras de la otra debe contar con que el enfado de los afectados puede ser grande.

Insisten: «Lo que los franceses no quieren es mezclarse con los países pobres del Este de Europa».

Respuesta: los estados del Este de Europa son pobres, pero también son más cosas. Sus elites, electas en las urnas, han demostrado en repetidas ocasiones –en la última Guerra del Golfo, sin ir más lejos– que están más cerca de Washington que de París o de Berlín. Son sociedades sin apenas tradición democrática, en las que las libertades individuales y colectivas tienen todavía un arraigo muy escaso. Quienquiera que desee ver a la UE convertida en un polo de referencia mundial distinto del estadounidense debe tener en cuenta los problemas que va a acarrear el voto de los estados recién integrados, cuyos dirigentes son fervientes partidarios del más crudo neoliberalismo. No digamos ya si se deciden a adoptar criterios permisivos de cara a la entrada de Turquía.

La UE tiene que adoptar un ritmo de ampliación que permita asimilar a los nuevos miembros elevándolos progresivamente al nivel de lo existente, no rebajando más y más su propio listón. No creo que haya muchos partidarios del no a la Constitución que se nieguen a pagar un precio para que la UE ayude al desarrollo intensivo de los nuevos miembros o de quienes aspiran a serlo. Pero se trata de asegurar que ese desarrollo se emprende desde la perspectiva social que rige en la Europa Occidental desde el nacimiento del llamado «Estado del Bienestar». Y eso es lo que no asegura, ni mucho menos, la Constitución Europea.

Última objeción: «¿Y cómo se administra el no? ¿Ahora qué?».

Eso, la verdad, no sé si es un reproche o una autocrítica. Si no tenían prevista la posibilidad de que les respondieran que no, ¿qué clase de consulta era ésa? Sólo una banda de irresponsables puede afrontar una disyuntiva tan importante sin prever qué hará en caso de derrota. Utilizaron su propia imprevisión como chantaje («O lo nuestro o el caos») y ahora, cuando les han dicho que no a lo suyo, se encuentran con un lío de mil pares que no saben cómo gestionar.

Está claro que, aparte de todo lo demás, son también de una mediocridad pasmosa.

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(*) Convendrá recordar, de todos modos, que eso es lo que se le hizo al pueblo danés cuando rechazó en junio de 1992 el Tratado de Maastricht. Lo llevaron nuevamente a las urnas en mayo de 1993 y entonces votó sí. Se bromeó diciendo que aprobó el Tratado porque, de haber votado de nuevo que no, lo habrían condenado a pasar por las urnas todos los años, hasta que se arrepintiera. Pero lo cierto es que se rectificó el texto del Tratado para facilitar el voto favorable de Dinamarca.

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Patrañas sobre el voto francés (1)

(Lunes 30 de mayo de 2005)

Mira que Zapatero había hecho lo posible por abrirle los ojos y dejarle las cosas claras, avisándole en su último periplo por el país hexagonal de que «el no es el desánimo y la tristeza; el sí, el optimismo y la alegría». Dando la espalda a la sabiduría del presidente del Gobierno español, la mayoría del electorado francés ha votado que no.

Tal vez porque, cenizo de nacimiento, tiendo espontáneamente hacia el pesimismo y la tristeza, era partidario del no, ayer allá como otrora aquí. ¿Resultado tras el resultado? Que me siento más optimista y, desde luego, más alegre. Extraña paradoja.

Tiempo y ocasión va a haber sobrados para comentar en detalle lo sucedido y sus consecuencias, pero ya, tras las primeras salvas disparadas desde anoche por los paladines del sí –minoritarios en el electorado, pero abrumadoramente mayoritarios en los medios de comunicación–, me parece que no está de más salirles al paso en algunos de sus argumentos-coartada principales.

Primera patraña que tratan de vender: «Hay que seguir adelante en el proceso de ratificación de la Constitución Europea porque, si bien Francia ha mostrado su oposición, son muchos más los europeos que le han dado su apoyo».

Falso.  Salvo en el caso español, los otros estados que han aprobado el proyecto lo han hecho a través de sus teóricos representantes políticos, sin permitir que sus poblaciones respectivas se pronuncien. Pero éste es justamente un asunto en el que, según ha demostrado con claridad la experiencia francesa, los políticos profesionales no son necesariamente representativos de la opinión de la población. De haberse ceñido a la vía parlamentaria de ratificación, también Francia habría dado su aprobación a la mal llamada Constitución Europea.

Hay ocasiones en las que los parlamentos se divorcian de manera escandalosa del sentir popular mayoritario. Recuérdese que aquí vivimos el 14-D de 1988 una huelga general que fue prácticamente total pese a que su convocatoria contaba con un respaldo parlamentario mínimo. Incluso en el referéndum español sobre la Constitución Europea, el no obtuvo en las urnas un apoyo muy superior al que tenía en el Parlamento.

No es comparable el no francés al de Lituania, Hungría, Eslovenia, Italia, Grecia, Eslovaquia, Austria y Alemania, donde la población no ha sido consultada al respecto de manera directa (en algunos casos, como el de Alemania, por miedo a lo que pudiera decir).

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Mañana seguiré abordando otras patrañas que se están oyendo mucho: «los franceses han dado prueba de su egoísmo», «los franceses han votado, en realidad, sobre asuntos de política interior», «Francia no se resigna a su pérdida de liderazgo mundial», «habrá que hacer un nuevo esfuerzo de explicación de las virtudes de la Constitución y convocar un nuevo referéndum en Francia»... Y alguna más, si se tercia.

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Las Fuerzas Armadas

(Domingo 29 de mayo de 2005)

Cerraría los ojos a la realidad si pretendiera que las Fuerzas Armadas españolas actuales son como las que el régimen de Franco legó al sistema parlamentario que le sucedió. La mera evolución natural de la población –y, en particular, la desaparición del mundo de los vivos de los mandos militares forjados en la Guerra Civil y en la feroz represión de los primeros tiempos de la dictadura– ha ido provocando un cambio considerable en su composición. Un cambio que, dado el signo de los tiempos, ha sido también cultural. Muchos de los que hoy se sitúan en los puestos clave de los tres ejércitos se han educado ya en un contexto social en el que el fanatismo fascista perdía enteros a ojos vista.

Pero una cosa es tomar cumplida nota de ese cambio y otra pretender que el Estado español cuenta con unas Fuerzas Armadas «democráticas», como dicen hoy los editoriales de bastantes periódicos. Primero, porque el talante imperante en las Fuerzas Armadas de los países democráticos, en general, no suele tener demasiado de democrático, como la experiencia no deja de enseñarnos. Y segundo, y más específicamente, porque la huella de las tradiciones castrenses que solidificaron durante el franquismo dista de haberse borrado por completo. El fascismo de hace 25 años ha cedido su lugar a una ideología netamente derechista en la que los viejos «valores» –«la unidad de la Patria» muy destacadamente– siguen teniendo vigencia y operatividad notables. La opinión y el estado de ánimo imperantes en las Fuerzas Armadas constituyen factores que influyen en la modulación –si es que no en la determinación– de la política de los dos partidos que se turnan en el gobierno central. 

Resulta significativo el propio hecho de que exista un Día de las Fuerzas Armadas. ¿A cuento de qué? No hay un Día de la Hacienda Pública, en el que los empleados del Ministerio en cuestión desfilen por las calles exhibiendo sus temibles actas. Ni siquiera un Día de las Instituciones Penitenciarias –digo, por señalar otro oficio de parecido género–, en el que los funcionarios de la cosa muestren a la ciudadanía sus últimas adquisiciones en materia de rejas, cerrojos y grilletes. El trato tan especial y deferente que reciben las Fuerzas Armadas dentro del aparato del Estado está en consonancia con el que les concede la propia Constitución Española, que pone en sus manos tareas que no tienen nada que ver con la Defensa Nacional (a no ser que quepa defender la Nación encañonando a una parte de su población civil). Se corresponde también con esa antipática costumbre que tiene el Jefe del Estado de vestir uniforme incluso en actos perfectamente civiles, como para que no nos olvidemos que sus poderes son los mismos que los del cardenal Cisneros.

Se trata, en muy buena medida, de una herencia del franquismo, que consideraba a las Fuerzas Armadas como «columna vertebral de la Patria». Una función que no puede corresponder a la milicia en una sociedad democrática. Ni a la milicia ni a ninguna institución, considerada aisladamente. Pero a ella menos todavía.

Veo a Bono de ministro de Defensa, con sus discursos de fachilla aficionado, e imagino que se comporta así para caer bien al alto mando castrense. Me dicen que sí, pero que se equivoca, porque ese estilo vocinglero y salvapatrias no conmueve ya ni poco ni mucho a sus destinatarios. No sé, pero no me tranquiliza nada que el ministro que menos debería tener que decir en materia de política interior sea el que más y más constantemente larga. Las armas –y de Fuerzas Armadas hablamos– las carga el diablo.

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La opción del Sahara

(Sábado 28 de mayo de 2005)

El Frente Polisario corre un peligro que muchos hemos observado, aunque rara vez hablemos en público de ello, por temor a desprestigiar la causa saharaui. Me refiero al riesgo de instalarse en un statu quo que, si bien dista de ser cómodo para el conjunto de la población, ofrece posibilidades reales a bastantes de los cuadros y militantes del Frente (lo digo en masculino a propósito), que se benefician de las ayudas y subvenciones procedentes de muy diversas partes del mundo, gracias a las cuales no pocos de ellos pueden incluso cursar estudios y residir en Europa o en América.

Yo no soy quién para decirle al Polisario lo que tiene que hacer ni cómo debe gestionar sus asuntos, pero confieso que desde hace años miro con creciente desánimo la lenidad de sus planteamientos. Parecía fiarlo todo en el plan Baker de las Naciones Unidas, pese a que la ONU no tardó en demostrar que iba a cruzarse de brazos ante el boicot de Marruecos. El plan Baker I quedó en agua de borrajas y vino entonces el plan Baker II, que no asegura el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui, pero que tampoco sirve para gran cosa, porque Rabat hace lo que le viene en gana y, como goza de la protección especial de Washington, nadie se atreve a toserle.

No soy un frívolo. Ignoro qué posibilidades tienen los combatientes saharauis de hostigar a Marruecos y de proteger a su propia población en caso de respuesta contundente del ocupante. No sugiero, en consecuencia, ningún plan concreto, por supuesto. Lo que planteo es una cuestión de actitud general: si les conviene esperar a que los organismos internacionales les encuentren una salida o si deben arreglárselas para obligarles a buscarla.

El amago de intifada que acaba de iniciar la población saharaui de los territorios ocupados, apoyada por los estudiantes saharauis residentes en Marruecos, apunta en esta segunda vía. Y me alegro. La brutal represión desencadenada por las fuerzas policiales y militares del monarca alauí ha llegado a los medios de comunicación internacionales y ha puesto en un brete a algunos gobiernos que prefieren hacer como si no pasara nada. El ministro español de Exteriores, dando muestra de un descaro digno de mejor causa, ha dicho que lo sucedido demuestra que «España ha acertado en sus opciones», olvidándose de que hace muy pocos meses él mismo mostró comprensión hacia la posición de Rabat e insinuó que lo mejor que podían hacer los saharauis era olvidar sus aspiraciones independentistas.

El principio general llamado «el que no llora no mama» tiene múltiples aplicaciones en los más diversos órdenes de la vida. En el de la autodeterminación de los pueblos de manera muy especial. Pregúntenselo, si no, a los habitantes de Timor Oriental, que también sufrían la ocupación de un amigo muy amigo de Washington, y que lograron que las Naciones Unidas tuvieran que proporcionarles una salida en evitación de males mayores.

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Los 400.000 euros

(Viernes 27 de mayo de 2005)

Tiene razón Josu Jon Imaz: si realmente el juez cuenta con indicios racionales de que Arnaldo Otegi es un prominente miembro de ETA, ¿a qué viene imponerle una fianza de 400.000 euros? Ni 400.000 ni dos millones: una acusación de tamaña gravedad debe llevar inexcusablemente aparejada la prisión incondicional del imputado. ¿Cómo puede permitir el juez que alguien al que tiene por peligroso terrorista se pasee libremente por las calles, maquinando tal vez otros crímenes? En ese sentido –aunque sólo en ese sentido–, fue mucho más coherente la posición del fiscal, que reclamó que Otegi fuera encarcelado sin posibilidad de eludir la prisión mediante el pago de una fianza.

Me pregunto también de dónde habrá podido sacar el magistrado de la Audiencia Nacional  la idea de que esos 400.000 euros supondrán algún tipo de garantía de que el procesado no tratará de eludir la acción de la Justicia. Si Otegi fuera realmente un destacado militante de ETA, ese dinero sería calderilla para él y los suyos. Me llama la atención la precisión del juez: el abogado de la Asociación de Víctimas del Terrorismo reclamó que la fianza fuera de 300.000 euros, pero él la subió a 400.000. Si alguien sabe qué clase de salto cualitativo aportan esos 100.000 euros de diferencia, que me lo diga, por favor. Yo me confieso incapaz de apreciarlo.

De todos modos, me intriga todavía más por qué Otegi sí y el resto no. Ante el mismo juez, en la misma Audiencia Nacional y en relación con este mismo sumario han prestado declaración en los últimos tiempos muchos otros dirigentes de la ilegalizada Batasuna. Todos han sido puestos en libertad sin mayores alharacas. Algunos, incluso, sin ningún tipo de medida cautelar. ¿Qué tiene de excepcional Otegi en esta causa? A lo que parece, el magistrado no pretende contar con ningún indicio concreto que vincule hoy en día a Otegi con ETA, personal e individualizadamente. Menos aún con las finanzas de la organización terrorista. Ni siquiera ha puesto sobre la mesa un solo dato que permita deducir que el portavoz de Batasuna cumplía un papel determinado en la estructura orgánica de las herriko tabernak. No le imputa ningún delito específico. La lógica de la acusación es la de siempre: Batasuna es ETA; en consecuencia, el que es jefe de la una lo es de la otra.

No consigo ver a qué vienen esos distingos entre estos y aquellos dirigentes de Batasuna. Y menos, siendo tan terrible el delito que se les imputa, por qué los dejan en libertad por unas u otras vías.

A no ser que.

A no ser que lo que esté en juego no sea una cuestión estrictamente jurídica, sino eminentemente política.

Anteayer coincidieron varios altos dirigentes del PP y del PSOE –José Bono y Eduardo Zaplana entre ellos– en comentar por la misma vía, y con palabras casi idénticas, el ingreso en prisión de Arnaldo Otegi: «Está donde debería haber estado hace tiempo», «En la cárcel es donde tienen que estar los terroristas y sus colaboradores, como Otegi»,  etc. No hay nada de inocente ni de casual en el hecho de que confundan con tanta ligereza un procesamiento con una sentencia firme.

Aquí, en realidad, nadie habla de Derecho Penal. El debate va de política pura y dura.

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