Esto es un asco

 

Todos los santos años, al regreso de las vacaciones estivales, la gente suele -solemos- comentar más o menos lo mismo: “Pues mira, aquí otra vez, a ver qué vida”; “todo lo bueno se acaba”; “malditas las ganas que tenía yo de volver a la oficina”, etc. Son rutinas inevitables. Nos sale del alma confesar los achaques propios de la rentrée. Sin embargo, la depresión post-vacacional, cuyos estragos -ya amortiguados, afortunadamente- estoy sufriendo estos días, se me antoja esta temporada más maligna que en anteriores ocasiones.

Y no lo digo sólo por mi caso: tengo observado que la gente de bien, al regresar a su puesto de trabajo, sufre una especie de síndrome agudo de abstinencia melancólico-quejica, que suele acompañarse de un amargo cabreo provocado por la desalentadora realidad con la que no hay más remedio que vérselas. Este cuadro suele recrudecerse si el perjudicado habita en la villa de Madrid, y aún más si ha viajado fuera de España, aprovechando el veraneo. En mi caso, la vuelta ha sido desgarradora, porque antes de pasar unos días en la playita habitual, cerca de El Perelló (en València), nos hemos dado un rulo por Francia. Y no perdamos de vista que vivo, cada día más a mi pesar, en esta caca que resulta ser mi lugar de nacimiento y también de mis dolores, el batueco Madrid.

Tras contemplar los hermosos paisajes de la Aquitania; los valles feraces del Loira y el Ródano; los pueblos floridos y cuidados del Poitou, la Champaña y la Borgoña; los tesoros arquitectónicos de Poitiers, Reims, Chambord, Blois o Amboise; los siete kilómetros de playa mediterránea sin rascacielos, en Sète; la vida cultural de Aviñón, Lión o Burdeos; la buena educación del personal que atiende al público; y, sobre todo, tras haber podido comprobar con el ejemplo de París que es posible compaginar perfectamente la condición de ser una de las ciudades más importantes del mundo con la de mantener una agradable, satisfactoriamente limpia, monumental y culturalmente viva apariencia, tras todo lo anterior, espero del público respetable -del otro no- que me entienda cuando digo que no sé cómo soporté sin sedantes el paso de la frontera. Afortunadamente, veníamos sobre ruedas, y en lugar de caer directamente en Madrid, atravesamos Cataluña antes de pegarnos la paliza visual que representa la comarca de Los Monegros, semi-desértico entorno que sirve de prólogo a lo que espera al viajero en La Mancha.

La desolación de estos paisajes españoles se me figura una buena ilustración de la otra desolación: la política, social y cultural que sufre mi país. Y también un claro aviso de que lo peor está aún por llegar, cuando ya en casa se enciende incautamente la televisión, se escucha la radio o se leen los periódicos. Pasen y vean: Tamayo soltando perlas (tiene toda mi credibilidad: este pájaro es tan lenguaraz unas veces como cauto otras; dudo que afirme cosas como las que afirmó si no supiese que son ciertas); Nolla preguntando chorradas y soltando tópicos ante María Teresa Sáez; Reneses, diputado por IU, comportándose como suele: como un perfecto maleducado; los portavoces del PP, dando el espectáculo de su presunta intachabilidad mientras Romero de Tejada pierde los nervios y la prestancia de su cuasiflequillo, etc. Y a todo esto, la casa sin barrer… Y sin poderse comprar. La vivienda en Madrid se ha situado en unos precios tan desorbitados, tan disparatados, que a muchos no nos da el sueldo (los sueldos) para comprar algo decente, en el barrio en que queremos vivir. Por culpa de esa panda de golfos que ahora se dedican lindezas en el Parlamento madrileño. Otros panoramas políticos también están viviendo sus peores horas, y también por culpa de la especulación inmobiliaria. Ahí tenemos a Gil y a Muñoz, marbellíes de adopción, afirmando uno del otro y el otro del uno que su actividad principal como munícipes ha sido “poner el cazo”. Por supuesto que aquí tampoco miente nadie. Y en las playas valencianas se sigue recalificando terreno, media España ve cómo sus bosques arden durante días…

Y hay más: El ejército español, me cuentan que adornado (como en las Cruzadas) de una cruz en su pendón, se prepara para invadir territorio iraquí. Para entrar en guerra, esto es. Pues no importa. Aznar, tan pichi, explica al personal que lo que el PSOE quiere es que los soldados vuelvan con el traje de pino a casa. Y nos cuenta también que Ibarretxe quiere borrar “la idea de España”, y destruir la paz, promover el terrorismo, y comerse niños crudos, suponemos.

A todo esto, la gente se ocupa en saber qué es de la vida del cantante Chiquetete, cuáles eran las relaciones personales de Pajares con sus ex-esposas (vid. La tele de Marat), y demás material por el estilo.

En cuanto a la vida cultural… en fin. Si algo hubiera, algo habría que comentar. Ayer, conversando con un amigo compositor -también recién llegado, y también enfadado con la vuelta-, llegamos a la conclusión de que Georgie Dann era un maestro, comparado con lo que nos ofrece ahora el panorama musical. “¡Que Dinio es disco de platino, por Dios!”, clamaba mi amigo entre grandes aspavientos, “¡que vuelva a los escenarios Norma Duval!” Él también pasa malas épocas laborales: no hay trabajo para los buenos músicos con experiencia reconocida, si no es haciendo arreglos por aquí y por allá, o componiendo jingles para anuncios publicitarios. Total, si al final la basca lo que va a hacer es colocarse el “Loca”, de esta chica Malena Gracia, en el móvil. Y en la Sociedad General de Autores y Editores, los compositores modestos han perdido, prácticamente, la batalla por sus derechos musicales.

Ni fútbol nos queda: Al Madrid lo tienen por ahí, lejos, muy lejos, viajando entre Shanghai y Pekín, entre Pekín y Tokio, entre Tokio y Hong Kong, cansando a los jugadores en la pre-temporada, descuidando su preparación física, por la pasta. Están tan destrozados que han tenido que suspender un entrenamiento.

Lo que es yo, he perdido toda la confianza en que alguna vez cambie este panorama.

Me declaro decididamente partidaria del exilio.

Y es que esto es un asco.<

 

 

Para escribir a la autora: bmartos1969@yahoo.es

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