Tirar de la cadena

           

No sé por dónde empezar, lo reconozco. Es que con los desalmados de siempre a punto de sumergirnos en una guerra absurda, caprichosa y mezquina,  resulta cuando menos delirante sentarse a escribir acerca de un programa absurdo, caprichoso y mezquino, aunque en dosis que no llegan a ser mortales. Voy con el delirio.

 Ayer di por azar con  un amorfo seudoprograma del que iba huyendo desde hace unos cuantos días. Me había propuesto no darme por enterado de su existencia. ¡Y estaba siendo tan  reconfortante!  Pero, ¡ay!, ayer, en una de esas mecánicas convulsivas del zapeo, me topé con el circo, con un berenjenal tan patético como obtuso. La degeneración por la degeneración; lo cutre por lo cutre; lo estúpido por lo estúpido; lo chabacano por lo chabacano. Creo que esta vez han tratado de reunir en un solo formato, en un mismo cubo toda la basura. Sí, basura, diga lo que diga Gustavo Bueno. De seguir así, habrá que fabricar el televisor con una cadena. Podremos tirar de ella, y los desechos desaparecerán. Será una especie de mando de distancia, pero recomendado por la Organización Mundial de la Salud. Irreparable es el daño que le hace Hotel Glamour al buen gusto, a la razón, a la ética, a la educación de los jóvenes. Sí, estoy entrando en un campo de minas.

El espectáculo que presencié ayer  en esa verbena esperpéntica que se ha montado Telecinco es el paradigma de la ordinariez supina. Es más fácil acertar tres semanas seguidas La Primitiva que dar de forma aleatoria con un reparto semejante, con ese grupo de almas cándidas. El responsable del cásting estará orgulloso. La macedonia está agria: un cubano mitificado por sus andanzas en los geriátricos;  una adivina que no da con el futuro ni en tanga;  un peluquero sin tijeras; una chica indefinible que dijo que no cambiaría jamás, y en ello anda; dos consumidoras de silicona; la madre de una ex concursante de Gran Hermano, prototipo de las seguidoras de Ana Rosa y Terelu; un ex concursante de Gran Hermano,  amante de las hazañas bélicas y las promesas matrimoniales; un menda al que le persigue su ex de plató en plató, e imaginamos que de cheque en cheque.... y Pocholo, una arritmia andante, incapaz de articular tres palabras seguidas con sentido, una especie de médium, un ser capaz de conmover al más experimentado de los exorcistas. Volcánico, traumático, excesivo, pero no peligroso. Vamos, como el Ppbús, pero sin carburante.

Tras quince minutos de movimientos sísmicos, payasadas, merengues, coñas, gilipolleces, palabros y poses bajo la dirección artística de Jesús Vázquez, presunto maestro de ceremonias,  comencé a sentir lástima por algunos de los gladiadores de ese circo romano en el que Calígula no pasaría las pruebas de selección por soso. Apagué sorprendido el televisor. Una vez más, sorprendido, muy sorprendido. Durante algunas fases de la atracción llegué a quedarme boquiabierto. Ni prensa del corazón, ni reality show, ni “la audiencia tiene lo que quiere”, ni gaitas.  Hotel Glamour es un vómito. Lo que no acabo de comprender es por qué hay tanta gente dispuesta a tragárselo.<

 

Para escribir al autor:  Marat@navegalia.com

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